viernes, 3 de abril de 2026

Disco de la semana 476: "666" - Aphrodite's Child

 


Publicado en 1972, "666" es el tercer y último álbum del grupo Aphrodite’s Child y su obra más ambiciosa y radical, una auténtica y exhaustiva banda sonora para un film inexistente, en formato de doble LP conceptual inspirado libremente en el "Libro del Apocalipsis", concebido principalmente por Vangelis Papathanassiou y el cineasta y letrista Costas Ferris. Para esta generosa y desproporcionada teatralización musical del apocalipsis, Aphrodite’s Child rompe con el pop psicodélico de sus entregas anteriores, para adentrarse en el rock progresivo y en terrenos mucho más experimentales, mezclando coros épicos con recitados rituales, solos de guitarra apocalípticos y atmosféricos teclados electrónicos. El resultado es algo fragmentario y disperso, con canciones que no pasan de breves viñetas sonoras e interludios para la historia que relata el disco, pero rebuscando en la inmensidad de "666" podemos encontrar, en las canciones que consiguen mantener una estructura más reconocible y standard, momentos musicalmente muy destacables.

No hace falta esperar mucho para eso, porque tras las voces de la multitud que constituyen la breve y oscura introducción de "The System", "Babylon" tiene ya un desarrollo musical que destaca por su marcado ritmo, los coros y una sensación de atmósfera decadente en la ciudad de la corrupción y el pecado. Es sin duda un buen entrante para degustar un disco que sorprende por momentos, como en el siguiente tema "Loud, Loud, Loud", una breve pieza austera y obsesiva en la que una voz femenina hace un recitado mientras los coros masculinos responden repetitivamente "Loud, Loud, Loud, Loud". Las tres piezas iniciales funcionan a la perfección como intro para "The Four Horsemen", uno de los grandes temas del disco y de los más conocidos del álbum y de la carrera de Aphrodite’s Child. La música es solemne y el sonido y la intensidad de la canción van creciendo progresivamente, apoyados en una estructura de canción más clásica y la potente temática de los cuatro jinetes del apocalipsis. La intensa y dramática interpretación vocal de Demis Roussos y una enorme y apocalíptica guitarra eléctrica la convierten en una pieza tan épica como inquietante. Más lírica y contenida es "The Lamb", una representación del sacrificio que aporta la calma antes del apocalipsis, que aún está por llegar. Antes de que llegue la oscuridad, con la breve "The Seventh Seal" (sobre la apertura del séptimo sello) y la bella melodía de "Aegian Sea" termina la primera cara en un tono contemplativo y casi onírico.

La cara B comienza con un breve interludio ("Seven Bowls"), una pieza inquietante ("The Wakening Beast"), y la letanía de un lamento de aires orientales ("Lament"), de nuevo tres temas que abren el camino para una canción más enérgica y desarrollada ("The Marching Beast") en la que guitarras, flautas y teclados componen un caótico y luminoso paisaje sonoro instrumental. La guitarra eléctrica y la batería son las absolutas protagonistas de "The Battle of the Locuts", breve pero intenso tema casi inseparable de "Do it", tema en el que las guitarras y el ritmo de batería acelerado rezuman virtuosismo, energía y aires de jam session. Para nueva sorpresa, de la intensidad de las guitarras hard rock, el disco salta rápidamente a los metales de la breve y anecdótica "Tribulation", una de las breves e inconexas viñetas sonoras del disco. Tras ese nuevo giro musical, "The Beast" retoma cierta estructura clásica con una voz y un tono que recuerdan a las canciones de musicales y a las canciones de Frank Zappa. La voz de "Ofis" y unos ridículos sonidos onomatopéyicos cierran de manera extraña la cara B, dejándonos con la sensación de que el disco aún puede seguir derivando inevitablemente hacia niveles de locura y de experimentación mayores.

"Seven Trumpets" es un recitado de un predicador avisando de la oscuridad y la catástrofe que están por venir, que será anunciada por "siete trompetas". Lo que es seguro es que estas siete trompetas anuncian la llegada de "Altamont", uno de los momentos más intensos y extraños del disco, una canción sin letra más allá de los tarareos de un cantante y el recitado final, y plagada de intensos saxofones y un ritmo angustioso y desafiante. Es además la única referencia a una situación "real", pues remite al famoso concierto de Altamont de 1969, símbolo del fin de la inocencia hippie. "Se acabó el sueño" y la realidad es oscura y delirante, pero la angustia no dura para siempre, y en un nuevo e inesperado giro musical, en "The Wedding of the Lamb" los ritmos medievales dan cierto respiro y luminosidad, como si una ventana se hubiera abierto y dejara entrar unos tibios rayos de sol. Es solo un breve descanso, porque en "The Capture of the Beast", el sonido de cadenas y tambores vuelve a cerrarle el paso a la luz, y en la enloquecida y controvertida "00 Infinity symbol" un personaje femenino interpretado vocalmente por la actriz Irene Cara intenta declamar unos salmos mientras mientras está en pleno éxtasis sexual. Es uno de los temas más extraños e inquietantes del disco, y ni siquiera los teclados, el ritmo pegadizo y la voz y los coros de "Hic et Nunc" cantando con energía "Aquí y ahora" logran ya sacarnos del trance, pero le dan un final agradable y formal a esta tercera cara del disco.

Para la última cara, Aphrodite's Child nos reservan un gran final apoteósico, y como buen disco progresivo no podía faltar una canción de casi veinte minutos: "All the Seats Were Occupied". Más que una canción, es de nuevo una gran escena sonora de una película que se desarrolla únicamente en las cabezas de los oyentes, en una intensa y trabajada mezcla de narración, música y caos. Y tras el momento más épico y álgido del disco, aún les quedó generosidad musical para regalarnos un último trago con "Break", un tema de piano y voz melancólica que en su tramo final nos saca indemnes de un viaje intenso, caótico, a veces brillante, a veces hasta incómodo e incomprensible, pero absolutamente sorprendente y, en conjunto, magistral e irrepetible. Algo tan intenso que terminó por ser también el apocalipsis de Aphrodite's Child, que ardió en las llamas del infierno, para que de las cenizas de la banda surgiera triunfal la figura de Vangelis, para seguir explorando la manera de contar grandes historias a través de la música y poniéndole banda sonora a grandes películas, mucho más reales que "666".

1919.- Ashes to ashes - David Bowie


Cuando comenzaron las sesiones de grabación de Scary Monsters (and Super Creeps) en el Power Station de Nueva York en febrero de 1980, no existía letra para Ashes to Ashes , o People Are Turning to Gold , como se llamaba entonces, solo muchos "la la las". Es interesante preguntarse en qué se habría convertido la canción si ese título se hubiera mantenido. Bowie escribió mucha música genial después de Ashes to Ashes , pero es muy probable que sea su último clásico absoluto, despidiéndose así de una década de asombrosa creatividad. En su excelente blog sobre Bowie, Pushing Ahead of the Dame , Chris O'Leary tiene mucha razón al decir que es su última canción. Es una oscura rima infantil, llena de frases extrañas, líneas vocales e imágenes, todo ello sustentado por un ritmo peculiar y contagioso. "¿Recuerdas a un tipo que ha estado / En una canción tan antigua?" es una extraña introducción para el oyente. Pero es solo el comienzo, ya que Ground Control revela que el rumor es cierto: "Recibieron un mensaje del hombre de acción". Y aunque "Estoy feliz, espero que tú también lo estés" presagia algo bueno, la letra se vuelve más oscura, pero deja claro que el Mayor Tom necesita que lo pongan en su sitio…

'El grito de la nada está matando, solo
imágenes de chicas japonesas en síntesis y
no tengo dinero y no tengo pelo,
pero espero patear el planeta, está brillando'

Qué imágenes surrealistas y sombrías, y un puente como ningún otro, pero lo que lo hace aún más extraordinario es cómo suena: la entonación impasible de Bowie parece a punto de desmoronar la ya compleja melodía. Y debajo, voces de fondo fantasmales, posiblemente repitiendo a Major Tom; es difícil saberlo con certeza. La melancolía casi cómica del estribillo, enmascarada, por supuesto, en una inquietante rima infantil, da justo en el clavo, y uno no puede evitar pensar en Major Tom, flotando en una lata, y en la imagen especular de Bowie, pesando seis stone (aproximadamente 38 kg), viviendo a base de cocaína y leche y coqueteando con lo oculto, como lo hacía a mediados de los 70, cuando Space Oddity estaba en la cima de las listas de éxitos. La cosa se pone aún más rara en la segunda estrofa, donde el escalofriante falsete de Bowie revela que Major Tom no puede vencer su adicción. «Pero las ruedecitas verdes me siguen / Oh no, otra vez no»: qué manera tan ridícula y sublime de describir la drogadicción. En el siguiente puente, el "valioso amigo" de Bowie se escucha más fuerte, y es evidente que simplemente se está repitiendo, incluso con el inexpresivo "Woh-o-woh". Se me acaba de ocurrir que "de repente" podría interpretarse literalmente: que el Mayor Tom, desde que cambió el cielo azul de la Tierra por las estrellas, se ha contentado con vivir como un drogadicto y, en esencia, no ha hecho nada desde que "realmente alcanzó el éxito". Alguien señaló una vez que "Wanna come down right now" simboliza la necesidad de Bowie de volver a una vida sana, pero también indica su rumbo en los 80 como una superestrella del pop relativamente abstemia. Sea intencional o no, es una observación muy acertada. A medida que Ashes to Ashes se sumerge en un cántico infantil y malévolo en su final, y la ya asombrosa producción irrumpe en sintetizadores fantasmales, uno puede imaginarse la nave del Mayor Tom coqueteando aún más lejos en los confines del espacio, o aterrizando de nuevo en tierra natal, con un hombre destrozado por dentro, pero ¿uno que puede ser salvado?


