viernes, 1 de mayo de 2026

Disco de la semana 480: Boogie With Canned Heat - Canned Heat

Boogie With Canned Heat, Canned Heat


     Canned Heat fue para mí un descubrimientos musicales que no llegó como una recomendación razonada, ni como una escucha pausada de un disco entero, sino como un fogonazo que me atravesó con una canción concreta. En mi caso, Canned Heat entró en mi vida a través de una pantalla, aquella interpretación de On the Road Again en Woodstock, con el sol cayendo sobre miles de cuerpos cansados, la banda entregada a un trance eléctrico y ese falsete imposible de Alan “Blind Owl” Wilson flotando como un espíritu sobre el boogie. Recuerdo quedarme quieto, casi sin respirar, con la sensación de estar viendo algo que no solo sonaba bien, pues sonaba verdadero, como si el blues hubiera encontrado un nuevo cuerpo donde reencarnarse. A partir de ese momento, Canned Heat se convirtió para mí en una especie de brújula emocional. Descubrí que no eran simplemente “los del boogie”, sino unos arqueólogos del alma, empeñados en rescatar el blues de los márgenes y devolverlo al centro de la vida cultural de los 60. Su misión era casi sagrada: honrar a los viejos maestros, amplificar su legado y demostrar que el blues no era un fósil, sino un animal vivo que aún podía morder.

Y en ese proceso, la armónica fue su arma secreta. Wilson la tocaba como si fuera un lamento antiguo, un hilo de aire que conectaba el Delta con la California psicodélica. No era un adorno, era un corazón latiendo. En un tiempo en que el rock se expandía hacia lo cósmico, ellos recordaban que el blues seguía siendo el pulso primario de todo. Con ese contexto, volver a Boogie with Canned Heat, publicado en 1968, es regresar al punto exacto donde la banda encontró su forma definitiva. Es su disco más influyente, el que los lanzó al mapa internacional y el que mejor captura esa mezcla de respeto por la tradición y hambre de futuro. Escucharlo hoy es como abrir una ventana a un momento en que el blues volvió a sentirse grande.

Grabado en los Liberty Studios de Los Ángeles y producido por Dallas Smith, el disco tiene esa cualidad que solo aparece cuando una banda llega al estudio con las canciones vividas, sudadas, tocadas noche tras noche. La producción es sencilla, casi transparente, porque Smith entendió que el sonido de Canned Heat no necesitaba maquillaje. Lo que había que capturar era la interacción de la guitarra volcánica de Henry Vestine, la voz y armónica de Wilson, la base rítmica sólida de Larry Taylor y Fito de la Parra, y la presencia imponente de Bob Hite, el “Oso”La crítica de la época lo recibió con sorpresa y respeto. Billboard habló de frescura; Rolling Stone, siempre exigente con los grupos blancos que interpretaban blues, reconoció su autenticidad, y el público también respondió con entusiasmo: nº16 en EE.UU y nº5 en Reino Unido. Pero más allá de los números, lo que quedó fue la sensación de que Canned Heat había encontrado su sitio en el dificil mundo el blues sin perderle el respeto.



Abre el disco Evil Woman, que entra como un inesperado zarpazo. La voz de Hite ruge como un motor viejo, y la guitarra de Vestine muerde con un filo casi salvaje. Es un blues eléctrico que entra, golpea y se queda. Desde el primer compás ya te va qeudand la sensación de que nos vamos a encontrar un disco que revive el blues desde las tripas. My Crime; Aquí la banda baja un poco el pulso, pero no la intensidad. El bajo de Taylor camina con elegancia, y Hite canta como alguien que ha cometido errores y los lleva tatuados en la voz. Es un blues sencillo pero confesional, y ahí esta su magia. On the Road Again, para mí la joya absoluta. El falsete de Wilson no parece de este mundo: es un lamento, un rezo, un mantra. La armónica sostiene notas que parecen eternas, y el ritmo circular te mete en un trance del que no quieres salir. Es una canción que no envejece porque no pertenece a una época, pertenece a un estado del alma. WorldIn A Jug es un tema que huele a bar pequeño, a madera vieja, a cerveza derramada. Vestine se marca un solo breve pero incendiario, y la banda suena como una máquina perfectamente engrasada. Es blues de calle, sin adornos. Turpentine Moan es un blues juguetón, con la armónica de Wilson serpenteando entre los acordes. No es un tema que destaque sobremanera en el disco, pero aporta textura y equilibrio. Cierra la cara A Whiskey Headed Woman No. 2, otro gran momento, pues aquí el disco se ensucia. La guitarra de Vestine suena como si estuviera a punto de romperse, y la voz de Hite se desgarra. Es un blues pantanoso, espeso, que anticipa el hard rock que vendría después. La sección rítmica mantiene todo en su sitio, evitando que el tema se desboque.

