7 dias, 7 notas
sábado, 4 de abril de 2026
1920 - Don't Stand So Close to Me - The Police
viernes, 3 de abril de 2026
Disco de la semana 476: "666" - Aphrodite's Child

Publicado en 1972, "666" es el tercer y último álbum del grupo Aphrodite’s Child y su obra más ambiciosa y radical, una auténtica y exhaustiva banda sonora para un film inexistente, en formato de doble LP conceptual inspirado libremente en el "Libro del Apocalipsis", concebido principalmente por Vangelis Papathanassiou y el cineasta y letrista Costas Ferris. Para esta generosa y desproporcionada teatralización musical del apocalipsis, Aphrodite’s Child rompe con el pop psicodélico de sus entregas anteriores, para adentrarse en el rock progresivo y en terrenos mucho más experimentales, mezclando coros épicos con recitados rituales, solos de guitarra apocalípticos y atmosféricos teclados electrónicos. El resultado es algo fragmentario y disperso, con canciones que no pasan de breves viñetas sonoras e interludios para la historia que relata el disco, pero rebuscando en la inmensidad de "666" podemos encontrar, en las canciones que consiguen mantener una estructura más reconocible y standard, momentos musicalmente muy destacables.
1919.- Ashes to ashes - David Bowie
Cuando comenzaron las sesiones de grabación de Scary Monsters (and Super Creeps) en el Power Station de Nueva York en febrero de 1980, no existía letra para Ashes to Ashes , o People Are Turning to Gold , como se llamaba entonces, solo muchos "la la las". Es interesante preguntarse en qué se habría convertido la canción si ese título se hubiera mantenido. Bowie escribió mucha música genial después de Ashes to Ashes , pero es muy probable que sea su último clásico absoluto, despidiéndose así de una década de asombrosa creatividad. En su excelente blog sobre Bowie, Pushing Ahead of the Dame , Chris O'Leary tiene mucha razón al decir que es su última canción. Es una oscura rima infantil, llena de frases extrañas, líneas vocales e imágenes, todo ello sustentado por un ritmo peculiar y contagioso. "¿Recuerdas a un tipo que ha estado / En una canción tan antigua?" es una extraña introducción para el oyente. Pero es solo el comienzo, ya que Ground Control revela que el rumor es cierto: "Recibieron un mensaje del hombre de acción". Y aunque "Estoy feliz, espero que tú también lo estés" presagia algo bueno, la letra se vuelve más oscura, pero deja claro que el Mayor Tom necesita que lo pongan en su sitio…
imágenes de chicas japonesas en síntesis y
no tengo dinero y no tengo pelo,
pero espero patear el planeta, está brillando'
Qué imágenes surrealistas y sombrías, y un puente como ningún otro, pero lo que lo hace aún más extraordinario es cómo suena: la entonación impasible de Bowie parece a punto de desmoronar la ya compleja melodía. Y debajo, voces de fondo fantasmales, posiblemente repitiendo a Major Tom; es difícil saberlo con certeza. La melancolía casi cómica del estribillo, enmascarada, por supuesto, en una inquietante rima infantil, da justo en el clavo, y uno no puede evitar pensar en Major Tom, flotando en una lata, y en la imagen especular de Bowie, pesando seis stone (aproximadamente 38 kg), viviendo a base de cocaína y leche y coqueteando con lo oculto, como lo hacía a mediados de los 70, cuando Space Oddity estaba en la cima de las listas de éxitos. La cosa se pone aún más rara en la segunda estrofa, donde el escalofriante falsete de Bowie revela que Major Tom no puede vencer su adicción. «Pero las ruedecitas verdes me siguen / Oh no, otra vez no»: qué manera tan ridícula y sublime de describir la drogadicción. En el siguiente puente, el "valioso amigo" de Bowie se escucha más fuerte, y es evidente que simplemente se está repitiendo, incluso con el inexpresivo "Woh-o-woh". Se me acaba de ocurrir que "de repente" podría interpretarse literalmente: que el Mayor Tom, desde que cambió el cielo azul de la Tierra por las estrellas, se ha contentado con vivir como un drogadicto y, en esencia, no ha hecho nada desde que "realmente alcanzó el éxito". Alguien señaló una vez que "Wanna come down right now" simboliza la necesidad de Bowie de volver a una vida sana, pero también indica su rumbo en los 80 como una superestrella del pop relativamente abstemia. Sea intencional o no, es una observación muy acertada. A medida que Ashes to Ashes se sumerge en un cántico infantil y malévolo en su final, y la ya asombrosa producción irrumpe en sintetizadores fantasmales, uno puede imaginarse la nave del Mayor Tom coqueteando aún más lejos en los confines del espacio, o aterrizando de nuevo en tierra natal, con un hombre destrozado por dentro, pero ¿uno que puede ser salvado?
jueves, 2 de abril de 2026
1918.- All I Do - Stevie Wonder
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| All I Do, Stevie Wonder |
En 1980, cuando Stevie Wonder publica Hotter Than July, el mundo del soul y el R&B vive un momento extraño, pues la era disco se apaga lentamente, el funk se vuelve más eléctrico y la radio empieza a llenarse de sintetizadores que anuncian una década nueva. En medio de ese paisaje cambiante, Wonder se sacó de la manga un disco con el que pretendí recordarnos que él lleva años marcando el paso. Grabado en Wonderland Studios, su propio santuario creativo, el disco tiene ese punto exacto donde la tecnología emergente se mezcla con la calidez humana de un músico que entiende el estudio como una extensión de su cuerpo. Hotter Than July es un álbum luminoso. Tiene el brillo del vinilo recién estrenado y la textura de una producción cuidada al detalle, capturada con el sistema digital PCM de Sony, que en aquel momento era poco menos que ciencia ficción. Escuchando el disco, tengo la sensación de que Stevie ha vuelto a casa, con canciones directas, ritmos redondos y melodías que se deslizan sin esfuerzo. Y entre ellas, agazapada, pero imposible de ignorar, se encuentra All I Do, una pieza que parece escrita para recordarnos que el soul también puede ser un susurro.