jueves, 2 de abril de 2026

1918.- All I Do - Stevie Wonder

 

All I Do, Stevie Wonder


     En 1980, cuando Stevie Wonder publica Hotter Than July, el mundo del soul y el R&B vive un momento extraño, pues la era disco se apaga lentamente, el funk se vuelve más eléctrico y la radio empieza a llenarse de sintetizadores que anuncian una década nueva. En medio de ese paisaje cambiante, Wonder se sacó de la manga un disco con el que pretendí recordarnos que él lleva años marcando el paso. Grabado en Wonderland Studios, su propio santuario creativo, el disco tiene ese punto exacto donde la tecnología emergente se mezcla con la calidez humana de un músico que entiende el estudio como una extensión de su cuerpo. Hotter Than July es un álbum luminoso. Tiene el brillo del vinilo recién estrenado y la textura de una producción cuidada al detalle, capturada con el sistema digital PCM de Sony, que en aquel momento era poco menos que ciencia ficción. Escuchando el disco, tengo la sensación de que Stevie ha vuelto a casa, con canciones directas, ritmos redondos y melodías que se deslizan sin esfuerzo. Y entre ellas, agazapada, pero imposible de ignorar, se encuentra All I Do, una pieza que parece escrita para recordarnos que el soul también puede ser un susurro.

La historia del tema es un pequeño tesoro para los amantes de la Motown clásica. Stevie la compuso en los sesenta junto a Clarence Paul y Morris Broadnax, dos artesanos del famoso Sonido de Detroit. Tammi Terrell la grabó en 1966, pero la versión quedó archivada, como tantas joyas que la maquinaria del sello dejó dormir en cajones polvorientos. Quince años después, Wonder la rescata, la pule, la viste con un traje nuevo y la coloca en un álbum que respiraba modernidad, pero sin renunciar a sus raíces. La canción se mueve con la elegancia de un coche antiguo deslizándose por una avenida al atardecer. Los coros, interpretados por el mismísimo Michael Jackson, Eddie Levert, Walter Williams y Betty Wright, acompañan el suave ritmo de la canción y le dan otra dimensión, creando un ambiente íntimo donde la voz de Stevie puede moverse con total libertad. La presencia de Michael Jackson en los coros, justo en el momento en que Off the Wall lo estaba empujando hacia una nueva galaxia, estaba matemáticamene calculada. Escuchar su voz mezclada con la de Stevie es como ver dos épocas del pop negro estadounidense estrecharse la mano: la Motown que fue y el futuro que estaba a punto de explotar.

miércoles, 1 de abril de 2026

1917.- Santa Lucia - Miguel Rios

Tiempo para una de las columnas vertebrales del rock en español, Miguel Ríos es el "viejo rockero" que nunca muere, un artista que supo transformar la rebeldía de un género importado en un sentimiento nacional. Nacido en Granada en 1944, Miguel Ríos Campaña comenzó su carrera bajo el nombre de "Mike Ríos, el Rey del Twist", pero pronto abandonó los anglicismos para encontrar su propia voz, su importancia en la música española no radica solo en su voz potente y rasgada, sino en su capacidad para profesionalizar el rock en un país que, en los años 60 y 70, todavía miraba con recelo las guitarras eléctricas. Ríos fue un visionario, uno de los primeros en entender que el rock no era solo música, sino un espectáculo de masas. Su hito más recordado es el monumental Rock & Ríos (1982), pero su camino hacia la cima estuvo pavimentado con riesgos artísticos constantes. Desde el éxito mundial del "Himno a la Alegría" en 1970 ,que llegó al número uno en las listas de Billboard, hasta su etapa más madura y comprometida, Miguel ha sido un nexo de unión entre generaciones. Lo que lo hace especial es su autenticidad, a diferencia de otros artistas que se acomodaron en el pop ligero, Ríos siempre mantuvo un compromiso con la calidad técnica y lírica,ha sabido rodearse de los mejores músicos y compositores, convirtiéndose en un embajador de la cultura española en toda Iberoamérica, un artesano del directo que ha dedicado más de sesenta años a demostrar que el rock es una actitud ante la vida, basada en la libertad y la pasión.


En 1980, Miguel Ríos publicó "Rocanrol Búmerang", un disco que marcó un antes y un después en su trayectoria comercial y artística, tras una década de los 70 donde experimentó con el rock progresivo y sinfónico (en álbumes como La huerta atómica), Miguel decidió regresar a las raíces del rock and roll y el blues, pero con una producción moderna y pulida. El álbum fue grabado en Madrid y Londres, buscando ese sonido internacional que Miguel siempre anhelaba, el resultado fue un éxito rotundo, alcanzando el Disco de Oro y consolidándolo como la figura más importante del rock nacional en la transición democrática española. El título del disco es una declaración de intenciones: el rock siempre vuelve, como un búmerang. Además de contener "Santa Lucía", de la que hablaremos a continuación, el disco incluye joyas como el tema homónimo "Rocanrol Búmerang" o "Nueva ola", demostrando una versatilidad que iba desde el ritmo frenético hasta la balada más emocional. Este álbum preparó el terreno para la explosión definitiva de los estadios en los años ochenta.


Pero la joya es Santa Lucía, que no es solo una canción, es un himno generacional y, posiblemente, la balada más perfecta del rock español, aunque muchos asocian la autoría a Miguel Ríos, la realidad es que fue compuesta por el músico argentino Roque Narvaja, pero Miguel, con su olfato clínico para las grandes historias, supo ver el potencial de esta composición y la hizo suya para siempre. La letra de "Santa Lucía" destaca por su sencillez poética. Narra la historia de un hombre enamorado de una mujer a la que solo conoce por teléfono y por las cartas que ella le envía. Es una oda al amor platónico y a la idealización, en una era previa a las redes sociales, la canción capturaba esa magia del misterio, donde la voz y la palabra escrita eran los únicos puentes entre dos almas. El nombre "Santa Lucía" actúa como un símbolo: la santa de la vista, que en este caso parece "devolverle la visión" emocional al protagonista, aunque nunca se hayan visto cara a cara. Lo que eleva a "Santa Lucía" por encima de otras baladas de la época es su impecable arreglo, comienza con una línea de piano delicada que establece un tono íntimo y melancólico y a medida que avanza, la canción se va "vistiendo" con una instrumentación más robusta, donde la batería entra con elegancia y los coros le dan una profundidad casi espiritual. La interpretación de Miguel Ríos es magistral. Comienza casi en un susurro, con una vulnerabilidad que rompe con su imagen de "duro" del rock, para culminar en un estribillo épico donde su potencia vocal brilla sin esfuerzo, una lección de cómo manejar la dinámica emocional en una grabación de estudio. Se convirtió instantáneamente en un éxito número uno, su impacto fue tan grande que trascendió el género del rock para instalarse en el cancionero popular español.

martes, 31 de marzo de 2026

1916.- Jersey Girl - Tom Waits


Tom Waits es mucho más que un músico, es un personaje de realismo sucio que parece haber escapado de una novela de Raymond Carver o Charles Bukowski, tiene una voz que ha sido descrita como si estuviera sumergida en un vaso de bourbon, ahumada durante meses y luego atropellada por un tranvía, y con esos ingredientes, Waits ha construido una carrera única dividida, a grandes rasgos, en dos etapas. En sus inicios en los años 70, Waits encarnó al "beatnik" trasnochado, un pianista de jazz de clubes de mala muerte que cantaba sobre perdedores, borrachos y amores rotos bajo la luz de neón. Con el tiempo, y gracias en gran medida a la influencia de su esposa y colaboradora Kathleen Brennan, su estilo evolucionó hacia algo mucho más experimental, incorporando percusiones industriales, sonidos de vanguardia y una instrumentación casi circense. Pero lo que hace a Waits especial es su capacidad para encontrar la belleza en lo grotesco, sus letras son alta literatura: retrata a la clase trabajadora, los marginados y los soñadores con una empatía cruda pero profundamente tierna, ha influido en incontables artistas, desde Bruce Springsteen hasta Nick Cave, manteniéndose siempre fiel a su estética de "chatarrero de canciones", un actor consumado, un narrador de historias y un arquitecto del sonido que ha logrado convertir el ruido en una de las discografías más coherentes y aclamadas de la historia del rock.


