
domingo, 1 de noviembre de 2026
2132.- One Hundred Years - The Cure

sábado, 31 de octubre de 2026
2131.- Heat of the Moment - Asia

viernes, 30 de octubre de 2026
2130.- Rosanna - Toto
miércoles, 28 de octubre de 2026
2128.- Only Time Will Tell - Asia
sábado, 24 de octubre de 2026
2124.- The Hanging garden - The Cure
viernes, 23 de octubre de 2026
2123.- Hallowed Be Thy Name - Iron Maiden
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miércoles, 21 de octubre de 2026
2122.- Run to the Hills - Iron Maiden

Publicada en 1982 como primer single del disco The Number of the Beast, producida por Martin Birch y compuesta por Steve Harris, “Run to the Hills” fue además el primer sencillo de Iron Maiden con Bruce Dickinson como vocalista. Hay canciones que resumen el estilo de un grupo mejor que cualquier definición, y en “Run to the Hills” Iron Maiden encontró aquí una combinación casi perfecta entre velocidad, melodía y relato.
martes, 20 de octubre de 2026
2121- Our House - Madness
2133 - Our House - Madness
Una casa puede ser cualquier cosa.
Cuatro paredes, unas habitaciones, una cocina, una mesa, una cama. Nada especialmente extraordinario. Sin embargo, en “Our House”, Madness consiguió convertir esa colección de objetos cotidianos en uno de los retratos familiares más reconocibles de la música popular británica.
La canción fue publicada como sencillo el 12 de noviembre de 1982 y formó parte de The Rise & Fall, el cuarto álbum de estudio de Madness. En el Reino Unido llegó al número 5 y posteriormente se convirtió también en el mayor éxito estadounidense del grupo, alcanzando el número 7 del Billboard Hot 100.
Pero los números cuentan solamente una parte de la historia.
Lo verdaderamente interesante de “Our House” es que no habla de una casa extraordinaria.
Habla de una casa normal.
La mañana, la familia, el padre, la madre, las rutinas, el trabajo, la cena, las pequeñas discusiones y ese conjunto de costumbres que, mientras las vivimos, parecen insignificantes. Madness consigue hacer algo muy británico con todo ello: convertir la vida cotidiana en una pequeña escena teatral.
La música ayuda muchísimo.
La canción tiene una estructura pop extremadamente clara, pero debajo conserva parte del ADN ska y new wave de Madness. No es un tema ska en sentido estricto, ni tampoco una canción pop convencional. Es una mezcla perfectamente reconocible de la banda.
Y ahí está uno de sus grandes aciertos.
Madness podía ser divertida sin necesidad de convertirse en una caricatura. El humor está presente, pero también hay cariño. La familia que aparece en “Our House” no parece una familia perfecta. Parece una familia real.
Ese detalle cambia la canción.
Porque todos conocemos una casa así. Quizá no exactamente igual, pero sí esa sensación de regresar a un lugar donde las cosas siguen ocurriendo aunque nosotros hayamos estado fuera. La casa como refugio, como escenario de discusiones y desayunos, como lugar al que se vuelve.
Chris Foreman y Chas Smash construyeron la canción alrededor de esa idea cotidiana, y la producción de Clive Langer y Alan Winstanley consiguió mantener el equilibrio entre el carácter particular de Madness y una accesibilidad pop enorme.
Por eso “Our House” ha envejecido tan bien.
No depende de una moda musical concreta. Tampoco necesita una gran historia.
Su argumento es precisamente que la vida normal puede ser suficiente.
Hay algo casi revolucionario en eso para una canción pop: en lugar de hablar de estrellas, héroes, viajes imposibles o amores extraordinarios, habla de llegar a casa.
Y quizá por eso resulta tan cercana. Porque, al final, casi todos tenemos una casa que recordamos.
Una casa que ya no existe, que cambió, que dejamos atrás o que todavía podemos abrir con una llave.
Madness tomó esa idea y la convirtió en una canción.
Una canción que, sin pretenderlo, terminó haciendo que millones de personas reconocieran algo de su propia vida en aquella casa.