La historia del tema es un pequeño tesoro para los amantes de la Motown clásica. Stevie la compuso en los sesenta junto a Clarence Paul y Morris Broadnax, dos artesanos del famoso Sonido de Detroit. Tammi Terrell la grabó en 1966, pero la versión quedó archivada, como tantas joyas que la maquinaria del sello dejó dormir en cajones polvorientos. Quince años después, Wonder la rescata, la pule, la viste con un traje nuevo y la coloca en un álbum que respiraba modernidad, pero sin renunciar a sus raíces. La canción se mueve con la elegancia de un coche antiguo deslizándose por una avenida al atardecer. Los coros, interpretados por el mismísimo Michael Jackson, Eddie Levert, Walter Williams y Betty Wright, acompañan el suave ritmo de la canción y le dan otra dimensión, creando un ambiente íntimo donde la voz de Stevie puede moverse con total libertad. La presencia de Michael Jackson en los coros, justo en el momento en que Off the Wall lo estaba empujando hacia una nueva galaxia, estaba matemáticamene calculada. Escuchar su voz mezclada con la de Stevie es como ver dos épocas del pop negro estadounidense estrecharse la mano: la Motown que fue y el futuro que estaba a punto de explotar.
miércoles, 1 de abril de 2026
1917.- Santa Lucia - Miguel Rios
Tiempo para una de las columnas vertebrales del rock en español, Miguel Ríos es el "viejo rockero" que nunca muere, un artista que supo transformar la rebeldía de un género importado en un sentimiento nacional. Nacido en Granada en 1944, Miguel Ríos Campaña comenzó su carrera bajo el nombre de "Mike Ríos, el Rey del Twist", pero pronto abandonó los anglicismos para encontrar su propia voz, su importancia en la música española no radica solo en su voz potente y rasgada, sino en su capacidad para profesionalizar el rock en un país que, en los años 60 y 70, todavía miraba con recelo las guitarras eléctricas. Ríos fue un visionario, uno de los primeros en entender que el rock no era solo música, sino un espectáculo de masas. Su hito más recordado es el monumental Rock & Ríos (1982), pero su camino hacia la cima estuvo pavimentado con riesgos artísticos constantes. Desde el éxito mundial del "Himno a la Alegría" en 1970 ,que llegó al número uno en las listas de Billboard, hasta su etapa más madura y comprometida, Miguel ha sido un nexo de unión entre generaciones. Lo que lo hace especial es su autenticidad, a diferencia de otros artistas que se acomodaron en el pop ligero, Ríos siempre mantuvo un compromiso con la calidad técnica y lírica,ha sabido rodearse de los mejores músicos y compositores, convirtiéndose en un embajador de la cultura española en toda Iberoamérica, un artesano del directo que ha dedicado más de sesenta años a demostrar que el rock es una actitud ante la vida, basada en la libertad y la pasión.
En 1980, Miguel Ríos publicó "Rocanrol Búmerang", un disco que marcó un antes y un después en su trayectoria comercial y artística, tras una década de los 70 donde experimentó con el rock progresivo y sinfónico (en álbumes como La huerta atómica), Miguel decidió regresar a las raíces del rock and roll y el blues, pero con una producción moderna y pulida. El álbum fue grabado en Madrid y Londres, buscando ese sonido internacional que Miguel siempre anhelaba, el resultado fue un éxito rotundo, alcanzando el Disco de Oro y consolidándolo como la figura más importante del rock nacional en la transición democrática española. El título del disco es una declaración de intenciones: el rock siempre vuelve, como un búmerang. Además de contener "Santa Lucía", de la que hablaremos a continuación, el disco incluye joyas como el tema homónimo "Rocanrol Búmerang" o "Nueva ola", demostrando una versatilidad que iba desde el ritmo frenético hasta la balada más emocional. Este álbum preparó el terreno para la explosión definitiva de los estadios en los años ochenta.
Pero la joya es Santa Lucía, que no es solo una canción, es un himno generacional y, posiblemente, la balada más perfecta del rock español, aunque muchos asocian la autoría a Miguel Ríos, la realidad es que fue compuesta por el músico argentino Roque Narvaja, pero Miguel, con su olfato clínico para las grandes historias, supo ver el potencial de esta composición y la hizo suya para siempre. La letra de "Santa Lucía" destaca por su sencillez poética. Narra la historia de un hombre enamorado de una mujer a la que solo conoce por teléfono y por las cartas que ella le envía. Es una oda al amor platónico y a la idealización, en una era previa a las redes sociales, la canción capturaba esa magia del misterio, donde la voz y la palabra escrita eran los únicos puentes entre dos almas. El nombre "Santa Lucía" actúa como un símbolo: la santa de la vista, que en este caso parece "devolverle la visión" emocional al protagonista, aunque nunca se hayan visto cara a cara. Lo que eleva a "Santa Lucía" por encima de otras baladas de la época es su impecable arreglo, comienza con una línea de piano delicada que establece un tono íntimo y melancólico y a medida que avanza, la canción se va "vistiendo" con una instrumentación más robusta, donde la batería entra con elegancia y los coros le dan una profundidad casi espiritual. La interpretación de Miguel Ríos es magistral. Comienza casi en un susurro, con una vulnerabilidad que rompe con su imagen de "duro" del rock, para culminar en un estribillo épico donde su potencia vocal brilla sin esfuerzo, una lección de cómo manejar la dinámica emocional en una grabación de estudio. Se convirtió instantáneamente en un éxito número uno, su impacto fue tan grande que trascendió el género del rock para instalarse en el cancionero popular español.
martes, 31 de marzo de 2026
1916.- Jersey Girl - Tom Waits
Tom Waits es mucho más que un músico, es un personaje de realismo sucio que parece haber escapado de una novela de Raymond Carver o Charles Bukowski, tiene una voz que ha sido descrita como si estuviera sumergida en un vaso de bourbon, ahumada durante meses y luego atropellada por un tranvía, y con esos ingredientes, Waits ha construido una carrera única dividida, a grandes rasgos, en dos etapas. En sus inicios en los años 70, Waits encarnó al "beatnik" trasnochado, un pianista de jazz de clubes de mala muerte que cantaba sobre perdedores, borrachos y amores rotos bajo la luz de neón. Con el tiempo, y gracias en gran medida a la influencia de su esposa y colaboradora Kathleen Brennan, su estilo evolucionó hacia algo mucho más experimental, incorporando percusiones industriales, sonidos de vanguardia y una instrumentación casi circense. Pero lo que hace a Waits especial es su capacidad para encontrar la belleza en lo grotesco, sus letras son alta literatura: retrata a la clase trabajadora, los marginados y los soñadores con una empatía cruda pero profundamente tierna, ha influido en incontables artistas, desde Bruce Springsteen hasta Nick Cave, manteniéndose siempre fiel a su estética de "chatarrero de canciones", un actor consumado, un narrador de historias y un arquitecto del sonido que ha logrado convertir el ruido en una de las discografías más coherentes y aclamadas de la historia del rock.