Lanzado en septiembre de 1980, Heartattack and Vine es un álbum de transición fundamental, representa el último suspiro de su etapa con el sello Asylum Records y el cierre de su sonido más "bluesy" antes de dar el salto al caos creativo de Swordfishtrombones, el disco es pantanoso, oscuro y rudo. En él, Waits explora un R&B sucio y un blues eléctrico que araña los oídos, la canción que da título al álbum es un despliegue de cinismo y realidad urbana, pero el disco equilibra esa agresividad con baladas de una delicadeza abrumadora. Es un trabajo que suena a una ciudad que nunca duerme, pero que tiene una resaca permanente. Heartattack and Vine consolidó su reputación como un autor capaz de pasar de un gruñido amenazante a un susurro vulnerable en cuestión de segundos, dejando claro que, tras la fachada del tipo duro de bar, latía un corazón de romántico incurable. Jersey Girl es, probablemente, la canción más dulce y directa en el catálogo de Tom Waits, en un repertorio lleno de historias de crímenes y desesperación, este tema destaca como un himno al amor sencillo y redentor, escrita para su entonces futura esposa, Kathleen Brennan (quien era de Nueva Jersey), la canción rompe con la imagen de Waits como el eterno habitante de los bajos fondos de Los Ángeles, aqui el narrador está ansioso por dejar atrás la ciudad, las luces brillantes y el bullicio para cruzar el puente hacia el estado vecino y encontrarse con su chica. La letra es una oda a la anticipación romántica, detalles como "ponerse la camisa de seda" o "cepillarse el pelo" humanizan al personaje de Waits, mostrándolo como un hombre que se prepara con ilusión para una cita. El estribillo, con su inolvidable "Sha la la la la la la", evoca la nostalgia de los grupos vocales de los años 50 y 60 (el Doo-wop), otorgándole a la pieza una atmósfera de inocencia clásica. Musicalmente es pausada, con un ritmo que parece el balanceo de un coche cruzando el puente George Washington. Su voz aquí no raspa tanto; suena cansada pero feliz, como alguien que finalmente ha encontrado un puerto seguro. Curiosamente, la canción alcanzó una dimensión masiva gracias a Bruce Springsteen, el hijo predilecto de Nueva Jersey, comenzó a versionarla en vivo poco después de su lanzamiento, convirtiéndola en un pilar de sus conciertos. Springsteen le inyectó una energía de estadio, pero la esencia —esa vulnerabilidad del hombre que solo quiere estar con su mujer— permaneció intacta.


lunes, 30 de marzo de 2026

1915.- Master Blaster (Jammin') - Stevie Wonder

 


"Master Blaster (Jammin')" es uno de los temas clásicos más conocidos de Stevie Wonder, con la particularidad de que, al entrar en la década de los ochenta, el músico estadounidense se abrió a nuevos estilos en canciones como esta. Lanzada como el sencillo principal de su decimonoveno álbum de estudio, "Hotter than July (1980)", se caracteriza por su intenso ritmo reggae, en un claro homenaje a Bob Marley, máxima figura del género, que había sido telonero de Stevie Wonder en su gira por Estados Unidos de ese año, y gracias a eso había compartido escenario en algunas ocasiones durante la gira.

Los signos de esa inspiración y homenaje están por toda la canción, como la inclusión de la palabra "Jammin'" entre paréntesis en el título, en referencia a la canción "Jamming", incluida en el álbum "Exodus" (1977) de Bob Marley, o la mención al legendario músico jamaicano en la letra de la canción: "Marley's Hot on the box". 

"Master Blaster (Jammin')" fue un gran éxito comercial en Estados Unidos, pasando siete semanas en el primer puesto de la lista de sencillos de R&B y el quinto puesto de la lista de sencillos pop del Billboard estadounidense en el otoño de 1980. En Europa también saboreó las mieles del éxito en el Reino Unido, donde alcanzó el segundo puesto de la lista de singles, y llegó hasta el primer puesto de las listas de ventas de Nueva Zelanda.

domingo, 29 de marzo de 2026

1914.- Scary Monsters (and Super Creeps) - David Bowie

 


Tras una serie de tres discos publicada entre 1977 y 1979 conocida como la "Trilogía Berlinesa", en los que experimentó con sonidos más europeos y vanguardistas que en discos anteriores, pero que no supusieron un gran éxito comercial, David Bowie enfocó su nuevo disco "Scary Monsters (and Super Creeps)" (1980) hacia terrenos más comerciales. Afortunadamente, el foco en la comercialidad y las ventas no hizo que las canciones del disco desmerecieran en calidad a las entregas anteriores, ni que perdieran su buena dosis del art rock, new wave y post punk de los temas más característicos del Bowie de finales de los setenta. Por ese motivo, el disco "Scary Monsters (and Super Creeps)" se consideró durante muchos años como el último de sus grandes discos antes de que, en uno de sus interminables giros estilísticos, abrazara durante los ochenta sonidos aún más comerciales y bailables.

La canción que dio título al disco, y que saldría publicada como tercer single promocional tras "Ashes to Ashes" y "Fashion", destaca notablemente por el apocalíptico sonido de la guitarra eléctrica de Robert Fripp y una energizante percusión sintetizada. David Bowie interpreta la parte vocal con maestría y forzando su acento cockney, casi relatando más que cantando una historia sobre el descenso de una mujer a los infiernos del trastorno mental ("Cuando miré en sus ojos eran azules pero no había nadie en casa...). Buena parte de la letra fue escrita por David Bowie en 1975, para una posible canción que en ese momento llevó el título de "Running Scared", inspirada en un anuncio de los cereales Kellogg's, que ofrecía con los cereales una serie de juguetes de "monstruos aterradores y superhéroes" ("Scary Monsters and Super Heroes").

Aquel esbozo de canción no había encontrado su sitio y su momento en ninguno de los tres discos de la trilogía berlinesa, pero la versión final de la canción que acabó dando título a "Scary Monsters (and Super Creeps)" es el mejor ejemplo de lo que David Bowie quería conseguir con el disco, pues la guitarra de Robert Fripp crea una atmósfera que tiene el indudable sabor sonoro de sus obras más arriesgadas, y una letra claustrofóbica e impactante, pero al mismo tiempo, está dotada de una accesibilidad mucho mayor y de un estribillo más reconocible para el gran público y las actuaciones en grandes estadios. Consecuentemente, el single alcanzó un meritorio puesto 20 en las listas de ventas del Reino Unido, aunque no llegó a las cotas de popularidad de los anteriores singles del álbum.

sábado, 28 de marzo de 2026

1913 - Celebración - Kool & the Gang


Celebración - Kool & the Gang 

Pocas canciones logran capturar la alegría colectiva de una época como lo hace Celebration, uno de los mayores éxitos de Kool & the Gang. Lanzada en 1980 como parte del álbum Celebrate!, esta canción no solo dominó las listas —alcanzando el número 1 en el Billboard Hot 100— sino que se convirtió en un himno universal de fiesta, alegría y unión, trascendiendo generaciones y contextos culturales.

El éxito de Celebration marcó un punto clave en la evolución de la banda, que venía de una etapa más centrada en el funk instrumental y el jazz. Con la incorporación de un enfoque más orientado al pop y al R&B bailable, Kool & the Gang logró ampliar su audiencia de forma masiva. Este cambio de sonido, impulsado en parte por la producción más pulida y accesible, les permitió consolidarse como uno de los grupos más populares de la década de los 80.

Musicalmente, la canción es un ejemplo perfecto de cómo construir un tema festivo sin caer en la simplicidad excesiva. Desde sus primeros compases, el groove es contagioso: una base rítmica sólida, líneas de bajo dinámicas y una sección de vientos brillante que aporta energía y color. Todo está diseñado para invitar al movimiento, pero con una precisión que demuestra la experiencia musical del grupo.

El estribillo —“Celebrate good times, come on!”— es, sin duda, uno de los más reconocibles de la historia del pop. Su repetición y su carácter inclusivo convierten a la canción en un llamado directo a la celebración colectiva. No importa el idioma ni el contexto: el mensaje es inmediato y universal. Es precisamente esta simplicidad efectiva lo que ha permitido que el tema se mantenga vigente en bodas, eventos deportivos, fiestas y celebraciones de todo tipo durante más de cuatro décadas.

En cuanto a la letra, Celebration no busca profundidad filosófica, sino conexión emocional inmediata. Habla de reunirse, compartir buenos momentos y dejar de lado las preocupaciones, algo que resuena especialmente en tiempos donde la música cumple una función social clara: unir a las personas. Esa intención se percibe genuina, lejos de cualquier artificio, y es clave en su éxito duradero.