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lunes, 19 de octubre de 2026
2120.- Yolanda - Pablo Milanés
2132 - Yolanda - Pablo Milanés
Hay canciones de amor que necesitan una gran producción para convencer al oyente de que el sentimiento es importante.
“Yolanda” no.
Le basta una melodía.
Pablo Milanés escribió la canción en 1970 y la dedicó a Yolanda Benet, su pareja de entonces y madre de su hija Lynn. Con el tiempo, aquella canción privada adquirió una dimensión pública enorme y terminó convirtiéndose en una de las composiciones más reconocidas de Pablo Milanés.
Eso es quizá lo más curioso de “Yolanda”: nació de una historia concreta y terminó perteneciendo a todo el mundo.
No hay en ella una idea especialmente complicada. No necesita metáforas difíciles ni una construcción literaria barroca. Su fuerza está precisamente en la sencillez. Pablo Milanés canta como alguien que no necesita convencer a nadie.
Y ahí aparece una de las grandes dificultades de escribir una canción de amor: decir algo sencillo sin que parezca trivial.
“Yolanda” lo consigue.
La melodía tiene esa cualidad de las canciones que parecen haber estado esperando durante años a que alguien las escribiera. No intenta sorprender. Avanza lentamente, dejando que cada frase tenga su espacio.
Hay también una particularidad en la voz de Pablo Milanés. No canta como un crooner distante ni como un intérprete de balada tradicional. Su voz conserva cierta aspereza, una humanidad que evita que la canción se convierta en una postal romántica demasiado perfecta.
Por eso resulta tan fácil creerle.
La canción fue apareciendo en distintos trabajos discográficos de Pablo Milanés y también quedó registrada en En vivo, donde fue interpretada junto a Silvio Rodríguez.
Pero su recorrido posterior es probablemente más interesante que cualquier dato discográfico.
“Yolanda” consiguió salir del ámbito de la Nueva Trova y convertirse en una canción cantada por públicos que quizá nunca se interesaron demasiado por las etiquetas musicales que rodeaban a Pablo Milanés. Eso es algo que ocurre con las canciones verdaderamente populares: dejan de pertenecer a su autor.
Uno puede escucharla como una declaración de amor.
Otro puede escucharla como una canción sobre la memoria.
Alguien más puede relacionarla con una persona concreta que ya no está.
Y la canción no protesta.
Acepta todas esas lecturas.
Hay algo especialmente hermoso en eso. Una composición nacida de una experiencia íntima terminó funcionando como un espejo para experiencias ajenas.
Quizá por eso “Yolanda” no necesita ser presentada como un gran clásico.
La canción ya hizo ese trabajo por sí misma.
Simplemente comienza, deja que Pablo Milanés cante y, durante unos minutos, convierte un nombre propio en una palabra que parece poder pertenecerle a cualquiera.
Daniel
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domingo, 18 de octubre de 2026
2119.- Los twist - Pensé que se trataba de cieguitos
2131 - Los twist - Pensé que se trataba de cieguitos
Hay canciones que hacen reír porque son divertidas. Y hay otras que provocan una sonrisa precisamente porque debajo del chiste hay algo bastante más incómodo.
“Pensé que se trataba de cieguitos” pertenece a esa segunda categoría. Los Twist consiguieron convertir una historia potencialmente sombría en una canción de ritmo contagioso, humor absurdo y apariencia despreocupada. Y ahí reside buena parte de su atractivo: cuanto más alegre parece la canción, más inquietante resulta aquello que está contando.
Los Twist habían aparecido en Buenos Aires en plena transformación de la escena musical argentina. Pipo Cipolatti y Daniel Melingo estaban en el centro de un grupo que recuperaba el gusto por el humor, el baile y la provocación. Su música mezclaba rock, twist, ska, reggae y otros sonidos populares, pero siempre con una personalidad propia.
La canción cuenta una historia aparentemente disparatada. El protagonista se encuentra con unos personajes que interpreta de una determinada manera y termina descubriendo que la situación es bastante diferente de lo que había imaginado. El juego con el título ya contiene la clave del relato: “Pensé que se trataba de cieguitos”.
Pero detrás de la ironía había una realidad mucho más seria.
