La música en historias: Lo malo es... ni darse cuenta #Mes Rosendo

En un lugar del centro de Madrid, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que trabajaba un ilustre oficinista que ahora se hace llamar Nevermind. Un día, y no uno cualquiera, porque era su aniversario de boda, de camino al metro de Sol para volver a casa se topó con un cartel en el escaparate de una tienda de regalos y discos hoy ya desaparecida: "Hoy firma discos Rosendo". Quiso el destino que Nevermind hiciera lo correcto y reparara en aquel cartel en lugar de seguir su camino, porque a veces lo malo es... ni darse cuenta de las oportunidades que el azar te brinda. Así que, pertrechado con su maletín y su corbata, y un gran ramo de rosas rojas que hacía de todo menos pasar desapercibido, Nevermind entró en la tienda y compró el entonces nuevo disco de Rosendo, el duodécimo de su carrera en solitario, antes de tomar posiciones en la fila de fans que esperaban a que el admirado músico les firmara aquella nueva entrega de su cancionero, bautizada como Lo malo es... ni darse cuenta (2005).

¿Y como no darse cuenta de la presencia de aquel singular personaje trajeado en medio de una larga fila de recios rockeros ataviados con las imprescindibles camisetas negras y las características melenas heavy, mientras se esforzaba en sostener el cada vez más incómodo y cantoso ramo de flores? Era imposible no hacerlo, pero haciendo gala de esa merecida fama que dice que no hay ser más pacífico y amable que un heavy de chupa de cuero y pelo largo, los comentarios siempre fueron hechos desde la lógica curiosidad y con el máximo de los respetos, así que más allá de la incomodidad física de sostener el maletín y el ramo durante la media hora larga que el atribulado oficinista tuvo que esperar hasta encontrarse cara a cara con Rosendo, la espera fue de lo más agradable.

Tan agradable como comprobar que el veterano músico de Carabanchel seguía en forma, entregando un disco de rock que no ahorraba en riffs de guitarra plagados de influencias del hard-rock de los años setenta, ni en tinta a la hora de escribir elaboradas letras que seguían supurando rock urbano. Para muestra bien valdría el efectivo arranque con Atajo de cobayas. Tras este intenso comienzo a base de hard rock incisivo y crítica social, lanza una segunda salva que es, si cabe, aún más efectiva, con Cada día, que incide en lo insoportable que resulta ver la cultura de sumisión y rebaño que se ha instaurado en nuestra vida colectiva. Un tema vibrante y con ciertos toques que recuerdan al Neil Young más guitarrero, el de discos como "Zuma" o “Ragged Glory”.

Con El acogote, el de Carabanchel hace su particular homenaje al quinto centenario de la publicación del Quijote, con un guiño clásico en el comienzo, que no tarda demasiado en desembocar de nuevo en el rock de guitarras abrasivas marca de la casa. Un tema brillante que es la antesala de otro que lo es aún más, porque con Duele más es con el que el disco alcanza uno de sus momentos más álgidos, con un ritmo que recuerda a los mejores temas de sus admirados AC/DC, en el que las letras no dejan títere político con cabeza.

En Periférico se sale del carril habitual y juega con cierto ritmo reggae, un experimento con gaseosa que, sin llegar a desentonar, es el primero de los pocos momentos "valle" del disco. Como si rápidamente se hubiera percatado (Lo malo habría sido... no hacerlo), en Darse cuenta vuelve a retomar el pulso firme del mejor rock, con un a la vez destacado toque melódico, y en Son máquinas vuelve a experimentar, pero esta vez con mucho más acierto y hacia sonidos más industriales, criticando a los que se comportan como frías máquinas sin sentimientos, mientras él es "tan sólo carne y hueso”. Y porque es humano y hecho tan solo de carne y hueso, le perdonamos que de nuevo quiera tropezar en la misma piedra del sendero que conduce al reggae en Todos los caminos. El tramo final del disco vuelve a la senda rockera y pegadiza en A mi no me duele ná, y explota terrenos más atmosféricos y ambientales en Salir de la maleza, en una canción en la que recita más que canta, hasta llegar al estribillo. El toque atmosférico lo ponen tanto el solo de guitarra inicial, como el gran crescendo final del tema, con toques de rock progresivo.

Todos estos temas sonaban sin cesar en el hilo musical de la tienda, mientras Nevermind y los heavies (parece el nombre de otro grupo rockero y suburbial) esperaban a que Rosendo les firmara el disco. Al llegarle por fin su turno, Nevermind le saludó educadamente y le extendió el cd recién comprado para que el músico pudiera firmárselo. La reacción de Rosendo fue mirar al ramo y, espontáneamente, decir sonriendo: "Anda, ¿y esto?" (que bien podría haber sido el título de una de sus canciones). Nevermind tuvo que aclarar el por qué de aquel ostentoso ramo, y dio pié con ello a que Rosendo acabara dedicando el disco no sólo a él, sino también a la destinataria de aquellas flores. "Y colorín, colorado", lo bueno de usar estas célebres palabras es que ya os habréis dado cuenta... Este cuento sobre Rosendo ya se ha acabado.

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