Además de su impacto en listas, la canción se ha convertido en un fenómeno cultural. Ha sido utilizada en innumerables películas, anuncios y eventos públicos, reforzando su estatus como banda sonora de la felicidad colectiva. Pocas canciones pueden presumir de una identidad tan clara y una función tan definida en la cultura popular.

Celebration no es solo un éxito comercial: es una experiencia compartida. Kool & the Gang lograron crear algo más que una canción; crearon un momento. Y en ese momento, que se repite cada vez que suena, sigue viva la esencia más pura de la música: celebrar la vida.

Daniel 
Instagram storyboy 

viernes, 27 de marzo de 2026

Disco de la semana 475: Fool For The City - Foghat

 

Fool For The City, Foghat


     A mediados de los años 70 el rock británico buscaba nuevas formas de rugir sin perder la esencia del blues eléctrico que lo había alimentado desde los 60. Para entonces Foghat ya llevaba un tiempo circulando por la autopista del boogie con la determinación de una locomotora. No eran una banda de postureo ni de discursos grandilocuentes, eran músicos de carretera, curtidos en escenarios pequeños, en giras interminables y en esa mezcla de sudor, amplificadores calientes y cerveza tibia que define al rock más honesto. Pero fue en 1975 cuando todo encajó. Ese año publicaron Fool for the City, el disco que los catapultó definitivamente al estrellato americano y que, con el tiempo, se convertiría en su obra más emblemática.

El 15 de septiembre de 1975, Foghat lanzaba su quinto álbum de estudio bajo el sello Bearsville Records. El disco fue producido por Nick Jameson, músico estadounidense que no solo se encargó de la mesa de mezclas, sino que también asumió el bajo tras la marcha del miembro fundador Tony Stevens. Aquella salida, lejos de desestabilizar al grupo, abrió una nueva etapa creativa. Jameson aportó una visión más pulida y moderna, sin restar un ápice de crudeza al sonido característico de Foghat. El resultado fue un álbum que combinaba la energía callejera del boogie británico con una producción robusta, perfecta para las radios FM que dominaban la cultura musical estadounidense de la época, lo que les hizo entrar como un tiro en dichas emisoras.

La portada del disco se convirtió en un icono por derecho propio. Roger Earl, el baterista, sentado en una caja mientras pesca en una alcantarilla en East 11th Street, Nueva York. Una imagen tan absurda como entrañable, que capturaba el espíritu de Foghat, humor, irreverencia y una actitud despreocupada ante la vida. Era una banda de contrastes, pues aunque no se tomara demasiado en serio a sí misma, sí se tomaban muy en serio la música. Fool for the City fue el primer álbum de Foghat en alcanzar disco de platino, y no es difícil entender por qué. Desde el primer riff hasta el último redoble, el disco es una celebración del rock directo, sin artificios, construido sobre la base de guitarras afiladas, ritmos sólidos y una voz, la de Dave Peverett, que era capaz de transmitir carisma.



El álbum abre con el tema que le da título, Fool For The City, toda una declaración de intenciones. El riff inicial es simple pero engancha, y Peverett canta con ese tono entre socarrón y desafiante que siempre lo caracterizó, como si estuviera contando una historia en la barra de un bar. La letra habla de escapismo urbano, de la necesidad de perderse en la ciudad para encontrarse a uno mismo. Foghat nunca fue una banda de metáforas complejas: aquí todo es sudor, ritmo y ganas de vivir deprisa. La producción de Jameson brilla especialmente en este tema, con un sonido limpio que realza cada instrumento. 
My Babe es un blues-rock. El grupo siempre tuvo un don especial para reinterpretar el blues sin caer en la imitación. Aquí suenan compactos, casi como si estuvieran tocando en un garito lleno de humo. La guitarra de Rod Price, apodado “The Slide King”, desliza notas con una elegancia feroz, demostrando por qué era uno de los guitarristas más respetados del género. Y aquí llega el plato fuerte, Slow Ride. La versión original supera los ocho minutos, pero con los años se han editado hasta cuatro versiones más, desde los casi cuatro minutos hasta los diez y pico. Todas funcionan, pero la larga es la que captura la esencia del grupo: un viaje lento, sensual, construido sobre un groove hipnótico que te envuelve poco a poco. El tema está acreditado a Dave Peverett, y tanto la letra como el tempo simulan el acto de hacer el amor. Empieza suave, se mantiene en un vaivén constante y, hacia el final, los riffs se aceleran hasta culminar en un estallido eléctrico. Foghat convirtió el boogie en erotismo sonoro, y lo hizo sin caer en lo vulgar. Es pura energía, pura química musical. La historia de su creación es casi tan buena como la canción. Según el baterista Roger Earl, el tema nació de una jam con el recién incorporado Jameson. Este llevaba siempre un reproductor de casetes y grababa todo lo que tocaban. En una de esas sesiones captó una línea de bajo y algunos fragmentos sueltos. Luego recortó y pegó el material hasta darle forma. Peverett escuchó aquello y dijo: “Tengo letra para eso”. Y así, de una improvisación casi accidental, surgió este himno del rock setentero.

La cara B abre con Terraplane Blues, donde la banda rinde homenaje a Robert Johnson con una versión electrificada que respeta el espíritu del original. La guitarra slide de Price brilla con luz propia, y la banda suena como una locomotora en marcha. Estamos ante una reinterpretación musculosa y llena de vida, que demuestra el profundo respeto del grupo por las raíces del blues. Save Your Loving (For Me) es un medio tiempo con aroma a carretera nocturna. Aquí la banda demuestra que también sabe bajar revoluciones sin perder intensidad. La voz de Peverett suena más cálida, más íntima, mientras la guitarra envuelve la canción. Drive Me Home es un boogie acelerado, perfecto para conducir con las ventanillas bajadas. Tema directo, contagioso y lleno de energía. La batería de Earl marca un ritmo imparable, mientras Price y Peverett se reparten riffs y con una gran complicidad. Take It or Leave It cierra el álbum. Tiene una aire más melódico. No es el corte más conocido del disco, pero es el cierre perfecto. El grupo cierra el disco con la misma honestidad con la que lo empezó, sin pretensiones, solo rock bien hecho.

Fool for the City además de ser el disco más exitoso de Foghat, es el álbum donde la banda encontró su identidad definitiva. Un trabajo que captura la esencia del rock de carretera, del sudor en los clubs, de la libertad que solo da un riff bien tocado. Es sencillamente música honesta y directa hecha por músicos que amaban lo que hacían. No reinventaron nada, ni lo pretendieron, simplemente hiceron girar la rueda musical más rápido, más fuerte y con más estilo.

1912 - Guilty - Barbra Streisand


Guilty - Barbra Streisand

Hablar de Guilty es referirse a uno de los momentos más brillantes en la carrera de Barbra Streisand, una artista que ya había conquistado el cine y la música, pero que en 1980 encontró una nueva dimensión sonora gracias a su colaboración con Barry Gibb, líder de los Bee Gees. La canción da nombre al álbum Guilty, un proyecto que no solo fue un éxito rotundo, sino también uno de los discos más vendidos de toda su carrera.

Aunque el gran hit del álbum fue el dueto “Woman in Love”, Guilty como canción —interpretada junto a Barry Gibb— también logró una destacada presencia en las listas, especialmente en Estados Unidos, donde alcanzó el Top 5 del Billboard Hot 100. El tema consolidó la química entre ambos artistas y reafirmó la capacidad de Barbra Streisand para adaptarse a los sonidos dominantes de la época, en este caso, el soft rock con tintes disco que definía el estilo de los Bee Gees en su etapa post-Saturday Night Fever.

Desde el punto de vista musical, Guilty es una pieza elegante y envolvente. Construida sobre una base rítmica suave pero constante, la canción se apoya en arreglos de cuerdas sutiles, guitarras limpias y un ritmo que fluye con naturalidad. La producción de Barry Gibb aporta ese sello característico: melodías pegadizas, armonías vocales cuidadosamente trabajadas y un sonido pulido que equilibra perfectamente lo comercial con lo sofisticado.

Sin embargo, lo que realmente eleva la canción es la interacción vocal entre Barbra Streisand y Gibb. Sus voces, aunque muy distintas, se complementan de forma sorprendente: la potencia y claridad de Barbra Streisand contrastan con el tono más ligero y melódico de Barry, creando una dinámica que aporta emoción y profundidad al tema. El resultado es un dueto que transmite complicidad y una sensación íntima que conecta fácilmente con el oyente.

En cuanto a la letra, Guilty aborda el amor desde una perspectiva apasionada pero también vulnerable. La idea de sentirse “culpable” por amar intensamente se presenta casi como una declaración de entrega total, donde las emociones superan cualquier juicio externo. No hay ironía ni distancia: la canción se sumerge de lleno en el romanticismo, algo que podría parecer arriesgado, pero que aquí funciona gracias a la sinceridad de la interpretación.

