La música en historias: El último acorde del Sgt. Peppers de los Beatles





La grabación del disco Sgt. Peppers de los Beatles está plagada de detalles y anécdotas con las que tendríamos material de sobra para mantener este blog activo durante mucho tiempo.

Una de las más curiosas es la del último acorde de "A day in the life", la obra maestra aportada por Lennon al disco y completada con un puente sacado de un trozo de canción que Paul había compuesto y que encajó a la perfección, y las transiciones de una orquesta completa tocando la escala de notas en un aparente caos sinfónico.

Con la canción prácticamente completada, decidieron que le faltaba el final grandioso que esa canción, que además habían decidido que fuera el final del disco, merecía: Un acorde de piano que durara "eternamente".

Para lograr la grandiosidad de este momento final, requisaron todos los pianos que encontraron en Abbey Road para que mucha gente tocara simúltaneamente el acorde, que después se duplicaría en varios overdubs para hacerlo todavía más múltiple y espectacular.

El ingeniero de sonido, Geoff Emerick, responsable del sonido de los mejores discos de los Beatles, y de contarlo en el mejor libro que he leído sobre ellos ("El sonido de los Beatles"), fue el encargado de poner la imaginación y los recursos técnicos para que el acorde quedara registrado al máximo volumen y lograr que durara el mayor tiempo posible, lo más cercano al "acorde eterno" que se habían propuesto.

La noche en que se realizó la grabación del acorde estaban presentes tres de los cuatro Beatles, solo George Harrison estuvo ausente, lo cual enfadó a John. Se recurrió a Mal Evans, ayudante de la banda, y al mismísimo productor George Martin. Paul y Ringo compartieron piano para que Paul enseñara al batería el acorde que debía tocar.

El personal de Abbey Road trasladó todos los pianos al estudio 2, que presentaba un aspecto impresionante con dos pianos de cola, un piano de pared desafinado a propósito, un piano eléctrico, una espineta y un armonio. Seis pianos para tocar un solo acorde en un momento único y dificil de conseguir ya que requería que todos lo tocaran exactamente al mismo tiempo.

 Se grabó a un volumen tan alto que podría haberse registrado cualquier mínimo ruido, por lo que el silencio y la concentración eran claves durante la interpretación del acorde. Casi lo habían conseguido cuando, hacia el final de la grabación, Ringo movió el pie para cambiar de posición y su zapato chirrió en el suelo.

La mirada asesina que Paul le dirigió y la expresión culpable de la cara de Ringo han pasado a la historia de la música aunque no quedaran registradas en imágenes. Pero lo que si quedó grabado para la posteridad, y se puede comprobar si se escucha atentamente con el volumen al máximo, hacia el final de la pista cuando el sonido se va desvaneciendo, es el ruido del zapato de Ringo girando en el suelo y haciendo también historia en el cierre de un disco monumental e irrepetible.

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