La música en historias: Bloodflowers, el último chispazo de The Cure y el #mesTheCure

 

Cerramos el #mesTheCure con el que fue su último chispazo de gloria. De todos los discos posteriores a Wish (1992), es Bloodflowers (2000) el único que puede incluirse en cualquier lista en la que intentemos aglutinar los grandes discos de la banda liderada por Robert Smith. Ideado como una continuación de su obra cumbre Disintegration (1989), que a su vez estaba emparentado con Pornography (1982), Bloodflowers cierra una trilogía tan conectada que incluso fue puesta en escena por The Cure en los dos conciertos que cerraron la gira del disco en la sala Tempodrom de Berlín el 11 y 12 de noviembre de 2002. Durante más de tres horas, interpretaron los tres discos al completo, inmortalizando el épico momento en la grabación en vídeo "Trilogy" publicada poco después. 

En medio de la irrupción del britpop y el grunge, y con el grupo inmerso en una crisis de confianza tras el bajo nivel del disco anterior (Wild Mood Swings, 1996), Robert Smith quedó muy tocado por las críticas desfavorables, hasta el punto de idear Bloodflowers como un testamento final de la banda. Con el objetivo de marcharse con una obra a la altura de Pornography o Disintegration, The Cure puso toda la carne en el asador, y el resultado fue tan satisfactorio que, en contra de lo esperado, lo que hicieron estas Flores Sangrientas fue revitalizar la energía del grupo y de su compositor, devolviéndoles las fuerzas para seguir, en lugar de ser el vehículo de su planeada y lúgubre despedida. loodflowers no se quedó simplemente ahí, en una repetición del camino andado, sino que dio sentido completo a la trilogía. Donde Pornography y Disintegration profundizaban en la angustia por el paso del tiempo, Bloodflowers cierra el círculo con una marcada nostalgia por el tiempo ya pasado. Lo que más temía el Robert Smith de aquellos años ya ha ocurrido, y desde la madurez lanza la vista atrás mientras contempla las flores de su sangriento jardín.

Out Of This World es la primera flor del impactante ramillete del disco, y una de las mejores canciones de arranque desde aquel excelso Plainsong de Disintegration. Estamos ante un tema que combina de manera excelente el contraste entre una orquestación recargada y barroca con una base rítmica de guitarra acústica y unos teclados que recuerdan por momentos a The Beatles, un grupo en las Antípodas de The Cure en cuanto a positivismo y cercanía a la huerta de la alegría.

Le sigue Watching Me Fall, rabiosa y dura, y plagada de interesantes desarrollos instrumentales que por momentos chapotean en psicodelia. Quizá algo desmedida en sus 11 minutos de duración, en un momento en el que el disco casi acaba de comenzar. Imposible no pensar en que esta decadente historia, sobre un encuentro sexual en Tokio, habría quedado mejor al final del disco, como gran coda final o como paso previo a la Bloodflowers canción.

Maybe Someday fue, junto a Out of this World, lo más parecido a un single, al ser ambas elegidas para promocionar el álbum en las emisoras de radio, pero por decisión de Robert Smith no se publicó sencillo alguno de Bloodflowers. En el caso de Maybe Someday, la elección debió basarse en el aire pop de la canción, más asequible para el público general que otras piezas del disco que, en general, tuvo una tímida acogida por parte de la crítica y el público, pero el resultado fue diferente en función de cada país. El tema Coming Up, por ejemplo, aparecía sólo en la versión en vinilo, y en las versiones de CD para Australia y Japón,  y un tema como The Last Day of Summer, con marcado sonido "Disintegration", tuvo cierto recorrido en las emisoras de Polonia.

Musicalmente, el álbum se vuelve más introspectivo y austero con There Is No If, una de las canciones de amor más trabajadas a nivel de letras en todo el disco, y The Loudest Sound, destacable también por su descripción del silencio y la desgana que se apoderan de una pareja cuya relación ha caído en la rutina. Para que eso no le ocurra al disco, llega el turno de una canción como 39, que pone la necesaria dosis de sonido gótico al conjunto, antes de llegar a Bloodflowers, el tema que da título al disco, de nuevo centrada en el lamento por el final de una relación, que sin saber como ha pasado de "Estas flores nunca morirán" a "Estas flores siempre se marchitan".

Aún queda tiempo para una canción más, y no una cualquiera, porque Where the Birds Always Sing vuelve a llevarnos al terreno del medio tiempo y la orquestación creciente, que tan buenos resultados les dio en Disintegration, mientras el armazón de batería, bajo y guitarra acústica nos lleva con paso firme hacia el final de una obra que mereció más reconocimiento y que, ironías del destino, ha envejecido mejor que otros discos más valorados por los fans de The Cure. Será que bañadas en sangre, las flores soportan mejor el paso del tiempo, y se resisten a acabar marchitándose.

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