Más allá de su desempeño en listas, Guilty dejó una huella importante en la carrera de Barbra Streisand, marcando una de sus etapas más comerciales sin sacrificar calidad artística. El álbum ganó premios y vendió millones de copias en todo el mundo, consolidando esta colaboración como una de las más exitosas de la época.

Guilty es una canción que combina elegancia, emoción y un innegable atractivo pop. No solo es un reflejo del talento de Barbra Streisand, sino también una muestra de cómo una colaboración bien lograda puede dar lugar a un clásico atemporal dentro de la música popular.

Daniel 
Instagram storyboy 

jueves, 26 de marzo de 2026

1911.- It's No Game (Pt. 1) - David Bowie

 

It's No Game (Pt. 1), David Bowie


     David Bowie llevaba encima el peso de una década, cuando entró en los estudios The Power Station de Nueva York a principios de 1980,  que había cambiado la música para siempre. Una década que él mismo había ayudado a moldear. La Trilogía de Berlín había sido un viaje hacia la abstracción, la electrónica y la introspección, pero también lo había dejado en un punto extraño: respetado, sí, pero con la sensación de que el público esperaba un nuevo giro. Y Bowie decidió que era el momento de afilar los colmillos. Scary Monsters (and Super Creeps) nació de esa necesidad de cerrar una etapa y abrir otra. Tony Visconti, su cómplice habitual, lo describió como un disco más “consciente”, más trabajado que los anteriores. No había improvisación berlinesa ni atmósferas nebulosas, aquí todo estaba medido, pero sin perder la electricidad. La banda base (Alomar, Murray y Davis) sonaban un motor perfectamente engrasado, y sobre ellos Bowie colocó a dos guitarristas que marcarían el tono del álbum: Chuck Hammer, con sus guitarras sintetizadas futuristas, y Robert Fripp, que entró al estudio como un vendaval dispuesto a dejar su sello en cada canción. El resultado fue un sonido que parecía anunciar los años 80 antes de que estos empezaran realmente: moderno, tenso y lleno de aristas.

Bowie decidió abrir el disco con It’s No Game (Pt. 1). La primera voz que escuchamos ni siquiera es la suya, sino la de Michi Hirota, actriz japonesa que recita una traducción de la letra con una calma inquietante. Es como si alguien estuviera leyendo un manifiesto en un idioma ajeno, mientras al fondo se encienden máquinas y se afilan cuchillosEntonces entra Bowie gritando como si estuviera exorcizando algo que llevaba demasiado tiempo dentro. Su interpretación es una de las más viscerales de toda su carrera, su voz se quiebra, se tensa y se vuelve casi animal. Es un contraste brutal con la serenidad de Hirota. La guitarra de Robert Fripp es otro protagonista absoluto. Bowie le pidió que imaginara un duelo consigo mismo, y Fripp respondió con riffs que parecen cuchilladas: disonantes, afiladas, impredecibles. Bowie llegaba dispuesto a incendiar la nueva década.

La letra es un lamento furioso sobre la frustración social, la impotencia ante un sistema que se repite y la sensación de que nada cambia aunque lo intentemos. Bowie había coqueteado con la crítica social antes, pero aquí lo hace desde un lugar más emocional que político. Una de las curiosidades es que la canción tiene raíces en un tema que Bowie compuso en su adolescencia, Tired of My Life. Aquella pieza juvenil, casi un desahogo íntimo, se transformó décadas después en un estallido adulto de rabia y lucidez. Bowie reciclaba ideas antiguas no por falta de inspiración, sino porque sabía que algunas semillas necesitaban tiempo para florecer. La estructura del disco convierte a It’s No Game (Pt. 1) en algo más que una canción: es la primera mitad de un espejo. La Parte 2, que cierra el álbum, es su reverso resignado, casi derrotado. Si la primera parte es el grito, la segunda es el susurro después del agotamiento. Entre ambas se despliega todo el viaje emocional de Scary Monsters.

miércoles, 25 de marzo de 2026

1910 - Because You're Young - David Bowie


Because You're Young - David Bowie

Hablar de Because You're Young es adentrarse en una de esas joyas menos evidentes dentro del vasto universo creativo de David Bowie. Incluida en el álbum Scary Monsters (and Super Creeps) de 1980, la canción no fue un single principal ni un éxito comercial masivo, pero representa perfectamente una etapa clave en la carrera del artista: el momento en que David Bowie consolida su reinvención tras la trilogía berlinesa y reafirma su capacidad de conectar con nuevas generaciones.

Aunque no alcanzó los primeros puestos de las listas como otros temas del disco —como “Ashes to Ashes”—, Because You're Young contribuyó al éxito global del álbum, que fue un triunfo tanto crítico como comercial. Scary Monsters llegó al número 1 en el Reino Unido y es considerado uno de los trabajos más influyentes de David Bowie, marcando el cierre de una década experimental y el inicio de su transición hacia el sonido más accesible de los años 80. En ese contexto, esta canción funciona como una pieza emocional que equilibra la intensidad sonora del disco.

Musicalmente, la canción combina guitarras angulares, muy en la línea del post-punk emergente de la época, con una estructura melódica accesible y un estribillo que se queda fácilmente en la memoria. La producción, a cargo del propio David Bowie junto a Tony Visconti, mantiene ese equilibrio entre crudeza y sofisticación que define el álbum. La guitarra de Robert Fripp, colaborador habitual en esta etapa, aporta tensión y carácter, mientras que la base rítmica sostiene una energía constante pero contenida.

En cuanto a la letra, Because You're Young ofrece una reflexión agridulce sobre la juventud, la ingenuidad y las decisiones que marcan el paso a la adultez. David Bowie adopta un tono casi paternal, como si hablara directamente a alguien que está atravesando ese momento de cambio vital. Hay una mezcla de advertencia y comprensión: la juventud se presenta como una etapa llena de potencial, pero también de errores inevitables. Esta dualidad es uno de los grandes aciertos de la canción, ya que evita caer en clichés y logra transmitir una emoción genuina.

Lo interesante es cómo David Bowie logra que este mensaje trascienda generaciones. Aunque fue escrita en 1980, la canción sigue resonando hoy porque aborda una experiencia universal: el vértigo de crecer y enfrentarse al mundo. No es una canción grandilocuente ni pretende ser un himno, pero precisamente en esa contención encuentra su fuerza.

Because You're Young no es uno de los mayores éxitos comerciales de Bowie, pero sí una pieza fundamental para entender su evolución artística. Es una canción que demuestra su capacidad para capturar emociones complejas con elegancia y profundidad, reafirmando por qué sigue siendo una figura clave en la historia de la música.

Daniel 
Instagram storyboy 

martes, 24 de marzo de 2026

1909.- Pongamos que hablo de Madrid - Joaquín Sabina


En 1980 Joaquín Sabina estaba intentando forjarse una carrera como cantautor en la España de la transición, tras un período en el que estuvo viviendo en Londres, y de la publicación de un prescindible primer disco ("Inventario", 1978) que no apuntaba ningún destello de lo que después sería una brillante carrera musical. Sin embargo, en su segundo intento ("Malas Compañías", 1980) ya encontramos algunas de sus mejores canciones ("Qué demasiao", "Pasándolo bien") y dos piezas excelsas que se convertirían en auténticos himnos ("Calle Melancolía" y "Pongamos que hablo de Madrid").

Pongamos que hablo de Madrid, con letra de Sabina y melodía de Antonio Sánchez, retrata un Madrid costumbrista y cotidiano, cosmopolita y acelerado, con un punto triste y sórdido en la descripción de los personajes y las situaciones cotidianas que albergaba en los albores de los años ochenta. El Sabina recién llegado parece no encontrar salida en un micro mundo en el que "las niñas ya no quieren ser princesas, y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra", un escenario oscuro y apocalíptico en el que "la muerte pasa en ambulancias blancas" y hay jeringuillas en los lavabos de los bares.

La carrera de Sabina comenzó a despegar con canciones como "Pongamos que hablo de Madrid", y el Sabina emigrante fue enamorándose poco a poco de la vida bohemia y colorida que encontró detrás de la ciudad oscura que le había recibido en un primer momento, y en la versión en directo del disco "Sabina y Viceversa" (1986) cambió los últimos versos de la canción para rendirse definitivamente a una ciudad que le había terminado calando hasta los huesos, convirtiendo el lúgubre y descarnado "Cuando la muerte venga a visitarme, que me lleven al sur dónde nací. Aquí no queda sitio para nadie..." en un sentido "Cuando la muerte venga a visitarme, no me despiertes, déjame dormir. Aquí he vivido, aquí quiero quedarme... Pongamos que hablo de Madrid".

lunes, 23 de marzo de 2026

1908.- Me quedo contigo - Los Chunguitos

 


“Me quedo contigo” es uno de los temas más emblemáticos de Los Chunguitos, una pieza que trasciende épocas, géneros y generaciones. Publicada originalmente en 1980 dentro del álbum "Playa y Arena", la canción se aleja de la rumba festiva que caracterizaba buena parte de su repertorio y apuesta por un tono más íntimo y casi confesional.

