El disco de la semana 163: "Lenny" de Lenny Kravitz



Vi hace poco un artículo sobre Lenny Kravitz titulado “Cuando Lenny Kravitz molaba”, y me llamó la atención la carga de contenido crítico que tenía el título. Es cierto que hace tiempo que no nos sorprenden sus propuestas, y que sus últimos discos tienden al riesgo mínimo y a la repetición de patrones musicales encaminados al “canta conmigo” de los estadios, pero la pregunta que me vino a la cabeza fue… ¿En qué punto exacto del camino Lenny Kravitz dejó de molar?

Para responder a esa pregunta hay que hacerse primero otra. ¿Qué es lo que hace que un disco mole? Sus primeros discos tenían varios singles brillantes que transmitían la frescura y la arrogancia de un joven y talentoso multi-instrumentista, que aspiraba a la corona que ostentaban totems como Michael Jackson o Prince, pero en conjunto resultaban discos demasiado inconexos, lastrados por temas lentos o de relleno, que hacían difícil la escucha completa.

¿Es eso suficiente para que mole un disco, o lo que hace que un disco sea bueno es el sabor que nos deja el conjunto? Si la respuesta correcta es ésta última, el disco que más mola de Lenny es, precisamente, “Lenny” (2001). Un disco en el que, sin himnos rutilantes que destaquen sobre el resto, consigue una estructura de sonido homogénea y reconocible en casi todos los temas, manteniendo un buen nivel de calidad a lo largo de todo el disco que hace improbable un abandono prematuro de la escucha. Y además fue el último molón, al menos para mí, ya que a los discos posteriores les aplica la etiqueta de "riesgo mínimo" que comentaba al principio. Así que, sin más, recordemos el último momento en el que Lenny "moló".


LENNY

Hablar del disco "Lenny" es hablar de otro momento muy concreto de mi vida, y de un monstruo de las ondas radiofónicas que nos dejó hace ya mucho tiempo. Un domingo cualquiera de aquel ya lejano 2001, acompañé a mi pareja a la sede de la empresa que había formado junto a otras socias. La pequeña oficina estaba situada en el piso bajo de un bonito edificio antiguo en la zona de Atocha, muy próximo al parque del Retiro, y el plan en principio no parecía muy divertido, ella tenía que trabajar un rato en su despacho y yo, básicamente, esperaría a que terminara sentado ante la mesa de un despacho contiguo. Lo que no sabía era que mi suerte iba a cambiar, y que la felicidad de un momento depende a veces de cosas muy simples, como un viejo transistor de radio, un refresco de cola y una bolsa de esos adictivos gusanitos naranjas. Esos son los tres objetos con los que, tras una inspección rápida del lugar, contaba para sobrevivir a aquella tarde.



Encendí la radio y fui buscando con la rueda del dial, hasta que en M80 Radio encontré un programa que llamó poderosamente mi atención. El locutor estaba haciendo la entradilla, y hablaba de embarcarse con él en un vuelo a través de la música. Era el Vuelo 605 y estaba a punto de despegar. Así que abrí la lata del refresco y la bolsa de gusanitos naranjas, y me abroché el cinturón ante el inminente despegue. El comandante Ángel Álvarez anunció por megafonía que el recorrido del vuelo de aquel día sería a través del nuevo disco de Lenny Kravitz, titulado simplemente "Lenny" y de inminente publicación.

Puedo decir sin exagerar que, aquel día, nació el germen de lo que hoy es 7días7notas, al menos en mi caso. La manera en la que Ángel Álvarez fue presentando cada tema antes de ponerlo, salpicando la narración de anécdotas sobre la grabación, comentarios sobre el sonido de los instrumentos, y datos sobre la trayectoria del músico estadounidense y su momento vital, es la que he intentado aprender y trasladar a mis reseñas sobre los discos, y el placer de estar sentado escuchando y descubriendo un disco nuevo con todo lujo de detalles, es el que siento ahora cuando me siento a escuchar un disco al mismo tiempo que me documento en Internet para poder después contarlo en este blog.