La canción se convirtió en una de las piezas más recordadas de Los Twist y ha sido interpretada como una referencia satírica a las detenciones y desapariciones ocurridas durante la última dictadura militar argentina. Su lanzamiento coincidió con un momento de enorme transformación cultural, cuando la música popular comenzaba a recuperar espacios de libertad después de años de censura y represión.
Eso hace que resulte especialmente interesante escucharla hoy.
La canción no adopta el tono solemne que uno podría esperar de una obra que aborda un contexto semejante. Al contrario: se mueve, juega, exagera y provoca. El ritmo parece invitar a una fiesta mientras la letra va construyendo una situación cada vez más incómoda.
Es una estrategia muy propia del humor.
La risa permite decir determinadas cosas de una manera que un discurso convencional quizá no podría. Los Twist entendieron perfectamente ese mecanismo. La canción no necesita explicar al oyente qué debe pensar. Le cuenta una historia absurda y deja que la contradicción entre música y argumento haga el resto.
También está la energía de Pipo Cipolatti, fundamental para entender el carácter de la banda. Los Twist nunca parecieron interesados en comportarse como una banda solemne. Había algo deliberadamente irreverente en su propuesta, como si después de tantos años de silencio hubiera llegado el momento de volver a jugar con las canciones.
Y “Pensé que se trataba de cieguitos” es probablemente uno de los mejores ejemplos de esa actitud.
Es divertida, pegadiza y extraña.
Pero también es una canción marcada por su tiempo.
Quizá por eso funciona todavía. Porque debajo del twist hay una historia que recuerda que el humor no siempre sirve para escapar de la realidad.
A veces sirve precisamente para contarla.
Daniel
Instagram Storyboy
sábado, 17 de octubre de 2026
2118.- The Number of the Beast - Iron Maiden
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| The Number of the Beast, Iron Maiden |
En 1981 el vocalista de la banda Paul Di'Anno es expulsado debido a sus excesos con el alcohol y las drogas que habían provocado que hubiera sido detenido varias veces y que hubiera faltado en momentos claves de la banda. Tocaba elegir nuevo vocalista, y tras varias probaturas el elgido por la banda era el cantante por entonces de la banda Samson Bruce Dickinson. Pero había un pequeño problema, Samson había tenido anteriormente problemas con el manager de la banda Ron Smallwood, por lo que este en un principio se niega a que Bruce ingrese en la banda; Al final Steve Harris logra convencer a Ron para que le acompañe a ver un directo de Samson con Dickinson. Tras ver la calidad de Dickinson como vocalista y la desenvoltura de este en el escenario Ron se convence de la decisión de Harris, le citan para una audición, y tras la misma Bruce es fichado para Iron Maiden, bendita insistencia. El grupo quedaba conformado por Steve Harris (bajo), Dave Murray (guitarrista), Clive Burr (batería), Adrian Smith (guitarra) y Bruce Dickinson (vocalista).
Steve Harris, que suele llevar casi todo el peso compositivo de la banda, sabe que Dickinson tiene muchísimo potencial y decide aprovecharlo dándole un enfoque diferente a sus composiciones. Según Martin Birch, el productor del álbum, con Dickinson se abrían todo un abanico de amplias posibilidades que con Paul Di'Anno eran imposibles, no en vano el apodo de Bruce gracias a sus cualidades vocales es "Air Raid Siren" (sirena de ataque antiaéreo). Durante la grabación del álbum la prensa musical de la época informó que durante la grabación del álbum se sucedieron una serie de hechos inexplicables, luces que se encendían y apagaban solas, extraños ruidos en el estudio, y fallos inexplicables que estropearon equipos de grabación. Pero el punto álgido de todos esos supuestos hechos que la banda al parecer había sufrido fue el que le ocurrió a su productor Martin Birch mientras trabajaba en el álbum. Un día al terminar una de esas jornadas de las sesisones de grabación del disco Martin cogió su coche como de costumbre para ir a casa, pues bien durante el trayecto sufrió un desafortunado accidente al colisionar con un autobus llenos de monjas. Lo bueno es que nadie resultó herido considerablemente, tan solo daños materiales, sobre todo en el coche del productor. Martin lleva su coche a reparar al taller, y se lleva una desagradable sorpresa al enterarse del coste de la factura, 666 libras esterlinas, y aunque Martin no era supersticioso, para evitar problemas o suspicacias decide abonar la factura y pagar al taller 667 libras esterlinas. Con Martin Birch a los mandos de la producción el grupo se marcha en diciembre de 1981 a los Battery estudios de Londres, terminando el proceso de grabación en enero de 1982. Aunque Harris sigue llavando la maor parte del peso en la composiciones, éste es el único disco donde Clive Burr es incluido en los créditos de composición debido a sus aportaciones (sería el último disco en el que participaría Clive Burr). También empiezan a aparecer aportaciones en forma de temas escritos por Adrian Smith, y Bruce Dickinson, que no puede aparecer en los créditos debido a asuntos contractuales con su anterior banda, se involucra en el proyecto y aporta numerosas "contribuciones morales" en el álbum (Children Of The Damned, The Prisioner y Run To The Hills).