En la canción de Los Chunguitos destaca en el conjunto la voz rugosa y llena de matices de Juan Salazar, capaz de transmitir vulnerabilidad y determinación al mismo tiempo. Esa combinación convierte cada estrofa en una súplica sincera, en una promesa que parece salir directamente del alma. Musicalmente, el acompañamiento es sencillo: una base suave, unos arreglos moderados y un ritmo que avanza sin prisa, dejando respirar cada frase y dejando que el foco recaiga por completo en la letra y en la emoción del intérprete.

Una de las claves del impacto duradero de “Me quedo contigo” es la universalidad de su mensaje de amor y entrega incondicional, que ha hecho que la canción haya tenido múltiples nuevas vidas en las versiones de artistas de varias generaciones posteriores, tan diversos como José Mercé, Manu Chao o Rosalía. El tema también ha tenido una presencia notable en el cine y la televisión, lo que ha contribuido a su condición de himno sentimental.

La Silueta: Un relato de música y muerte

 



"Empujado a un misterioso juego de música y muerte por las calles de la imaginaria ciudad de Babylon, el detective Norman Yuste deberá perseguir a un asesino en serie conocido como La Silueta, con la inesperada ayuda del dependiente de una vieja y solitaria tienda de discos. A través de la música, Norman irá acercándose cada vez más a la verdad oculta tras los asesinatos, y a los recuerdos de un pasado doloroso que durante años había mantenido enterrado."

Este es el argumento de "La Silueta", el primer libro que he escrito, tras muchos relatos cortos, reseñas y artículos, firmando como Nevermind en este blog. Como no podría ser de otra manera, la música es un "personaje" omnipresente a lo largo y ancho del libro, así que no hay lugar mejor que 7dias7notas para publicar de manera gratuita el primer capítulo del libro: "La nube negra". Ojalá no podáis dejar de leerlo, porque yo no pude parar de escribirlo.

LA NUBE NEGRA

Cientos de personas iban de un lado a otro, por el largo pasillo del centro comercial. Caminaban como autómatas desprovistos de su propia humanidad. Seres alienados por el poder de las marcas y la publicidad, consumiendo la basura incesante generada por la televisión y las redes sociales, al ritmo implacable del estridente hilo musical de la gran superficie, que no dejaba de escupir banales canciones fabricadas en serie. Así es como lo veía el Sr. Kite, mientras caminaba entre la gente, en aquel reducto estrafalario de lo que, para él, era una sociedad desquiciada y carente de toda conciencia.

No sabía, a ciencia cierta, cómo había acabado allí. Las últimas horas habían trascurrido en una negra nebulosa, en uno de sus ya habituales lapsos de memoria, y no recordaba bien el recorrido previo a su errático caminar actual. Antes de la “nube negra”, estaba seguro de que el director de su oficina le había llamado a su despacho y, tan fría como educadamente, le había comunicado el cese de la relación laboral. A sólo cinco años de la jubilación, la noticia le había caído encima como una losa, bajo la que ahora yacían los restos putrefactos de su carrera profesional, convirtiéndole en un desdichado zombi andante, una triste figura que deambulaba lastimosamente por el pasillo del centro comercial.

Al escuchar el frío y estudiado discurso del director, sintió en un primer momento cómo el aire le faltaba en los pulmones, y pensó que no sería capaz de mantener el control, derrumbándose allí mismo, en el flamante despacho en el que estaba siendo despedido. Pero no lo hizo. En lugar de eso, “aguantó el tipo con dignidad, y en el más completo de los silencios”, según las palabras del propio director, entrevistado por la policía sólo un día después, en el mismo despacho. “Escuchó resignado y con la mirada perdida, con una extraña expresión de vacío en el rostro. Cuando me levanté de mi asiento, él hizo lo propio, y sin mediar palabra alguna, se giró lentamente y salió del despacho. Y eso fue todo. Recogió sus pocas pertenencias y se marchó. No podíamos hacer otra cosa, cuando le daban esos episodios de ausencia era una persona inestable, diría que incluso incontrolable”.

La realidad no hablaba de dignidad, ni de resignación silenciosa, en la manera de tomarse el despido, sino simplemente de “ausencia”. El Sr. Kite no estaba ya realmente allí, en el momento posterior a que el director le anunciara su despido. Como mecanismo de defensa, y cual reflejo vaso-vagal que provoca un desmayo como medida de “desconexión” ante un estado límite, provocado por una infección y la consiguiente fiebre, el cerebro del Sr. Kite evitó la inminente crisis nerviosa concentrando todos los recursos mentales y sensoriales en un solo punto para, de alguna manera, distraer a su dueño de todos los demás estímulos disponibles, y poder así salvar aquella difícil situación sin agravarla. El punto crítico elegido, para tal fin, fue una grotesca mancha de grasa en la cara corbata del director, comprada (ironías del destino) precisamente en el centro comercial en el que ahora se encontraba el Sr. Kite. Tanto se concentró en aquella mancha, que no solo fue la última imagen que su frágil memoria guardó antes del vacío de la nube negra, sino que fue, además, la primera disponible en el momento de volver a la consciencia y observar a los cientos de personas de las que se encontraba rodeado. En ese momento, interrumpió su errante caminar y se detuvo delante del escaparate de una tienda de discos, presidido por un cartel enorme que decía “Liquidación total por cierre”, y pensó: “¿Qué más puede ir mal hoy?”. Entró en la tienda, y vagó por su interior como alma en pena, mirando con desgana los cd’s en las estanterías, y deteniéndose a continuación a mirar en uno de los cajones llenos de vinilos. Mientras rebuscaba, se topó con un vinilo que llamó su atención, y se detuvo a contemplar su portada. Era el disco “The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” en cuya portada David Bowie aparecía solo, en plena noche, junto a la entrada de un portal en un frío callejón londinense. Esbozó una leve y extraña sonrisa, al pensar que así era, realmente, como se sentía en esos momentos. Sólo y a la intemperie, perdido en la fría noche de un mundo que giraba en dirección contraria a la suya.

- ¿Puedo ayudarle en algo? - preguntó una bella y joven dependienta de largos cabellos rubios y ojos del color de la hierba en otoño, que tras el cierre que anunciaba el cartel del escaparate, se llevaría seguramente su belleza natural a alguna de esas franquicias de ropa para adolescentes. O quien sabe si, tras algunos pequeños retoques de interiorismo, la franquicia no acabaría estando en el mismo lugar en el que aquel establecimiento daba sus últimas bocanadas de aire, antes de pasar a mejor vida en el cielo de las tiendas de discos, un lugar cuya existencia aún estaba por demostrarse, al igual que la del resto de los prometidos paraísos con los que el hombre mundano sobrellevaba la angustia de su inevitable temporalidad.

- ¡Cinco años, me quedaban cinco años! – contestó el Sr. Kite.

- Perdone, ¿Qué ha dicho? – contestó ella, extrañada por la respuesta de aquel hombre.

- No, no puedes ayudarme, ya es demasiado tarde – le contestó el Sr. Kite, mientras daba vuelta al vinilo, observando en la contraportada a David Bowie dentro de una típica cabina londinense. ¿A quién estaría llamando en aquel momento? ¿Y a quién podría llamar él ahora, si no tenía a nadie a quién llamar y pedir consuelo? Eran solo preguntas al aire, y sin mucho sentido, que se hizo a sí mismo mientras la dependienta volvía sobre sus pasos, maldiciendo por tener que aguantar a otro pirado más, y conjurándose para resistir los pocos días que le quedaban en aquel empleo. Tenía muchas de sus esperanzas puestas en una entrevista que había hecho días atrás, para trabajar en “Fashion”, una franquicia de ropa y complementos para modernillos y adolescentes, y la ilusión por ese posible nuevo empleo le daba las fuerzas necesarias para sobrellevar la anodina travesía hacia el cierre definitivo de su empleo actual.

El Sr. Kite miró con desgana como la dependienta se alejaba por el estrecho pasillo de la tienda de discos, y devolvió con cuidado el vinilo a su sitio en el cajón. Resopló por un instante, a la altura del umbral de la salida de la tienda, como si necesitara renovar el aire de sus pulmones, antes de sumergirse de nuevo en las profundidades del pasillo central del centro comercial, dónde cientos de autómatas continuaban su incesante trasiego de una tienda a otra, y luego a otra y… ¿Por qué no otra más?

