La música en historias: Animals, la fábula del #MesPinkFloyd


La Inglaterra de 1976 estaba sumida en un clima de violencia social, inflación y desempleo, que actuaron como caldo de cultivo de nuevos movimientos musicales de carácter nihilista y contestatario como el punk, que no solo rechazó las normativas impuestas por la política y la sociedad, sino que renegó también de los estilos musicales anteriores. Con este panorama, Pink Floyd se convirtió para ellos en el símbolo de un decadente pasado, en un dinosaurio que no encajaba en la nueva escena underground, algo parecido a lo que le ocurría a la vieja central eléctrica de Battersea, que tras haber sido durante décadas uno de los edificios más relevantes de la ciudad, empezaba a estar en desuso y su tamaño y tipo de construcción, con aquellas enormes chimeneas, no encajaban del todo en el nuevo skyline londinense.

Pink Floyd no pasaba además por su mejor momento financiero durante la gestación de Animals. Acababan de estrenar su propio estudio de grabación (Britannia Row), y para reducir los costes en los que habían incurrido recurrieron a equipos de grabación de menor calidad que los que habían tenido en EMI. Eso repercutió en el sonido más áspero y rudo de Animals respecto a los discos anteriores. Al estudio llegaron con bastante material nuevo, que combinaron con dos descartes de Wish you were here, Raving and drooling (que tras muchos cambios acabaría convirtiéndose en Sheep) y You've got to be crazy (germen de lo que finalmente sería Dogs).

Roger Waters aprovechó un momento en el que sentía que la banda se estaba aburguesando, con sus compañeros más ocupados en disfrutar de los placeres de los nuevos ricos (coches deportivos, aviones privados, veleros) y escribió un disco que atacaba todas aquellas contradicciones, vistas desde la ideología proletaria y progresista en la que le había educado su familia. Basándose en el libro Rebelión en la Granja (1945) de George Orwell, creó una fábula protagonizada por perros, cerdos y ovejas representando a las tres clases sociales más representativas de la Inglaterra de aquel momento.

El disco comienza con el único tema suave y acústico que encontraremos en Animals. Dividido en dos breves partes que actúan como intro y final, Pigs on the wind (Cerdos en el viento) es un remanso de calma previa a la tormenta que se desatará en los temas posteriores. Su título engancha con la mítica portada del álbum, en la que un globo con forma de cerdo al que llamaron Algie, sobrevuela la Battersea Power Station en una fotografía tomada en un día nublado. La consecución de la fotografía para la portada está llena de anécdotas, como que el globo se escapó y como medida de seguridad hubo que desviar varios vuelos del aeropuerto de Londres. Varios cazas intentaron localizarlo sin éxito, pues los radares no detectaban el plástico con el que estaba hecho el globo. Algie apareció finalmente en una granja de las afueras, después de, paradójicamente, haber asustado al rebaño de vacas de la granja.

Dogs es uno de los temas centrales del disco, diecisiete minutos de oscuridad y cinismo, denunciando a la clase formada por los perros, rabiosos guardianes del sistema y su opresión despiadada. La alternancia vocal entre Gilmour y Waters contribuye a la atmósfera de división del tema, y los solos de Gilmour potencian la intensidad y la crudeza de esta distópica y brillante pieza.

Los perros están al servicio de los cerdos, la clase dominante de este ácido y oscuro cuento. En Pigs (Three different ones) se describen tres subclases bien diferenciadas: Las grandes corporaciones, cerdos que controlan realmente al país en la sombra, los políticos que les sirven a sus oscuros propósitos, y los adinerados moralistas y las figuras religiosas que, en posesión de la verdad, esparcen la doctrina de los cerdos y lavan el cerebro de las sometidas ovejas. Impulsada de nuevo por los solos de Gilmour, y los apocalípticos salmos de la voz de Waters distorsionada por el vocoder, es el segundo momento álgido del álbum.

Sheep es la canción en la que se ofrece al oyente el gris retrato de la vida de la clase trabajadora, las ovejas de este alegato musical y proletario. Pese a trabajar sin descanso, ven como el dinero solo les alcanza para lo justo, mientras los cerdos se enriquecen a su costa, y los perros abortan violentamente cualquier intento de las ovejas por levantarse en contra del sistema establecido. Lo más crudo de este tema es que acaba sin ofrecernos una luz al final del túnel.

La melancolía del segundo tramo de Pigs on the wind, con el que se cierra el disco, parece reafirmar que todo ha vuelto al principio. El cerdo a contar los billetes, el perro a morder a quién se atreva a salirse de la fila, y la oveja a su rutina y su triste vida gris de cada día, al tiempo que Waters, Gilmour y compañía volvieron a sus contradicciones y sus coches, sus aviones y sus veleros. Cuando, en 2016, pasé una temporada viviendo y trabajando en Londres, la Battersea Power Station seguía irguiéndose majestuosa a la orilla del Támesis, y aunque nunca llegó a ser un lugar de referencia y de visita a la altura del mundialmente conocido Abbey Road, yo no falté a mi obligada cita con la vieja central, para intentar replicar la foto del disco.

Para mi sorpresa, no fue posible obtener esa preciada instantánea en las mejores condiciones, porque todo el edificio estaba en remodelación y los andamios rodeaban las vetustas chimeneas como una hiedra venenosa. Hoy en día, está previsto que albergue apartamentos de lujo, pero el viejo edificio de ladrillo rojo espera paciente y en silencio a que, un buen día, el cerdo Algie aparezca y la sobrevuele de nuevo, denunciando desde el aire que la eterna rebelión sigue aún pendiente.

Comentarios