Lanzado en septiembre de 1980, Heartattack and Vine es un álbum de transición fundamental, representa el último suspiro de su etapa con el sello Asylum Records y el cierre de su sonido más "bluesy" antes de dar el salto al caos creativo de Swordfishtrombones, el disco es pantanoso, oscuro y rudo. En él, Waits explora un R&B sucio y un blues eléctrico que araña los oídos, la canción que da título al álbum es un despliegue de cinismo y realidad urbana, pero el disco equilibra esa agresividad con baladas de una delicadeza abrumadora. Es un trabajo que suena a una ciudad que nunca duerme, pero que tiene una resaca permanente. Heartattack and Vine consolidó su reputación como un autor capaz de pasar de un gruñido amenazante a un susurro vulnerable en cuestión de segundos, dejando claro que, tras la fachada del tipo duro de bar, latía un corazón de romántico incurable. Jersey Girl es, probablemente, la canción más dulce y directa en el catálogo de Tom Waits, en un repertorio lleno de historias de crímenes y desesperación, este tema destaca como un himno al amor sencillo y redentor, escrita para su entonces futura esposa, Kathleen Brennan (quien era de Nueva Jersey), la canción rompe con la imagen de Waits como el eterno habitante de los bajos fondos de Los Ángeles, aqui el narrador está ansioso por dejar atrás la ciudad, las luces brillantes y el bullicio para cruzar el puente hacia el estado vecino y encontrarse con su chica. La letra es una oda a la anticipación romántica, detalles como "ponerse la camisa de seda" o "cepillarse el pelo" humanizan al personaje de Waits, mostrándolo como un hombre que se prepara con ilusión para una cita. El estribillo, con su inolvidable "Sha la la la la la la", evoca la nostalgia de los grupos vocales de los años 50 y 60 (el Doo-wop), otorgándole a la pieza una atmósfera de inocencia clásica. Musicalmente es pausada, con un ritmo que parece el balanceo de un coche cruzando el puente George Washington. Su voz aquí no raspa tanto; suena cansada pero feliz, como alguien que finalmente ha encontrado un puerto seguro. Curiosamente, la canción alcanzó una dimensión masiva gracias a Bruce Springsteen, el hijo predilecto de Nueva Jersey, comenzó a versionarla en vivo poco después de su lanzamiento, convirtiéndola en un pilar de sus conciertos. Springsteen le inyectó una energía de estadio, pero la esencia —esa vulnerabilidad del hombre que solo quiere estar con su mujer— permaneció intacta.
lunes, 30 de marzo de 2026
1915.- Master Blaster (Jammin') - Stevie Wonder

"Master Blaster (Jammin')" es uno de los temas clásicos más conocidos de Stevie Wonder, con la particularidad de que, al entrar en la década de los ochenta, el músico estadounidense se abrió a nuevos estilos en canciones como esta. Lanzada como el sencillo principal de su decimonoveno álbum de estudio, "Hotter than July (1980)", se caracteriza por su intenso ritmo reggae, en un claro homenaje a Bob Marley, máxima figura del género, que había sido telonero de Stevie Wonder en su gira por Estados Unidos de ese año, y gracias a eso había compartido escenario en algunas ocasiones durante la gira.
Los signos de esa inspiración y homenaje están por toda la canción, como la inclusión de la palabra "Jammin'" entre paréntesis en el título, en referencia a la canción "Jamming", incluida en el álbum "Exodus" (1977) de Bob Marley, o la mención al legendario músico jamaicano en la letra de la canción: "Marley's Hot on the box".
"Master Blaster (Jammin')" fue un gran éxito comercial en Estados Unidos, pasando siete semanas en el primer puesto de la lista de sencillos de R&B y el quinto puesto de la lista de sencillos pop del Billboard estadounidense en el otoño de 1980. En Europa también saboreó las mieles del éxito en el Reino Unido, donde alcanzó el segundo puesto de la lista de singles, y llegó hasta el primer puesto de las listas de ventas de Nueva Zelanda.
domingo, 29 de marzo de 2026
1914.- Scary Monsters (and Super Creeps) - David Bowie

Tras una serie de tres discos publicada entre 1977 y 1979 conocida como la "Trilogía Berlinesa", en los que experimentó con sonidos más europeos y vanguardistas que en discos anteriores, pero que no supusieron un gran éxito comercial, David Bowie enfocó su nuevo disco "Scary Monsters (and Super Creeps)" (1980) hacia terrenos más comerciales. Afortunadamente, el foco en la comercialidad y las ventas no hizo que las canciones del disco desmerecieran en calidad a las entregas anteriores, ni que perdieran su buena dosis del art rock, new wave y post punk de los temas más característicos del Bowie de finales de los setenta. Por ese motivo, el disco "Scary Monsters (and Super Creeps)" se consideró durante muchos años como el último de sus grandes discos antes de que, en uno de sus interminables giros estilísticos, abrazara durante los ochenta sonidos aún más comerciales y bailables.
sábado, 28 de marzo de 2026
1913 - Celebración - Kool & the Gang
viernes, 27 de marzo de 2026
Disco de la semana 475: Fool For The City - Foghat
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| Fool For The City, Foghat |
A mediados de los años 70 el rock británico buscaba nuevas formas de rugir sin perder la esencia del blues eléctrico que lo había alimentado desde los 60. Para entonces Foghat ya llevaba un tiempo circulando por la autopista del boogie con la determinación de una locomotora. No eran una banda de postureo ni de discursos grandilocuentes, eran músicos de carretera, curtidos en escenarios pequeños, en giras interminables y en esa mezcla de sudor, amplificadores calientes y cerveza tibia que define al rock más honesto. Pero fue en 1975 cuando todo encajó. Ese año publicaron Fool for the City, el disco que los catapultó definitivamente al estrellato americano y que, con el tiempo, se convertiría en su obra más emblemática.
El 15 de septiembre de 1975, Foghat lanzaba su quinto álbum de estudio bajo el sello Bearsville Records. El disco fue producido por Nick Jameson, músico estadounidense que no solo se encargó de la mesa de mezclas, sino que también asumió el bajo tras la marcha del miembro fundador Tony Stevens. Aquella salida, lejos de desestabilizar al grupo, abrió una nueva etapa creativa. Jameson aportó una visión más pulida y moderna, sin restar un ápice de crudeza al sonido característico de Foghat. El resultado fue un álbum que combinaba la energía callejera del boogie británico con una producción robusta, perfecta para las radios FM que dominaban la cultura musical estadounidense de la época, lo que les hizo entrar como un tiro en dichas emisoras.