Ya desde el momento del despegue quedaron claras las intenciones de Lenny Kravitz con este disco. La rockera Battlefield of love destila la energía y el particular zumbido característico que el sonido de las guitarras tenía en muchos de los temas, y que le iba a dar al disco la sensación de unidad que "Lenny" tiene. Encontró ese sonido en el estudio de grabación casero de su casa de Las Bahamas, dónde registro la mayor parte de los temas, tocando la práctica totalidad de los instrumentos, a excepción de mínimas colaboraciones y de los puntuales arreglos orquestales de algunos temas. De hecho, tras la canción de arranque y el brillante single que posteriormente sería If I could fall in love, hay que esperar hasta el tercer tema, Yesterday is gone (My dear Kay), para escuchar un instrumento que no fuera interpretado por Lenny. Hablamos del solo de guitarra y el órgano Hammond interpretados por Craig Ross, su fiel guitarrista de acompañamiento en directo y en otros discos, que aparece en esta canción dedicada a Jay Kay, vocalista y líder de Jamiroquai, en la que Lenny le recomienda abandonar la nostalgia de las grabaciones analógicas y subirse al tren del progreso digital. "El ayer se ha ido, mi querido Kay".


El nivel del disco sigue volando a miles de pies de altura con Stillness of heart, otra de las canciones que saldrían como single destacado de esta colección de buenos temas. Craig Ross repite a los mandos del solo de guitarra y, salvo los arreglos orquestales, de nuevo Lenny asume la totalidad de la instrumentación y las voces. Tras el paréntesis que supone Believe in me, pieza de corte más electrónico y ambiental en la que Lenny procesa su propia voz para crear el ritmo de la canción, el disco retoma la senda de su sonido característico con Pay to Play, que destila un ritmo "afro" en el que se combinan los efectos de mezclas en la batería y el bajo con la omnipresente guitarra rockera de Kravitz.

Que el disco mole no implica que durante el vuelo no experimentemos algunas turbulencias, y quizá A million miles away sea uno de los momentos más bajos del disco, la concesión de Lenny en forma de balada para los fans más sentimentales. Sin ser un mal tema, se convierte en el momento más pausado del viaje, el único en el que aparece la tentación de saltar al siguiente tema. No existía esa posibilidad en un programa de radio de 2001 así que aproveché el momento para ir al otro despacho y preguntar a mi chica si le quedaba mucho. Y la verdad, mis deseos habían dado un giro de 180 grados. Quería que le quedara mucho, para poder escuchar el programa del Vuelo 605 completo.

"Me queda un rato todavía" fue su respuesta, así que con una disimulada sonrisa en los labios, volví a mi asiento y me abroché de nuevo el cinturón para escuchar God Gave us all con su rotunda combinación de guitarra, bajo y batería y sus coros de tinte gospel. Pero fue con Dig in con la que las señales luminosas del cinturón de seguridad se apagaron, y no pude evitar levantarme y sacar de la funda mi "air guitar" para mover las manos al rotundo ritmo de esta breve pero intensa canción, uno de los momentos más brillantes del disco.

La recta final incluye You were in my heart, una nueva recreación de Kravitz en terrenos más electrónicos, lo que no impide que la canción sea brillante e intensa y la electrónica esté utilizada en su justa medida, sin desentonar en el conjunto. Aquí encontramos el tercer instrumento no interpretado por Kravitz, ya que incluye unos sintetizadores a cargo de un músico llamado David Baron. En realidad sólo está distrayéndonos con ritmos más pausados para crear el contraste y la sorpresa con el arranque de Bank Robber Man, el tema más rotundo en términos de sonido e intensidad rock, en el que Kravitz y Ross se sueltan al máximo y lo dan todo con sus guitarras.

Tras este subidón de adrenalina, toca iniciar el descenso del Vuelo 605 e ir reduciendo velocidad en los motores, para lo cuál funciona muy bien un tema cómo Let´s get high, más lento y melódico pero igualmente acertado. El Vuelo 605 había llegado a su destino. Ella terminó su trabajo y yo conté las horas y los días hasta que el disco estuvo disponible en las tiendas. Gracias Ángel Álvarez, como echamos de menos aquellos programas, y aquellos discos de Lenny Kravitz que molaban lo suficiente como para que los desmenuzaras con tu habitual maestría a bordo del Vuelo 605.

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