La música en historias: Finaliza el #MesDavidBowie

 


Finaliza el #MesDavidBowie, y mientras paseo por un bulevar cercano a mi casa, tengo la sensación de que, para abarcar toda la obra del Duque Blanco, tendríamos que haberle dedicado el #trimestreDavidBowie, para poder profundizar en muchos otros discos relevantes de su extensa discografía. Al final del bulevar, me detengo en un pequeño recodo de la calle, desde el que se accede a una zona de pistas de skate, en la que el gris de las rampas de cemento está salpicado de pintadas de grafiteros. Pienso en la portada de Lodger (1979), el tercer disco de la trilogía berlinesa, con un Bowie caracterizado como si se hubiera desplomado desde gran altura o, por qué no, como si se hubiera caído de un patinete en una de esas cuestas de áspero cemento. Lodger no era tan áspero ni tan atropellado como la portada sugería, y no llegaba a las cotas de experimentación de los dos discos anteriores, pero aportaba de nuevo un buen puñado de canciones al "universo Bowie".

Al caer la tarde sobre las solitarias pistas de skate, el lugar empieza a tornarse algo inquietante. No vivo en un barrio peligroso, pero las sombras que proyectan las luces de las farolas al iluminar las afiladas rampas hacen que mi imaginación se dispare y mi mente se ponga en alerta ante la posibilidad de encontrarme con monstruos terroríficos como los de Scary Monsters (1980), considerado por muchos como el último gran disco de Bowie, tras el que su patinete se lanzó en caída libre por una de esas escarpadas rampas del destino. Y hablando de patinetes, como no recordar que, precisamente, la primera vez que vi a Bowie fue montado en unos patines, en el vídeo promocional de "Day in day out", el single de lanzamiento del fallido Never let me down (1987), uno de sus desvaídos discos de los ochenta. El bajo tono general del disco no impide que, en mi caso, y quizá asociado a esa potente imagen de un Bowie con cazadora de cuero, patines y guitarra eléctrica, cantando sobre la difícil vida de una madre en los suburbios de la gran ciudad, la canción siga teniendo mi indulto permanente.

Ya en los 90, Black tie, white noise (1993) fue uno de los primeros discos con los que estrené mi primer equipo de sonido en CD, y aunque seguían siendo escasas las vetas doradas que se podían encontrar en sus discos, el brillo de "Jump they say" mantenía la esperanza en que la llama de los geniales discos de los setenta volviera a prender en algún momento. Lo hizo, de manera más o menos intermitente, en esa extraña pero meritoria obra conceptual llamada Outside (1995), protagonista de una de mis primeras citas con mi futura mujer. Paseando por el centro de Madrid, pasamos por delante de una tienda de discos, y le pedí que me acompañara a su interior por tan solo unos minutos. Al fin y al cabo, si iba a convertirse en la mujer de mi vida, tenía que empezar a acostumbrarse al mayor y más sano de mis muchos vicios. 

De allí salí con ella de la mano, y con Outside bajo el brazo. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Pues ya puestos, que Bowie hubiera mantenido el pulso firme de discos como The Buddha of Suburbia (1993), Earthling (1997)Heathen (2002), frente a discos más apagados y desiguales como Hours (1999) o Reality (2003). Que el tiempo se hubiera detenido eternamente en ese inesperado gran retorno que fue The Next Day (2013), y que una estrella negra no hubiera anunciado nunca el final de su vida y de su obra en Black Star (2016). Pero el tiempo sigue su rumbo de manera inexorable, y ya es noche cerrada en las pistas de skate del barrio. Un perro ladra a lo lejos, y se oye el ruido de alguien dando una patada a lo que parece una lata de refresco vacía. Los monstruos terribles se acercan, y es el momento de regresar a casa. Al volver sobre mis pasos, y por sólo un segundo, juraría haber visto por el rabillo del ojo una delgada silueta enfundada en una cazadora de cuero, alejándose patinando al mismo tiempo que el #MesDavidBowie llega a su fin.

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