La portada del disco se convirtió en un icono por derecho propio. Roger Earl, el baterista, sentado en una caja mientras pesca en una alcantarilla en East 11th Street, Nueva York. Una imagen tan absurda como entrañable, que capturaba el espíritu de Foghat, humor, irreverencia y una actitud despreocupada ante la vida. Era una banda de contrastes, pues aunque no se tomara demasiado en serio a sí misma, sí se tomaban muy en serio la música. Fool for the City fue el primer álbum de Foghat en alcanzar disco de platino, y no es difícil entender por qué. Desde el primer riff hasta el último redoble, el disco es una celebración del rock directo, sin artificios, construido sobre la base de guitarras afiladas, ritmos sólidos y una voz, la de Dave Peverett, que era capaz de transmitir carisma.
El álbum abre con el tema que le da título, Fool For The City, toda una declaración de intenciones. El riff inicial es simple pero engancha, y Peverett canta con ese tono entre socarrón y desafiante que siempre lo caracterizó, como si estuviera contando una historia en la barra de un bar. La letra habla de escapismo urbano, de la necesidad de perderse en la ciudad para encontrarse a uno mismo. Foghat nunca fue una banda de metáforas complejas: aquí todo es sudor, ritmo y ganas de vivir deprisa. La producción de Jameson brilla especialmente en este tema, con un sonido limpio que realza cada instrumento. My Babe es un blues-rock. El grupo siempre tuvo un don especial para reinterpretar el blues sin caer en la imitación. Aquí suenan compactos, casi como si estuvieran tocando en un garito lleno de humo. La guitarra de Rod Price, apodado “The Slide King”, desliza notas con una elegancia feroz, demostrando por qué era uno de los guitarristas más respetados del género. Y aquí llega el plato fuerte, Slow Ride. La versión original supera los ocho minutos, pero con los años se han editado hasta cuatro versiones más, desde los casi cuatro minutos hasta los diez y pico. Todas funcionan, pero la larga es la que captura la esencia del grupo: un viaje lento, sensual, construido sobre un groove hipnótico que te envuelve poco a poco. El tema está acreditado a Dave Peverett, y tanto la letra como el tempo simulan el acto de hacer el amor. Empieza suave, se mantiene en un vaivén constante y, hacia el final, los riffs se aceleran hasta culminar en un estallido eléctrico. Foghat convirtió el boogie en erotismo sonoro, y lo hizo sin caer en lo vulgar. Es pura energía, pura química musical. La historia de su creación es casi tan buena como la canción. Según el baterista Roger Earl, el tema nació de una jam con el recién incorporado Jameson. Este llevaba siempre un reproductor de casetes y grababa todo lo que tocaban. En una de esas sesiones captó una línea de bajo y algunos fragmentos sueltos. Luego recortó y pegó el material hasta darle forma. Peverett escuchó aquello y dijo: “Tengo letra para eso”. Y así, de una improvisación casi accidental, surgió este himno del rock setentero.
La cara B abre con Terraplane Blues, donde la banda rinde homenaje a Robert Johnson con una versión electrificada que respeta el espíritu del original. La guitarra slide de Price brilla con luz propia, y la banda suena como una locomotora en marcha. Estamos ante una reinterpretación musculosa y llena de vida, que demuestra el profundo respeto del grupo por las raíces del blues. Save Your Loving (For Me) es un medio tiempo con aroma a carretera nocturna. Aquí la banda demuestra que también sabe bajar revoluciones sin perder intensidad. La voz de Peverett suena más cálida, más íntima, mientras la guitarra envuelve la canción. Drive Me Home es un boogie acelerado, perfecto para conducir con las ventanillas bajadas. Tema directo, contagioso y lleno de energía. La batería de Earl marca un ritmo imparable, mientras Price y Peverett se reparten riffs y con una gran complicidad. Take It or Leave It cierra el álbum. Tiene una aire más melódico. No es el corte más conocido del disco, pero es el cierre perfecto. El grupo cierra el disco con la misma honestidad con la que lo empezó, sin pretensiones, solo rock bien hecho.
Fool for the City además de ser el disco más exitoso de Foghat, es el álbum donde la banda encontró su identidad definitiva. Un trabajo que captura la esencia del rock de carretera, del sudor en los clubs, de la libertad que solo da un riff bien tocado. Es sencillamente música honesta y directa hecha por músicos que amaban lo que hacían. No reinventaron nada, ni lo pretendieron, simplemente hiceron girar la rueda musical más rápido, más fuerte y con más estilo.
1912 - Guilty - Barbra Streisand
jueves, 26 de marzo de 2026
1911.- It's No Game (Pt. 1) - David Bowie
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| It's No Game (Pt. 1), David Bowie |
David Bowie llevaba encima el peso de una década, cuando entró en los estudios The Power Station de Nueva York a principios de 1980, que había cambiado la música para siempre. Una década que él mismo había ayudado a moldear. La Trilogía de Berlín había sido un viaje hacia la abstracción, la electrónica y la introspección, pero también lo había dejado en un punto extraño: respetado, sí, pero con la sensación de que el público esperaba un nuevo giro. Y Bowie decidió que era el momento de afilar los colmillos. Scary Monsters (and Super Creeps) nació de esa necesidad de cerrar una etapa y abrir otra. Tony Visconti, su cómplice habitual, lo describió como un disco más “consciente”, más trabajado que los anteriores. No había improvisación berlinesa ni atmósferas nebulosas, aquí todo estaba medido, pero sin perder la electricidad. La banda base (Alomar, Murray y Davis) sonaban un motor perfectamente engrasado, y sobre ellos Bowie colocó a dos guitarristas que marcarían el tono del álbum: Chuck Hammer, con sus guitarras sintetizadas futuristas, y Robert Fripp, que entró al estudio como un vendaval dispuesto a dejar su sello en cada canción. El resultado fue un sonido que parecía anunciar los años 80 antes de que estos empezaran realmente: moderno, tenso y lleno de aristas.