El 22 de marzo ve la luz The Number Of The Beast Con una portada que generaría polémica. Concebida por Derek Riggs, inicialmente fue creada para la canción Purgatory del anterior disco, Killers. La portada era tan buena que Ron el manager convenció a la banda para que la utilizaran para su siguiente disco. En la portada aparece Eddie controlando a Satán como a una marioneta, y a su vez Satán controla a un pequeño Eddie. El concepto de la portada era preguntarse quién controla a quién y quién es el verdadero diablo. El cielo que aparece en el diseño era de color negro, pero por un error de impresión en la portada apareció de color azul. Un error de impresión que se subsanaría en la posterior reedición de 1998. incluído en el álbum se encuentra el tema que abre cara B y que da título al álbum, The Number Of The Beast, compuesto por Harris. Este tema fue considerado por las asociaciones religiosas como una clara evidencia de que Iron Maiden era una banda satánica. En realidad el tema fue inspirado en una pesadilla que tuvo Harris después de ver la película Damien: Omen II. Las letra del tema está inspirada en el poema Tam Bur' Tam o' Shanter de Robert Burns. Para la cita a capella que inicia el tema el grupo quería que fuera Vincent Price, pero éste quería más dinero que el que la banda estaba dispuesta a pagar, así que al final se contrató al actor Barry Clayton para hacerlo. La introducción de Clayton está basada en el libro de Revelaciones 12:12 y 13:18 de la Biblia del Rey Jacobo. El tema se ha convertido por derecho propio en una de los grandes clásicos del metal de los años 80.
viernes, 16 de octubre de 2026
2117.- Africa - Toto
2128 - Africa - Toto
Pocas canciones han conseguido ser inmediatamente reconocibles sin necesidad de presentarse.
Empiezan unas notas, aparece una percusión muy particular y, antes de que llegue la voz, ya sabemos dónde estamos. “Africa” tiene esa cualidad rara de las canciones que parecen haber existido siempre. Sin embargo, hubo un momento en que no existía. Fue escrita, grabada, producida y lanzada como una canción más de Toto.
Después ocurrió todo lo demás.
“Africa” forma parte de Toto IV, publicado en 1982. Fue escrita por David Paich y Jeff Porcaro y producida por la propia banda. El tema terminó convirtiéndose en el mayor éxito de Toto, alcanzando el número 1 del Billboard Hot 100 estadounidense y el número 3 en el Reino Unido.
Escuchada con atención, la canción resulta bastante más sofisticada de lo que su enorme popularidad podría hacer pensar.
Hay capas de teclados, guitarras, percusión, coros y una batería extraordinariamente precisa. Jeff Porcaro aporta una parte fundamental de la identidad rítmica del tema, mientras que la percusión de Lenny Castro añade ese elemento que inmediatamente asociamos con la canción. También participan músicos como Steve Porcaro, David Hungate y Timothy B. Schmit.
La paradoja de “Africa” es que todo ese trabajo de estudio termina sonando natural.
Ese es probablemente uno de los mayores triunfos de la producción. El oyente no está pensando en la cantidad de decisiones que hubo detrás. Simplemente escucha una canción que parece deslizarse con absoluta facilidad.