En el centro de aquel gran pasillo, varias personas esperaban la llegada de uno de los dos grandes ascensores a los que daba acceso esa zona, para dirigirse a las plantas superiores o al aparcamiento subterráneo. De camino hacia los ascensores, metió su mano derecha en el bolsillo lateral del abrigo, y se sorprendió al sentir el contacto con un frío metal, que encontró allí donde debería haber estado el teléfono móvil. No necesitó sacar el objeto del bolsillo para saber que se trataba de una pistola. ¿Cómo había llegado un arma hasta el bolsillo de su abrigo? Sobresaltado, sacó la mano y se tocó nerviosamente la cara, tapándose la boca y apretándose la nariz con los dedos índice y pulgar mientras el resto de los dedos acariciaban su descuidada barba de dos días. Con la mano izquierda, rebuscó en el otro bolsillo, y encontró el móvil que hubiera esperado encontrar en el primero, pero con la excitación producida por el descubrimiento del arma, había olvidado completamente lo que quería hacer con él, y pensó que, en cualquier caso, no habría nadie al otro lado de la línea para poder ayudarle. Bowie ya hacía tiempo que habría abandonado aquella cabina, y era la única persona con la que querría haber hablado en aquel momento, y a ser posible a cobro revertido. Siguió caminando, hacia la zona de acceso a los ascensores, en la que varias personas seguían esperando, mirando al suelo o a las pantallas de sus teléfonos móviles con una mano, mientras con la otra sujetaban bolsas de plástico con los logos de las tiendas en las que las habían llenado de, a su juicio, innecesarios artilugios y complementos, adquiridos a precios descaradamente inflados por las marcas corporativas y sus agresivas estrategias de marketing.

El ascensor destinado a las plantas inferiores llegó casi al momento en que el Sr. Kite pasó a formar parte de la fila de “los que esperaban”. Las puertas automáticas se abrieron, como un gran telón descorriéndose a ambos lados del escenario de una gran obra teatral, mostrando un decorado de planchas metalizadas de color rojizo y un gran panel de botones luminosos en el lado izquierdo, con los que elegir la próxima parada, o el destino final del viaje. El grupo de personas fue entrando ordenadamente en el ascensor, seguidos por el Sr. Kite, y generando entre todos un leve y curioso ruido plástico, producido con el roce de las bolsas de las compras con los bordes de la entrada al elevador. Mirando al cuadro de botones, el desorientado Sr. Kite llegó a la conclusión de que todo lo acontecido, hasta ese momento, había tenido lugar en la planta tercera, porque los botones de las plantas segunda, primera y aparcamiento estaban iluminados en azul, marcando las próximas paradas. Respiró hondo de nuevo, y pidió amablemente a la anciana que tenía al lado que se apartara, para pulsar el botón de su destino. Y ese destino estaba, en realidad, marcado en rojo en aquel panel eléctrico, con cuatro letras blancas que formaban la palabra “stop”. El ascensor se paró en seco, generando una breve sensación sísmica en el interior del habitáculo, con el epicentro del temblor situado bajo los pies de sus ocupantes. Las bolsas de plástico volvieron a chocar entre sí, repitiendo aquel leve pero molesto ruido.

- Pero… ¿Qué hace, hombre? – le espetó un tipo de unos treinta años, dueño de un engominado y a la vez milimétricamente despeinado corte de pelo, unos estratégica y concienzudamente rotos pantalones vaqueros, una camiseta de licra ajustada a sus exagerados y artificiales pectorales, y unos grandes tatuajes de dragones y mujeres desnudas que le cubrían totalmente la piel de ambos brazos. Casi sin pensarlo, la respuesta del Sr. Kite a la pregunta fue sacar el arma del bolsillo del abrigo y encañonar al recauchutado treintañero, que en un acto reflejo soltó sus bolsas y extendió las manos para protegerse y cubrirse el rostro, girando la cabeza hacia un lado mientras gritaba:

- ¡Mierda, tío, controla, no lo decía en serio!

La anciana, a su lado, dio un respingo y gritó asustada, y el resto de los ocupantes del ascensor hicieron lo mismo unas milésimas de segundo después, como un coro góspel acompañando fielmente a su cantante principal. Instintivamente, el coro se aplastó contra la esquina opuesta del ascensor, apretándose unos contra otros y cubriéndose el rostro con las manos, tapándose los ojos para no mirar, y a la vez seguir mirando, en lo que para el Sr. Kite fue un ejemplo más de la incongruencia del ser humano, que ve sólo lo que quiere ver y se engaña a veces no queriendo verlo.

- Para mí ya es tarde, pero aún tengo tiempo de acabar con esta mediocridad antes de irme – masculló el Sr. Kite. Calculó que tendría seis balas, porque en las películas de acción las pistolas siempre tienen esa capacidad. Contó seis personas en el ascensor además de él, así que pensó que tendría más que suficiente. Sacó el móvil del bolsillo izquierdo, sin dejar de apuntarles con el arma, ajeno a los gritos y súplicas de todos ellos. Ya no les oía, porque su cerebro estaba ya concentrado de nuevo en un solo punto de emergencia, y las voces de aquellos desdichados habían pasado a formar parte de la nube negra. Buscó una aplicación de reproducción de música, seleccionó una de las listas disponibles y pulsó en la primera canción. Un lejano ritmo de batería fue haciéndose cada vez más audible a través del altavoz del móvil, que reproducía la entrada in crescendo de “Five Years” de David Bowie, que a cada segundo sonó con más fuerza en el interior del ascensor.

- ¡Mediocridad! - gritó el Sr. Kite, mientras movía el arma de un lado a otro, apuntando a las cabezas de las personas mientras decidía por quién empezar - ¡Tú! – dijo señalando al hombre de la camiseta ajustada y los tatuajes - ¿Cuál es el título de esta canción?

- ¡Por favor, tranquilícese, guarde el arma y no haga una locura! – dijo el hombre, balbuceando. De repente, aquel “musculitos” de pelo engominado había dejado de tutearle.

- ¡Que me digas el título de esta canción! Seguro que te pasas el día escuchando esa mierda de reggaetón en el coche, y no tienes ni idea de lo que está sonando. Lo siento mucho, amigo, pero ésta es la oportunidad que te doy… ¡Jugamos a todo o nada! – le contestó airado, mientras le seguía apuntando con la pistola.

- Yo…Yo… ¡No lo sé…! – dijo el hombre, mientras cerraba los ojos, de los que brotaban ya las primeras lágrimas, a punto de precipitarse por sus mejillas. Sabía perfectamente que, en manos de aquel loco, esa respuesta no le conducía a un destino favorable, y no quería mirar al mensajero de la muerte que tenía frente a sus ojos.

El Sr. Kite apretó con fuerza la empuñadura del arma para afianzarla. El sudor en sus dedos y en la palma de su mano hacía que se le resbalara. Cerró también los ojos por un segundo, tras el cual apretó con fuerza el gatillo. El disparo resonó dentro del ascensor cerrado, y al instante los gritos histéricos de los ocupantes llenaron el reducido espacio y se clavaron como cuchillos en sus tímpanos. El cuerpo del treintañero cayó al suelo como un fardo, junto a las bolsas de plástico que había arrojado al suelo unos segundos antes, salpicadas de miles de gotas de sangre, como si un incómodo sarampión se hubiera adueñado de ellas. El Sr. Kite abrió los ojos y miró nerviosamente a su alrededor, y levantó después la voz por encima de los gritos histéricos del resto de ocupantes del ascensor. La anciana tenía manchas de sangre del treinteañero por todo el rostro, y parecía en grave riesgo de sufrir un desmayo, por lo que el Sr. Kite retomó apresuradamente su discurso:

- ¡Era “Five Years”, de David Bowie! ¿Pero qué narices le está pasando a este mundo? ¡Está en un disco que se debería enseñar en la escuela! – dijo mientras apuntaba el arma hacia la anciana, para continuar con su macabro concurso - ¡Vamos con la siguiente… un rotundo tema de rock y psicodelia, con uno de los mejores solos de guitarra del disco, llevado hasta el límite en la apoteosis final del tema, hasta hacernos creer que el mundo va a estallar… ¡Y hoy lo va a hacer por fin! - dijo a modo de épica introducción radiofónica, mientras en el móvil seleccionaba “Moonage Daydream”. Fueron tan solo los primeros acordes, porque la anciana puso los ojos en blanco antes de poder dar una respuesta, en un claro indicio de estar a punto de desmayarse. La ejecutó casi al tiempo en que la anciana perdía la consciencia, por lo que la mujer tuvo un tránsito casi indoloro hacia la otra vida. Tras esta “piadosa” muerte, llegaría el turno de “Starman”, errada por una estudiante de diminutos pantalones vaqueros cortos y trenzas de colores en el pelo. "El hombre de las estrellas está esperando en el cielo, le gustaría venir a conocernos, pero cree que eso nos destrozaría las mentes" - dijo el Sr. Kite, parodiando el tono de un exaltado predicador, mientras el cerebro de la chica estallaba de un disparo a bocajarro. Misma suerte corrió un hombre claramente obeso, cercano a los cincuenta y con un llamativo y poblado bigote, que no supo reconocer “Ziggy Stardust”, y al que acompañó al más allá su mujer, dueña de una exagerada permanente pelirroja, que en ninguna de sus largas sesiones de peluquería había escuchado “Sufragette City” en el hilo musical del centro de estética de ese mismo centro comercial. Fue la última canción que escuchó en su vida, antes de que la caída de su cuerpo sin vida fuera amortiguada por el blando e inerte cuerpo de su marido, que la esperaba para siempre en el suelo del ascensor.