Bowie decidió abrir el disco con It’s No Game (Pt. 1). La primera voz que escuchamos ni siquiera es la suya, sino la de Michi Hirota, actriz japonesa que recita una traducción de la letra con una calma inquietante. Es como si alguien estuviera leyendo un manifiesto en un idioma ajeno, mientras al fondo se encienden máquinas y se afilan cuchillos. Entonces entra Bowie gritando como si estuviera exorcizando algo que llevaba demasiado tiempo dentro. Su interpretación es una de las más viscerales de toda su carrera, su voz se quiebra, se tensa y se vuelve casi animal. Es un contraste brutal con la serenidad de Hirota. La guitarra de Robert Fripp es otro protagonista absoluto. Bowie le pidió que imaginara un duelo consigo mismo, y Fripp respondió con riffs que parecen cuchilladas: disonantes, afiladas, impredecibles. Bowie llegaba dispuesto a incendiar la nueva década.
La letra es un lamento furioso sobre la frustración social, la impotencia ante un sistema que se repite y la sensación de que nada cambia aunque lo intentemos. Bowie había coqueteado con la crítica social antes, pero aquí lo hace desde un lugar más emocional que político. Una de las curiosidades es que la canción tiene raíces en un tema que Bowie compuso en su adolescencia, Tired of My Life. Aquella pieza juvenil, casi un desahogo íntimo, se transformó décadas después en un estallido adulto de rabia y lucidez. Bowie reciclaba ideas antiguas no por falta de inspiración, sino porque sabía que algunas semillas necesitaban tiempo para florecer. La estructura del disco convierte a It’s No Game (Pt. 1) en algo más que una canción: es la primera mitad de un espejo. La Parte 2, que cierra el álbum, es su reverso resignado, casi derrotado. Si la primera parte es el grito, la segunda es el susurro después del agotamiento. Entre ambas se despliega todo el viaje emocional de Scary Monsters.
miércoles, 25 de marzo de 2026
1910 - Because You're Young - David Bowie
martes, 24 de marzo de 2026
1909.- Pongamos que hablo de Madrid - Joaquín Sabina
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En 1980 Joaquín Sabina estaba intentando forjarse una carrera como cantautor en la España de la transición, tras un período en el que estuvo viviendo en Londres, y de la publicación de un prescindible primer disco ("Inventario", 1978) que no apuntaba ningún destello de lo que después sería una brillante carrera musical. Sin embargo, en su segundo intento ("Malas Compañías", 1980) ya encontramos algunas de sus mejores canciones ("Qué demasiao", "Pasándolo bien") y dos piezas excelsas que se convertirían en auténticos himnos ("Calle Melancolía" y "Pongamos que hablo de Madrid").
Pongamos que hablo de Madrid, con letra de Sabina y melodía de Antonio Sánchez, retrata un Madrid costumbrista y cotidiano, cosmopolita y acelerado, con un punto triste y sórdido en la descripción de los personajes y las situaciones cotidianas que albergaba en los albores de los años ochenta. El Sabina recién llegado parece no encontrar salida en un micro mundo en el que "las niñas ya no quieren ser princesas, y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra", un escenario oscuro y apocalíptico en el que "la muerte pasa en ambulancias blancas" y hay jeringuillas en los lavabos de los bares.
La carrera de Sabina comenzó a despegar con canciones como "Pongamos que hablo de Madrid", y el Sabina emigrante fue enamorándose poco a poco de la vida bohemia y colorida que encontró detrás de la ciudad oscura que le había recibido en un primer momento, y en la versión en directo del disco "Sabina y Viceversa" (1986) cambió los últimos versos de la canción para rendirse definitivamente a una ciudad que le había terminado calando hasta los huesos, convirtiendo el lúgubre y descarnado "Cuando la muerte venga a visitarme, que me lleven al sur dónde nací. Aquí no queda sitio para nadie..." en un sentido "Cuando la muerte venga a visitarme, no me despiertes, déjame dormir. Aquí he vivido, aquí quiero quedarme... Pongamos que hablo de Madrid".
lunes, 23 de marzo de 2026
1908.- Me quedo contigo - Los Chunguitos

“Me quedo contigo” es uno de los temas más emblemáticos de Los Chunguitos, una pieza que trasciende épocas, géneros y generaciones. Publicada originalmente en 1980 dentro del álbum "Playa y Arena", la canción se aleja de la rumba festiva que caracterizaba buena parte de su repertorio y apuesta por un tono más íntimo y casi confesional.
La Silueta: Un relato de música y muerte
Este es el argumento de "La Silueta", el primer libro que he escrito, tras muchos relatos cortos, reseñas y artículos, firmando como Nevermind en este blog. Como no podría ser de otra manera, la música es un "personaje" omnipresente a lo largo y ancho del libro, así que no hay lugar mejor que 7dias7notas para publicar de manera gratuita el primer capítulo del libro: "La nube negra". Ojalá no podáis dejar de leerlo, porque yo no pude parar de escribirlo.
LA NUBE
NEGRA
Cientos de personas iban de un lado a otro, por el largo pasillo del centro comercial. Caminaban como autómatas desprovistos de su propia humanidad. Seres alienados por el poder de las marcas y la publicidad, consumiendo la basura incesante generada por la televisión y las redes sociales, al ritmo implacable del estridente hilo musical de la gran superficie, que no dejaba de escupir banales canciones fabricadas en serie. Así es como lo veía el Sr. Kite, mientras caminaba entre la gente, en aquel reducto estrafalario de lo que, para él, era una sociedad desquiciada y carente de toda conciencia.
No sabía, a ciencia cierta, cómo había acabado allí.
Las últimas horas habían trascurrido en una negra nebulosa, en uno de sus ya
habituales lapsos de memoria, y no recordaba bien el recorrido previo a su
errático caminar actual. Antes de la “nube negra”, estaba seguro de que el
director de su oficina le había llamado a su despacho y, tan fría como
educadamente, le había comunicado el cese de la relación laboral. A sólo cinco
años de la jubilación, la noticia le había caído encima como una losa, bajo la
que ahora yacían los restos putrefactos de su carrera profesional,
convirtiéndole en un desdichado zombi andante, una triste figura que deambulaba
lastimosamente por el pasillo del centro comercial.