También es interesante la manera en que Toto construye una imagen de África desde la distancia. David Paich explicó que parte de la inspiración procedía de documentales, imágenes y relatos que había absorbido sin haber vivido personalmente esa experiencia. Esa perspectiva explica en parte el carácter imaginativo, casi cinematográfico, de la canción.
“Africa” no intenta ser un documental musical. Es una fantasía pop sobre un continente convertido en paisaje emocional.
Y ahí está quizá su mayor misterio.
¿Por qué una canción tan específica consiguió convertirse en algo tan universal?
Probablemente porque habla menos de África que de la fascinación por un lugar lejano. Habla de distancia, deseo, viaje, misterio y pertenencia. El continente funciona como escenario de una historia mucho más amplia: la necesidad humana de buscar algo que está lejos.
Lo extraordinario es que Toto consiguió envolver todo eso en una melodía aparentemente sencilla.
Una melodía que sobrevivió a los ochenta, a los cambios de moda y a las generaciones.
Eso no ocurre únicamente por casualidad.
Detrás de “Africa” hay una maquinaria musical extraordinariamente precisa disfrazada de canción pop.
Y quizá por eso todavía funciona.
Daniel
Instagram Storyboy
jueves, 15 de octubre de 2026
2116.- 22 Acacia Avenue - Iron Maiden
Una dirección puede parecer un dato completamente insignificante. Un número, el nombre de una calle, una puerta. Iron Maiden consiguió convertir una de esas direcciones imaginarias en uno de los lugares más reconocibles de su universo musical.
“22 Acacia Avenue” aparece en The Number of the Beast, publicado el 22 de marzo de 1982. Es el cuarto tema del disco y fue compuesto por Steve Harris y Adrian Smith.
La canción continúa la historia de Charlotte, un personaje que ya había aparecido anteriormente en “Charlotte the Harlot”. Es decir, Iron Maiden no está presentando simplemente una canción sobre un personaje; está construyendo una pequeña mitología dentro de su propia discografía.
Y eso se nota en la manera de contarla.
“22 Acacia Avenue” funciona casi como una escena de película. Hay un lugar concreto, un personaje, una situación y una serie de advertencias. El oyente entra en ese mundo como quien abre una puerta que quizá sería mejor mantener cerrada.
Musicalmente, Maiden hace lo que mejor sabía hacer en aquella época: combinar melodía y velocidad sin sacrificar el carácter narrativo. Las guitarras de Smith y Dave Murray crean una pared sonora que no elimina los detalles. El bajo de Harris mantiene ese movimiento tan característico de la banda, mientras la batería empuja la canción hacia adelante.
Pero lo realmente interesante es que el tema no necesita ser una sucesión de riffs memorables para funcionar. Tiene una dramaturgia propia. Los cambios de intensidad ayudan a crear la sensación de que la historia está avanzando.
También está Bruce Dickinson, recién incorporado a la etapa que convertiría a Iron Maiden en una de las grandes bandas del heavy metal británico. Su manera de cantar resulta especialmente adecuada para este tipo de material porque no interpreta las letras como si fueran una confesión íntima. Las representa.
Y esa diferencia importa.
“22 Acacia Avenue” pertenece a una época en la que el heavy metal empezaba a demostrar que podía ser algo más que velocidad, volumen y actitud. Maiden estaba construyendo canciones largas, personajes, escenarios y relatos. The Number of the Beast sería fundamental en esa evolución.
Quizá por eso esta canción siga funcionando incluso para alguien que no conozca toda la historia de Charlotte. Basta con imaginar la dirección.
Una calle.
Una casa.
Una historia que ya ha empezado antes de que nosotros lleguemos.
Y seis minutos después, Iron Maiden nos deja salir de allí con la sensación de haber visitado un lugar bastante más oscuro de lo que indicaba el número de la puerta.