Y así llegó el momento cumbre, en una escena dantesca dentro de un ascensor con las paredes totalmente salpicadas de sangre, y con los cuerpos de las cinco víctimas esparcidos por el suelo. Dos personas se miraban fijamente entre el amasijo de cadáveres, en un duelo que recordaba a los del “far west”, si en el salvaje y lejano oeste hubieran existido los ascensores. El Sr. Kite apuntaba al otro, con el arma todavía humeante, y una última bala por disparar. El otro, un universitario con gafas de pasta y pelo cortado a cepillo, con la cara manchada de una mezcla de sangre ajena y lágrimas propias, respiraba profunda y entrecortadamente, sin dejar de mirar fijamente al arma de su contrincante, en un intento de concentrarse en un punto concreto para no sucumbir a la locura que le rodeaba, como horas antes había hecho su adversario ante la inesperada y traumática noticia de su despido. La guitarra acústica de “Rock and Roll Suicide” rompió el macabro silencio. El cañón del arma apuntó al chico, como la flecha de una ruleta, que acabara de pararse en la casilla de la bancarrota. El asesino arqueó las cejas y, esbozando una macabra media sonrisa, dijo:

- ¿Y bien? ¿Sabes que canción es?

El chico le miró fijamente y controló, como pudo, su respiración acelerada, encontrando en algún lugar de su cerebro la calma necesaria para jugar la que podía ser su última carta en la vida, antes de responder:

- "Demasiado viejo para perder, demasiado joven para elegir, y el tiempo espera pacientemente tu canción, caminas fuera de la cafetería, pero no has comido nada y has vivido demasiado, eres un suicida del rock and roll" 

El asesino bajó la mirada, y un segundo después hizo lo propio con el arma, visiblemente abatido por la inesperada derrota. Todo había terminado, o eso creía él. La novia del estudiante, conocedora de su enfermiza puntualidad, esperaba preocupada por su inesperado retraso, y en un ejercicio de oportuna impaciencia, le llamó por teléfono en ese preciso instante, desde algún punto del abarrotado centro comercial. La canción que el universitario tenía seleccionada como tono de llamada sonó dentro del ascensor, desde el interior de la cazadora del muchacho. Visiblemente aturdido, el Sr. Kite no reaccionó a la misma velocidad que el chico, que sacó el móvil del bolsillo y, mirándole directamente a los ojos, dijo:

- ¿Y tú, sabes qué canción es ésta?

El Sr. Kite cerró los ojos un segundo y soltó una bocanada de aire y de resignación. Volvió a abrir los ojos de nuevo, y mirando al suelo dijo: “¡Ostia puta! ¿Qué más puede ir mal hoy?”, al tiempo que apuntaba con la pistola hacia su propia cabeza, para que una sola bala se enfrentara, definitivamente, a la nube negra.


El libro completo está disponible en Amazon Kindle, tanto en formato kindle como en tapa blanda y tapa dura. Aquí tenéis el enlace directo por si queréis leerlo completo:

La Silueta: Un relato de música y muerte eBook : Yerón, Nacho: Amazon.es: Tienda Kindle



domingo, 22 de marzo de 2026

1907.- Crazy Train - Ozzy Osbourne

     

Crazy Train, Ozzy Osbourne





     Después de dejar Balck Sabbath, Ozzy Osbourne publica en septiembre de 1980 para el mercado británico su primer álbum de estudio en solitario, Blizzard of Ozz. El disco saldría publicado en el mercado estadounidense en marzo de 1981. El álbum fue incluido por la revista Rolling Stone en el puesto número 9 de los 100 mejores álbumes de heavy metal de todos los tiempos. Un disco que obtuvo un importante éxito en Reino Unido, Estados Unidos y Canadá, alcanzando los 4 discos de platino en Estados Unidos. Para la grabación del álbum Ozzy cuenta con el guitarrista Randy Rhoads, el bajista Bob Daisley y el baterista Lee Kerslake. Todos los temas de este álbum debut son compuestos por el trío Ozzy, Rhoads y Daisley excepto No Bone Movies en la que también participa Kerslake. El disco es grabado en el Ridge Farm Studio ubicado en Rusper, West Sussex, Inglaterra. Para la producción del álbum en un principio es contratado Chris Tsangarides y como ingeniero de sonido Max Norman, si bien la banda no estaba muiy contenta con la producción de Chris y lo despiden siendo Norman el que se encarga de la producción y la ingeniería, aunque el trabajo de producción de Norman no aprece acreditado, apareciendo en los créditos los 4 componentes de la banda. 

Incluido en el álbum se encuentra el tema Crazy Train, compuesto por OzzyRandy y Daisley. Según cuenta Ozzy, Randy apareció con un riff básico de guitarra y sobre ese riff trabajaron juntos en la música, sabían que necesitaban algo para el introducir el sólo y a Ozzy se le ocurrió el patrón de acordes y la sección de ritmo para el sólo de Randy. A Randy y a Ozzy le gustaban mucho los trenes y solían coleccionarlos y cuando estaban trabajando en el tema Ozzy le dijo a Randy "Randy, ésto suena como un tren, pero como un tren loco", y de ahí surgió el título del tema. Puede parecer que el tema habla de la locura, pero en realidad habla de aprender a amar en un mundo de locos, de la guerra fría donde hay millones de personas viviendo como enemigos y sólo unos pocos gobiernan y controlan condicionando todos los medios y obligándonos a asumir un rol. En el tema podemos escuchar el sólo de guitarra doblado, lo que significa que Randy tuvo que grabar sus partes de guitarra dos veces y hacerlo exactamente igual la primera vez que la segunda para luego superponer los dos sólos, algo que hace que éste sólo de Randy haga la canción tan única y especial.

sábado, 21 de marzo de 2026

1906.- Army Dreamers - Kate Bush

Army Dreamers







     Army Dreamers vio la luz en septiembre de 1980, y lo hizo discretamente. Quizás estemos ante una de las discretas joyas del álbum Never for Ever, el tercer álbum de estudio de Kate Bush. Este disco supuso un punto de inflexión en su carrera. Tras el éxito de The Kick Inside y Lionheart, Bush buscaba emanciparse creativamente, tomar las riendas de su sonido y de su proceso artístico. Este fue el primer disco en el que figuró como productora, unto a Jon Kelly, y también el primero en la historia del Reino Unido en alcanzar el número uno con una mujer firmando la producción. Un logro simbólico que acompañaba una transición sonora. La incorporación de nuevas tecnologías como el Fairlight CMI (primer sampler y sintetizador digital de polifónico de la historia) se entremezclaron con piezas más orgánicas, entre ellas esta canción, una de las más desnudas y emotivas del álbum.

Grabada entre 1979 y 1980, Army Dreamers nació en un periodo de intensa actividad para Bush, que alternaba promoción, giras y largas sesiones de estudio. A diferencia de otras composiciones del disco, más densas en capas vocales y sintetizadores, aquí optó por una arquitectura minimalista, con un tempo lento, unas cuerdas suaves, una percusión discreta y una voz íntima y contenida. Bush consiguió un equilibrio perfecto entre la calculada delicadeza de la canción  y la crudeza del mensaje. Bush se pone en la piel de una madre que llora la muerte de su hijo, un joven soldado que se alistó buscando oportunidades que la vida civil le negó. La melodía, que por momentos parece una canción de cuna, remarca la ironía trágica: una música tierna que envuelve un mensaje devastador. La letra evita la épica militar y la crudeza, deteniéndose en pequeños detalles cotidianos, en decisiones aparentemente insignificantes que podrían haber cambiado el destino del muchacho. Estamos ante un retrato íntimo de la culpa, la impotencia y la inutilidad de la guerra.

Bush se inspiró en historias reales de jóvenes británicos que, en plena recesión económica, veían en el ejército una salida laboral más que una vocación. La canción no señala al soldado, sino al sistema que lo empuja hacia un futuro sin retorno. Toda una protesta silenciosa. El tema alcanzó el número 16 en las listas británicas y se consolidó como uno de los sencillos más recordados de la primera etapa de Bush. Con el tiempo, ha sido reivindicado como una de las canciones antibélicas más sutiles del pop británico. En 2001, la BBC retiró temporalmente la canción de su programación durante la Guerra de Afganistán, un gesto que reavivó el debate sobre su mensaje y confirmó la vigencia de su crítica décadas después de su publicación. Se hizo un videoclip de la canción, dirigido por la propia Bush, donde alterna imágenes de entrenamiento militar con escenas domésticas, en un montaje donde la artista interpreta tanto al soldado como a la madre. Bush explicó que quería mostrar cómo la guerra “se cuela en los hogares”, incluso cuando parece lejana. El videoclip fue considerado atrevido para la época por su crítico tono crítico y su inquietante estética.