Al escuchar el frío y estudiado discurso del
director, sintió en un primer momento cómo el aire le faltaba en los pulmones,
y pensó que no sería capaz de mantener el control, derrumbándose allí mismo, en
el flamante despacho en el que estaba siendo despedido. Pero no lo hizo. En
lugar de eso, “aguantó el tipo con dignidad, y en el más completo de los
silencios”, según las palabras del propio director, entrevistado por la policía
sólo un día después, en el mismo despacho. “Escuchó resignado y con la mirada
perdida, con una extraña expresión de vacío en el rostro. Cuando me levanté de
mi asiento, él hizo lo propio, y sin mediar palabra alguna, se giró lentamente
y salió del despacho. Y eso fue todo. Recogió sus pocas pertenencias y se
marchó. No podíamos hacer otra cosa, cuando le daban esos episodios de ausencia
era una persona inestable, diría que incluso incontrolable”.
La realidad no hablaba de dignidad, ni de
resignación silenciosa, en la manera de tomarse el despido, sino simplemente de
“ausencia”. El Sr. Kite no estaba ya realmente allí, en el momento posterior a
que el director le anunciara su despido. Como mecanismo de defensa, y cual reflejo
vaso-vagal que provoca un desmayo como medida de “desconexión” ante un estado
límite, provocado por una infección y la consiguiente fiebre, el cerebro del
Sr. Kite evitó la inminente crisis nerviosa concentrando todos los recursos
mentales y sensoriales en un solo punto para, de alguna manera, distraer a su
dueño de todos los demás estímulos disponibles, y poder así salvar aquella
difícil situación sin agravarla. El punto crítico elegido, para tal fin, fue
una grotesca mancha de grasa en la cara corbata del director, comprada (ironías
del destino) precisamente en el centro comercial en el que ahora se encontraba
el Sr. Kite. Tanto se concentró en aquella mancha, que no solo fue la última
imagen que su frágil memoria guardó antes del vacío de la nube negra, sino que
fue, además, la primera disponible en el momento de volver a la consciencia y
observar a los cientos de personas de las que se encontraba rodeado. En ese
momento, interrumpió su errante caminar y se detuvo delante del escaparate de
una tienda de discos, presidido por un cartel enorme que decía “Liquidación
total por cierre”, y pensó: “¿Qué más puede ir mal hoy?”. Entró en la
tienda, y vagó por su interior como alma en pena, mirando con desgana los cd’s en
las estanterías, y deteniéndose a continuación a mirar en uno de los cajones
llenos de vinilos. Mientras rebuscaba, se topó con un vinilo que llamó su
atención, y se detuvo a contemplar su portada. Era el disco “The rise and
fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” en cuya portada David
Bowie aparecía solo, en plena noche, junto a la entrada de un portal en un frío
callejón londinense. Esbozó una leve y extraña sonrisa, al pensar que así era,
realmente, como se sentía en esos momentos. Sólo y a la intemperie, perdido en
la fría noche de un mundo que giraba en dirección contraria a la suya.
- ¿Puedo
ayudarle en algo? - preguntó una bella y joven dependienta de largos cabellos
rubios y ojos del color de la hierba en otoño, que tras el cierre que anunciaba
el cartel del escaparate, se llevaría seguramente su belleza natural a alguna
de esas franquicias de ropa para adolescentes. O quien sabe si, tras algunos
pequeños retoques de interiorismo, la franquicia no acabaría estando en el
mismo lugar en el que aquel establecimiento daba sus últimas bocanadas de aire,
antes de pasar a mejor vida en el cielo de las tiendas de discos, un lugar cuya
existencia aún estaba por demostrarse, al igual que la del resto de los
prometidos paraísos con los que el hombre mundano sobrellevaba la angustia de
su inevitable temporalidad.
- ¡Cinco
años, me quedaban cinco años! – contestó el Sr. Kite.
-
Perdone, ¿Qué ha dicho? – contestó ella, extrañada por la respuesta de aquel
hombre.
- No, no
puedes ayudarme, ya es demasiado tarde – le contestó el Sr. Kite,
mientras daba vuelta al vinilo, observando en la contraportada a David Bowie
dentro de una típica cabina londinense. ¿A quién estaría llamando en aquel
momento? ¿Y a quién podría llamar él ahora, si no tenía a nadie a quién llamar
y pedir consuelo? Eran solo preguntas al aire, y sin mucho sentido, que se hizo
a sí mismo mientras la dependienta volvía sobre sus pasos, maldiciendo por
tener que aguantar a otro pirado más, y conjurándose para resistir los pocos
días que le quedaban en aquel empleo. Tenía muchas de sus esperanzas puestas en
una entrevista que había hecho días atrás, para trabajar en “Fashion”,
una franquicia de ropa y complementos para modernillos y adolescentes, y la
ilusión por ese posible nuevo empleo le daba las fuerzas necesarias para
sobrellevar la anodina travesía hacia el cierre definitivo de su empleo actual.
El Sr. Kite miró con desgana como la dependienta
se alejaba por el estrecho pasillo de la tienda de discos, y devolvió con
cuidado el vinilo a su sitio en el cajón. Resopló por un instante, a la altura
del umbral de la salida de la tienda, como si necesitara renovar el aire de sus
pulmones, antes de sumergirse de nuevo en las profundidades del pasillo central
del centro comercial, dónde cientos de autómatas continuaban su incesante
trasiego de una tienda a otra, y luego a otra y… ¿Por qué no otra más?
En el centro de aquel gran pasillo, varias
personas esperaban la llegada de uno de los dos grandes ascensores a los que
daba acceso esa zona, para dirigirse a las plantas superiores o al aparcamiento
subterráneo. De camino hacia los ascensores, metió su mano derecha en el
bolsillo lateral del abrigo, y se sorprendió al sentir el contacto con un frío
metal, que encontró allí donde debería haber estado el teléfono móvil. No
necesitó sacar el objeto del bolsillo para saber que se trataba de una pistola.
¿Cómo había llegado un arma hasta el bolsillo de su abrigo? Sobresaltado, sacó
la mano y se tocó nerviosamente la cara, tapándose la boca y apretándose la nariz
con los dedos índice y pulgar mientras el resto de los dedos acariciaban su
descuidada barba de dos días. Con la mano izquierda, rebuscó en el otro
bolsillo, y encontró el móvil que hubiera esperado encontrar en el primero,
pero con la excitación producida por el descubrimiento del arma, había olvidado
completamente lo que quería hacer con él, y pensó que, en cualquier caso, no
habría nadie al otro lado de la línea para poder ayudarle. Bowie ya hacía
tiempo que habría abandonado aquella cabina, y era la única persona con la que
querría haber hablado en aquel momento, y a ser posible a cobro revertido. Siguió
caminando, hacia la zona de acceso a los ascensores, en la que varias personas
seguían esperando, mirando al suelo o a las pantallas de sus teléfonos móviles
con una mano, mientras con la otra sujetaban bolsas de plástico con los logos
de las tiendas en las que las habían llenado de, a su juicio, innecesarios artilugios
y complementos, adquiridos a precios descaradamente inflados por las marcas
corporativas y sus agresivas estrategias de marketing.