Daniel
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miércoles, 14 de octubre de 2026
2115.- Town Called Malice - The Jam
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martes, 13 de octubre de 2026
2114.- Senses working overtime - XTC
lunes, 12 de octubre de 2026
2113.- Blue Eyes - Elton John
2112 - Blue Eyes - Elton John
Hay algo engañosamente sencillo en “Blue Eyes”. La primera impresión es la de una balada elegante de Elton John: piano, melodía reconocible, una voz que parece moverse sin esfuerzo y una producción suficientemente pulida para entrar inmediatamente en la radio. Pero cuanto más se escucha, más aparece una cierta melancolía debajo de esa superficie limpia.
El tema pertenece a Jump Up!, el decimosexto álbum de estudio de Elton John, publicado en 1982. Fue compuesto por Elton John y Gary Osborne y producido por Chris Thomas. En el Reino Unido llegó al número 8, mientras que en Estados Unidos alcanzó el número 12 del Billboard Hot 100 y llegó al primer puesto de la lista Adult Contemporary.
“Blue Eyes” tiene una característica que puede pasar desapercibida: no intenta convertir el sufrimiento amoroso en un gran drama. No hay una explosión vocal ni una producción grandilocuente que le diga al oyente cómo debe sentirse. La tristeza está contenida. Es precisamente esa contención la que hace que funcione.
El piano de Elton John tampoco busca convertirse en protagonista absoluto. Está ahí para sostener la canción y acompañar una melodía construida con una claridad extraordinaria. En aquella etapa de su carrera, Elton podía sonar perfectamente reconocible incluso sin recurrir a algunos de los excesos estilísticos que habían marcado su década anterior.
Hay una distancia emocional interesante entre lo que cuenta la canción y cómo está cantada. La letra habla de separación, de alguien que se queda atrás y de la dificultad de contener las lágrimas. Sin embargo, la interpretación evita el melodrama. El resultado es casi cinematográfico: la canción parece observar una despedida desde cierta distancia.
También resulta significativo el equipo musical que la rodea. La grabación incluye a músicos como Dee Murray, Richie Zito y James Newton Howard, y el propio Elton aparece al piano y como voz principal.
“Blue Eyes” demuestra que una canción pop puede ser emocional sin levantar la voz. Su arquitectura es casi clásica: una melodía fácil de recordar, un estribillo que entra con naturalidad y una producción que deja espacio suficiente para que la voz sea el verdadero punto de conexión.
Quizá por eso sigue funcionando. No depende de una moda concreta de 1982. Tampoco necesita el contexto de los grandes éxitos de Elton John para justificarse.
Es simplemente una canción sobre echar de menos a alguien.
Y eso, en música popular, puede ser mucho más difícil de conseguir de lo que parece.
Daniel
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domingo, 11 de octubre de 2026
2112.- Love Plus One - Haircut One Hundred
viernes, 9 de octubre de 2026
2110 - O Superman (For Massenet) - Laurie Anderson
2113 - O Superman (For Massenet) - Laurie Anderson
Durante unos minutos no ocurre casi nada.
Una voz electrónica repite una figura. Una sílaba aparece una y otra vez. El ritmo parece suspendido. No hay una batería convencional, tampoco un estribillo que llegue para salvar al oyente de la espera. Y, sin embargo, “O Superman” consigue algo extraño: cuanto más tiempo permanece uno dentro de ella, más difícil resulta abandonarla.
Laurie Anderson no construyó esta canción pensando en las reglas habituales del pop. “O Superman (For Massenet)” procede de su universo de performance, electrónica, poesía y experimentación. La pieza apareció vinculada a United States y posteriormente formó parte de Big Science, publicado en 1982. Su estructura toma como punto de partida una referencia a la ópera Le Cid de Jules Massenet, transformándola por completo mediante electrónica, repetición y voz procesada.
Lo extraordinario es que una pieza semejante llegara a convertirse en un éxito. En 1981 alcanzó el número 2 de las listas británicas.
Pero quizá la palabra “éxito” resulte insuficiente para describir lo que sucedió. Anderson no había creado una canción pop convencional que accidentalmente resultara sofisticada. Había hecho prácticamente lo contrario: una pieza artística que terminó entrando en el espacio del pop.
La voz procesada es fundamental. No sabemos muy bien si estamos escuchando a una persona, una máquina o una combinación de ambas. Esa ambigüedad produce buena parte de la tensión de la canción. La voz conserva una dimensión humana, pero el tratamiento electrónico la convierte en algo distante, casi institucional.