La cara B comienza con Amphetamine Annie, la cual está basada en una historia real. Es uno de los primeros temas antidroga del rock. La letra es directa, casi cruda, pero la música mantiene un groove animado que evita el moralismo. Es un recordatorio de que el blues también puede ser social, urgente y necesario. Con An Owl Song pasamos por un momento de intimidad absoluta. Wilson canta como si estuviera solo en una habitación, con la luz baja, dejando que su fragilidad se convierta en fuerza. La armónica y la slide parecen respiraciones prolongadas. Es una canción pequeña, pero de una belleza que duele. En Marie Laveau Vestine nos lleva al pantano. La figura de la sacerdotisa vudú inspira un tema oscuro, ritual, casi cinematográfico. Las guitarras reptan, el ritmo avanza como un animal lento y pesado, y la atmósfera es pura magia negra. Es otro de los grandes omentos del disco, donde las almas dolientes pagan su peaje. Y llegamos al cierre al álbum con Fried Hockey Boogie, más de once minutos de pura jam session en los que cada miembro de la banda tiene su momento. Fito brilla aquí especialmente, demostrando por qué es uno de los bateristas más infravalorados del blues-rock. Es un ritual eléctrico, una catarsis, un recordatorio de que el boogie es, ante todo, vida en movimiento.

Boogie with Canned Heat es un testimonio. Captura a una banda en su momento más inspirado, tocando con pasión, conocimiento y una honestidad que hoy se echa de menos. Escucharlo es volver a sentir aquella chispa que me atravesó al verlos en Woodstock: la certeza de que el blues, cuando se toca desde dentro, sigue siendo una fuerza imparable.

1947.- Antmusic - Adam and The Ants

 

Antmusic, Adam & The Ants


     Cuando apareció publicado Kings of the Wild Frontier en 1980, Adam and the Ants ya no eran simplemente una banda tratando de sobrevivir en el ecosistema post‑punk londinense, eran un pequeño ejército estético, una cuadrilla que había decidido inventarse su propio territorio. El disco, producido por Chris Hughes junto al propio Adam Ant, surgió de una necesidad casi visceral de empezar de cero. Adam venía de una primera formación que se le había desmoronado (literalmente robada por Malcolm McLaren)  y, lejos de hundirse, decidió reconstruirse desde la herida. Las sesiones de grabación en los estudios londinenses fueron intensas, casi rituales. Hughes, que venía de un mundo más pop, comprendió enseguida que Adam no buscaba un sonido pulido, sino un universo. La clave estaba en la percusión, el Burundi beat, ese latido tribal de tambores dobles que Adam había descubierto en grabaciones africanas y que quería llevar al pop británico como si fuera un manifiesto. Marco Pirroni, recién incorporado, aportó una guitarra clara y filosa, que daba estructura a la exuberancia rítmica. Según entrevistas posteriores, Adam hablaba del disco como de “una película sin imágenes”, un relato de tribus urbanas, de identidades reinventadas, de jóvenes que buscaban un lugar donde encajar.

En este álbum se encuentra Antmusic, que arranca con un patrón de percusión que parece ancestral, y sobre él, la guitarra de Pirroni entra con líneas tensas y luminosas, mientras Adam Ant canta con esa mezcla tan suya de ironía y autoridad, como si estuviera guiando una ceremonia más que interpretando una canción. La letra es un desafío directo a la cultura dominante. Adam no solo pide “desenchufar la jukebox”, quiere apagar un mundo entero que ya no dice nada a una generación que quiere moverse, pintarse la cara, inventarse un nombre nuevo. Antmusic era una invitación a unirse a su “tribu”, a un movimiento que mezclaba música, estética y actitud. No era solo un estilo, era una identidad alternativa para quienes no encontraban su sitio en el pop convencional. Y sobre la canción se hizo un videoclip que la termino de empujar para convertirla en un mito. Dicho videoclip, dirigido por Steve Barron, fue el primero de su carrera y se convirtió en parte esencial de la mitología Ant. La banda irrumpe en una discoteca, desconecta la gigantesca jukebox y transforma el lugar en un ritual tribal. Amanda Donohoe, pareja de Adam en aquel momento, aparece como cómplice silenciosa, reforzando la sensación de que aquello no era solo música, era una comunidad. El videoclip convertía la propuesta estética de Adam en un gesto tangible, casi político, en un momento en que el Reino Unido vivía entre la crisis económica, el desencanto juvenil y la necesidad de nuevos símbolos.