El ascensor destinado a las plantas inferiores
llegó casi al momento en que el Sr. Kite pasó a formar parte de la fila de “los
que esperaban”. Las puertas automáticas se abrieron, como un gran telón descorriéndose
a ambos lados del escenario de una gran obra teatral, mostrando un decorado de
planchas metalizadas de color rojizo y un gran panel de botones luminosos en el
lado izquierdo, con los que elegir la próxima parada, o el destino final del
viaje. El grupo de personas fue entrando ordenadamente en el ascensor, seguidos
por el Sr. Kite, y generando entre todos un leve y curioso ruido plástico,
producido con el roce de las bolsas de las compras con los bordes de la entrada
al elevador. Mirando al cuadro de botones, el desorientado Sr. Kite llegó a la
conclusión de que todo lo acontecido, hasta ese momento, había tenido lugar en
la planta tercera, porque los botones de las plantas segunda, primera y aparcamiento
estaban iluminados en azul, marcando las próximas paradas. Respiró hondo de
nuevo, y pidió amablemente a la anciana que tenía al lado que se apartara, para
pulsar el botón de su destino. Y ese destino estaba, en realidad, marcado en
rojo en aquel panel eléctrico, con cuatro letras blancas que formaban la
palabra “stop”. El ascensor se paró en seco, generando una breve sensación
sísmica en el interior del habitáculo, con el epicentro del temblor situado
bajo los pies de sus ocupantes. Las bolsas de plástico volvieron a chocar entre
sí, repitiendo aquel leve pero molesto ruido.
- Pero… ¿Qué hace, hombre? – le espetó un tipo de
unos treinta años, dueño de un engominado y a la vez milimétricamente
despeinado corte de pelo, unos estratégica y concienzudamente rotos pantalones
vaqueros, una camiseta de licra ajustada a sus exagerados y artificiales
pectorales, y unos grandes tatuajes de dragones y mujeres desnudas que le
cubrían totalmente la piel de ambos brazos. Casi sin pensarlo, la respuesta del Sr. Kite a la pregunta fue sacar el
arma del bolsillo del abrigo y encañonar al recauchutado treintañero, que en un
acto reflejo soltó sus bolsas y extendió las manos para protegerse y cubrirse
el rostro, girando la cabeza hacia un lado mientras gritaba:
- ¡Mierda,
tío, controla, no lo decía en serio!
La
anciana, a su lado, dio un respingo y gritó asustada, y el resto de los
ocupantes del ascensor hicieron lo mismo unas milésimas de segundo después,
como un coro góspel acompañando fielmente a su cantante principal.
Instintivamente, el coro se aplastó contra la esquina opuesta del ascensor,
apretándose unos contra otros y cubriéndose el rostro con las manos, tapándose
los ojos para no mirar, y a la vez seguir mirando, en lo que para el Sr. Kite
fue un ejemplo más de la incongruencia del ser humano, que ve sólo lo que
quiere ver y se engaña a veces no queriendo verlo.
- Para mí ya es tarde, pero aún tengo tiempo de
acabar con esta mediocridad antes de irme – masculló el Sr. Kite. Calculó que
tendría seis balas, porque en las películas de acción las pistolas siempre
tienen esa capacidad. Contó seis personas en el ascensor además de él, así que pensó
que tendría más que suficiente. Sacó el móvil del bolsillo izquierdo, sin dejar
de apuntarles con el arma, ajeno a los gritos y súplicas de todos ellos. Ya no
les oía, porque su cerebro estaba ya concentrado de nuevo en un solo punto de
emergencia, y las voces de aquellos desdichados habían pasado a formar parte de
la nube negra. Buscó una aplicación de reproducción de música, seleccionó una
de las listas disponibles y pulsó en la primera canción. Un lejano ritmo de
batería fue haciéndose cada vez más audible a través del altavoz del móvil, que
reproducía la entrada in crescendo de “Five Years” de David Bowie, que a
cada segundo sonó con más fuerza en el interior del ascensor.
- ¡Mediocridad! - gritó el Sr. Kite, mientras
movía el arma de un lado a otro, apuntando a las cabezas de las personas
mientras decidía por quién empezar - ¡Tú! – dijo señalando al hombre de la
camiseta ajustada y los tatuajes - ¿Cuál es el título de esta canción?
- ¡Por
favor, tranquilícese, guarde el arma y no haga una locura! – dijo el hombre,
balbuceando. De repente, aquel “musculitos” de pelo engominado había dejado de
tutearle.
- ¡Que
me digas el título de esta canción! Seguro que te pasas el día escuchando esa
mierda de reggaetón en el coche, y no tienes ni idea de lo que está sonando. Lo
siento mucho, amigo, pero ésta es la oportunidad que te doy… ¡Jugamos a todo o
nada! – le contestó airado, mientras le seguía apuntando con la pistola.
- Yo…Yo…
¡No lo sé…! – dijo el hombre, mientras cerraba los ojos, de los que brotaban ya
las primeras lágrimas, a punto de precipitarse por sus mejillas. Sabía
perfectamente que, en manos de aquel loco, esa respuesta no le conducía a un
destino favorable, y no quería mirar al mensajero de la muerte que tenía frente
a sus ojos.
El Sr. Kite apretó con fuerza la empuñadura del
arma para afianzarla. El sudor en sus dedos y en la palma de su mano hacía que
se le resbalara. Cerró también los ojos por un segundo, tras el cual apretó con
fuerza el gatillo. El disparo resonó dentro del ascensor cerrado, y al instante
los gritos histéricos de los ocupantes llenaron el reducido espacio y se
clavaron como cuchillos en sus tímpanos. El cuerpo del treintañero cayó al
suelo como un fardo, junto a las bolsas de plástico que había arrojado al suelo
unos segundos antes, salpicadas de miles de gotas de sangre, como si un
incómodo sarampión se hubiera adueñado de ellas. El Sr. Kite abrió los ojos y
miró nerviosamente a su alrededor, y levantó después la voz por encima de los
gritos histéricos del resto de ocupantes del ascensor. La anciana tenía manchas
de sangre del treinteañero por todo el rostro, y parecía en grave riesgo de
sufrir un desmayo, por lo que el Sr. Kite retomó apresuradamente su discurso:
- ¡Era “Five Years”, de David Bowie! ¿Pero qué narices le está pasando a este mundo? ¡Está en un disco que
se debería enseñar en la escuela! – dijo mientras apuntaba el arma hacia la
anciana, para continuar con su macabro concurso - ¡Vamos con la
siguiente… un rotundo tema de rock y psicodelia, con uno de los mejores solos
de guitarra del disco, llevado hasta el límite en la apoteosis final del tema,
hasta hacernos creer que el mundo va a estallar… ¡Y hoy lo va a hacer por fin!