Ahí aparece una de las grandes ideas de “O Superman”: la tecnología puede acercarnos y alejarnos al mismo tiempo.
La canción habla de autoridad, protección, dependencia y poder. Su título evoca una figura heroica, pero Anderson parece mucho más interesada en preguntar qué sucede cuando esas figuras que deberían protegernos se convierten también en estructuras de control. La referencia a la madre, al padre, a la patria y a la maquinaria tecnológica termina formando una misma red.
Y todo eso ocurre sin que Anderson necesite levantar la voz.
La repetición es parte del truco. Lo que inicialmente puede parecer minimalista acaba siendo hipnótico. El oyente deja de esperar que ocurra “algo” y comienza a escuchar los pequeños cambios dentro de aquello que aparentemente permanece igual.
Ahí está la modernidad de la pieza.
Más de cuatro décadas después, “O Superman” todavía puede sonar extraña. Y eso no es un defecto. Probablemente sea su mayor virtud. Hay canciones que envejecen porque pertenecen demasiado a su época. Esta sigue inquietando precisamente porque parece estar hablando de una época que todavía no hemos terminado de vivir.
Daniel
Instagram Storyboy
miércoles, 7 de octubre de 2026
2107.- Words - F R David
domingo, 4 de octubre de 2026
2104 - Easy Come, Easy Go - Rory Gallagher
2104 - Easy Come, Easy Go - Rory Gallagher
Hay canciones de Rory Gallagher que parecen hechas para comprobar hasta dónde puede llegar una guitarra. “Easy Come, Easy Go” pertenece a otra categoría. Aquí Gallagher no necesita demostrar nada. La guitarra está, naturalmente, pero no ocupa el centro del escenario como un atleta dispuesto a batir una marca. Se mueve con paciencia, deja espacios y permite que la canción respire. Es uno de esos momentos en los que el músico irlandés demuestra que sabía hacer algo bastante más difícil que tocar fuerte: sabía tocar con contención.
La canción forma parte de Jinx, publicado en 1982, un disco registrado en los estudios Dierks de Colonia y que incorporó algunos cambios en la formación habitual de Gallagher, entre ellos al batería Brendan O'Neill. También aparecen Bob Andrews en los teclados y los saxofonistas Ray Beavis y Dick Parry.
Pero lo interesante de “Easy Come, Easy Go” no está tanto en los créditos como en la atmósfera. Es un blues lento, de esos que no parecen tener ninguna prisa por llegar al siguiente compás. Gallagher utiliza un sonido grueso, cálido, casi táctil. La guitarra eléctrica tiene cuerpo, pero conserva una cierta fragilidad. No es la guitarra de un virtuoso intentando impresionar al oyente; es la herramienta de alguien que está contando algo que ya conoce demasiado bien.
Hay, además, una peculiar sensación de cansancio. No necesariamente tristeza. Cansancio. Como si la canción perteneciera a ese momento de la vida en el que uno deja de pelear contra determinadas cosas y empieza simplemente a observar cómo suceden. El propio título resume una filosofía bastante antigua: lo que llega fácilmente puede marcharse de la misma manera.
Gallagher siempre tuvo una relación especial con el blues. No lo trataba como una pieza de museo ni como una fórmula que hubiera que reproducir religiosamente. Podía llevarlo al rock, al folk, al rhythm and blues o a una interpretación casi íntima. En “Easy Come, Easy Go” aparece precisamente ese Gallagher menos preocupado por el impacto inmediato.
La prensa de la época llegó a describirla como un blues lento y de tono cálido, destacando precisamente el carácter melódico de la interpretación y el diálogo entre las guitarras acústica y eléctrica.
Escucharla hoy permite recordar algo que a veces se pierde cuando se habla demasiado de los grandes guitarristas: tocar bien no consiste únicamente en tocar muchas notas. A veces consiste en saber cuándo no tocar.
“Easy Come, Easy Go” es Rory Gallagher bajando la voz sin perder autoridad. Una canción pequeña en apariencia, pero con ese peso que dejan las cosas que no necesitan explicarse demasiado.
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