- dijo a modo de épica introducción radiofónica, mientras en el móvil
seleccionaba “Moonage Daydream”. Fueron tan solo los primeros acordes,
porque la anciana puso los ojos en blanco antes de poder dar una respuesta, en
un claro indicio de estar a punto de desmayarse. La ejecutó casi al tiempo en
que la anciana perdía la consciencia, por lo que la mujer tuvo un tránsito casi
indoloro hacia la otra vida. Tras esta “piadosa” muerte, llegaría el turno de “Starman”,
errada por una estudiante de diminutos pantalones vaqueros cortos y trenzas de
colores en el pelo. "El
hombre de las estrellas está esperando en el cielo, le gustaría venir a
conocernos, pero cree que eso nos destrozaría las mentes" - dijo el Sr. Kite, parodiando el tono de un exaltado
predicador, mientras el cerebro de la chica estallaba de un disparo a
bocajarro. Misma suerte corrió un hombre claramente obeso, cercano a los cincuenta
y con un llamativo y poblado bigote, que no supo reconocer “Ziggy Stardust”,
y al que acompañó al más allá su mujer, dueña de una exagerada permanente
pelirroja, que en ninguna de sus largas sesiones de peluquería había escuchado
“Sufragette City” en el hilo musical del centro de estética de ese mismo
centro comercial. Fue la última canción que escuchó en su vida, antes de que la
caída de su cuerpo sin vida fuera amortiguada por el blando e inerte cuerpo de
su marido, que la esperaba para siempre en el suelo del ascensor.
Y así llegó el momento cumbre, en una escena
dantesca dentro de un ascensor con las paredes totalmente salpicadas de sangre,
y con los cuerpos de las cinco víctimas esparcidos por el suelo. Dos personas
se miraban fijamente entre el amasijo de cadáveres, en un duelo que recordaba a
los del “far west”, si en el salvaje y lejano oeste hubieran existido
los ascensores. El Sr. Kite apuntaba al otro, con el arma todavía humeante, y
una última bala por disparar. El otro, un universitario con gafas de pasta y
pelo cortado a cepillo, con la cara manchada de una mezcla de sangre ajena y
lágrimas propias, respiraba profunda y entrecortadamente, sin dejar de mirar
fijamente al arma de su contrincante, en un intento de concentrarse en un punto
concreto para no sucumbir a la locura que le rodeaba, como horas antes había
hecho su adversario ante la inesperada y traumática noticia de su despido. La
guitarra acústica de “Rock and Roll Suicide” rompió el macabro silencio.
El cañón del arma apuntó al chico, como la flecha de una ruleta, que acabara de
pararse en la casilla de la bancarrota. El asesino arqueó las cejas y,
esbozando una macabra media sonrisa, dijo:
- ¿Y bien? ¿Sabes que canción es?
El chico le miró fijamente y controló, como pudo,
su respiración acelerada, encontrando en algún lugar de su cerebro la calma
necesaria para jugar la que podía ser su última carta en la vida, antes de
responder:
- "Demasiado viejo para perder, demasiado joven para elegir, y el tiempo espera pacientemente tu canción, caminas fuera de la cafetería, pero no has comido nada y has vivido demasiado, eres un suicida del rock and roll"
El asesino bajó la mirada, y un segundo después
hizo lo propio con el arma, visiblemente abatido por la inesperada derrota.
Todo había terminado, o eso creía él. La novia del estudiante, conocedora de su
enfermiza puntualidad, esperaba preocupada por su inesperado retraso, y en un
ejercicio de oportuna impaciencia, le llamó por teléfono en ese preciso
instante, desde algún punto del abarrotado centro comercial. La canción que el
universitario tenía seleccionada como tono de llamada sonó dentro del ascensor,
desde el interior de la cazadora del muchacho. Visiblemente aturdido, el Sr.
Kite no reaccionó a la misma velocidad que el chico, que sacó el móvil del
bolsillo y, mirándole directamente a los ojos, dijo:
- ¿Y tú, sabes qué canción es ésta?
El Sr. Kite cerró los ojos un segundo y soltó una
bocanada de aire y de resignación. Volvió a abrir los ojos de nuevo, y mirando
al suelo dijo: “¡Ostia puta! ¿Qué más puede ir mal hoy?”, al tiempo que apuntaba con la pistola hacia su propia cabeza, para
que una sola bala se enfrentara, definitivamente, a la nube negra.
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domingo, 22 de marzo de 2026
1907.- Crazy Train - Ozzy Osbourne
Incluido en el álbum se encuentra el tema Crazy Train, compuesto por Ozzy, Randy y Daisley. Según cuenta Ozzy, Randy apareció con un riff básico de guitarra y sobre ese riff trabajaron juntos en la música, sabían que necesitaban algo para el introducir el sólo y a Ozzy se le ocurrió el patrón de acordes y la sección de ritmo para el sólo de Randy. A Randy y a Ozzy le gustaban mucho los trenes y solían coleccionarlos y cuando estaban trabajando en el tema Ozzy le dijo a Randy "Randy, ésto suena como un tren, pero como un tren loco", y de ahí surgió el título del tema. Puede parecer que el tema habla de la locura, pero en realidad habla de aprender a amar en un mundo de locos, de la guerra fría donde hay millones de personas viviendo como enemigos y sólo unos pocos gobiernan y controlan condicionando todos los medios y obligándonos a asumir un rol. En el tema podemos escuchar el sólo de guitarra doblado, lo que significa que Randy tuvo que grabar sus partes de guitarra dos veces y hacerlo exactamente igual la primera vez que la segunda para luego superponer los dos sólos, algo que hace que éste sólo de Randy haga la canción tan única y especial.






