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viernes, 19 de junio de 2026

Disco de la semana 487 · Homenaje


Disco de la semana 487 · Homenaje

EL INDIO SOLARI
1949 — ∞

Músico, poeta, fugitivo de cualquier tendencia de moda, creador de un movimiento. El hombre que convirtió un estadio en una catedral y una letra en un conjuro. El último gran mito del rock argentino acaba de cerrar los ojos, pero su obra nunca va a apagarse.

Hay artistas que nacen en el centro del mapa y hay artistas que nacen en los márgenes y desde ahí reescriben el mundo. Carlos «el Indio» Solari perteneció siempre al segundo grupo, incluso cuando millares de personas coreaban cada una de sus palabras en estadios que ninguna otra banda argentina había llenado de esa manera. Nació en Paraná, capital de Entre Ríos una provincia Argentina, el 17 de enero de 1949, y pronto su familia se mudó a La Plata capital de la Provincia de Buenos Aires, esa ciudad universitaria y gris que en los años sesenta vibraba con ideas prohibidas, arte callejero y el olor a mimeógrafo de los panfletos clandestinos.

Desde adolescente el Indio se movió en ese borde entre la rebeldía intelectual y la contracultura popular. Las lecturas que lo marcaron no eran las del canon escolar: Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti y Gregory Corso —los beats norteamericanos— le enseñaron que la poesía podía vivir en la calle, en el jazz, en los márgenes de un cuaderno de ruta. Las historietas y la ciencia ficción le dieron otro lenguaje: el de las metáforas oblicuas, el universo como escenario para hablar de lo cotidiano sin decirlo de frente. Con dieciocho años ingresó al Instituto de Bellas Artes de La Plata, pero duró un año. «En esa época lo más importante era la rebeldía», le diría décadas después a la revista La García. La expulsión, lejos de frenarlo, lo empujó hacia algo más interesante que cualquier diploma.

En los años setenta compartía un taller de estampado de telas en Valeria del Mar otra localidad de la Provincia de Buenos Aires —lo llamaban El Mercurio— con Guillermo Beilinson, hermano del que sería el guitarrista de su vida. Ya entonces era descrito por sus vecinos como un personaje enigmático: ácido, poco convencional, imposible de clasificar. Esa condición de extranjero dentro de cualquier sistema sería siempre la materia prima de su arte.

Patricio Rey y una banda que no existía

La historia oficial dice que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota nació en La Plata a mediados de los setenta, aunque definir una fecha exacta es casi imposible porque Los Redondos resistieron siempre cualquier forma de archivo o documentación oficial. Era una banda que funcionaba más como célula artística que como empresa del entretenimiento: el Indio en la voz y las letras, Skay Beilinson en las guitarras, y Poli Martínez Tata como directora artística y alter ego visual —la pieza que muchos análisis posteriores olvidarían mencionar—. Juntos construyeron no solo una estética sonora sino toda una cosmología: un sistema de símbolos, palabras inventadas, personajes recurrentes y referencias cruzadas que exigía al oyente convertirse en algo más que un oyente pasivo.

En plena dictadura, cuando la censura podía decidir qué palabras eran peligrosas, el Indio desarrolló un estilo deliberadamente hermético. Sus letras no daban puntada sin hilo pero tampoco daban el hilo fácilmente: había que ganarse el sentido. «Ji ji ji», «La bestia pop», «Un poco de amor francés» —canciones que la revista Rolling Stone Argentina ubicaría entre las cinco mejores del rock nacional— funcionan como rompecabezas donde cada pieza puede leerse sola o en el conjunto. Esa densidad lírica, lejos de alejar al público, generó una fidelidad sin precedentes en la historia del rock local.

La única aparición televisada de el Indio Solari con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue en una conferencia en agosto de 1997, luego de un recital suspendido en Olavarría. Rehuyó siempre los reflectores de las bandas de modas como si la exposición masiva fuera a corroer algo esencial.

La discografía de Los Redondos es una de las más compactas y densas del rock iberoamericano. Desde Gulp! (1985) hasta Momo Sampler (2000), cada disco fue un paso más adentro de ese territorio propio, inimitable. Oktubre (1986), que en 2007 la revista Rolling Stone Argentina ubicó en el cuarto puesto de los mejores cien álbumes del rock argentino, sigue siendo para muchos el corazón del canon ricotero: doce canciones que destilan el espíritu de una generación que salía de la oscuridad de la dictadura sin saber exactamente qué clase de luz la esperaba. Un baión para el ojo idiota (1988) profundizó esa exploración. ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado (1989) apareció en el puesto 33 del mismo ranking. Luzbelito (1996) cerró una década prodigiosa.

La discografía

1985 Gulp!
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

1986 Oktubre
N.° 4 — Rolling Stone Argentina

1988 Un baión para el ojo idiota
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

1989 ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado
N.° 33 — Rolling Stone Argentina

1993 Lobo Suelto! Cordero Atado!
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

1996 Luzbelito
N.° 88 — Rolling Stone Argentina

1998 Último bondi a Finisterre
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

2000 Momo Sampler
Último disco de Los Redondos

2006 El tesoro de los inocentes
Indio Solari y Los Fundamentalistas

2014 Pajaritos, bravos muchachitos
El disco que reunió a miles de fans. 

Cuando Los Redondos se disolvieron —en silencio, sin conferencia de prensa, sin gira de despedida— muchos auguraron que el Indio desaparecería en el retiro. No ocurrió nada parecido. En 2004 formó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, un nombre que era ya en sí mismo un poema: el frío artificial como metáfora de tiempos que enfriaban lo que debería arder. La banda incluyó a Julio Sáez y Baltasar Comotto en guitarras, Marcelo Torres en bajo, Hernán Aramberri en batería, y una sección de vientos y teclados que ampliaron considerablemente la paleta sonora. En los créditos de los discos, el Indio fue apareciendo bajo distintos seudónimos —«Caballo Loco», «Monsieur Sandoz», «El Fisgón Ciego», «Protoplasman»— como si incluso su nombre fuera un disfraz que podía cambiarse según la canción.

Lo que no cambió fue la capacidad de convocar. El 12 de abril de 2014, en Gualeguaychú —su provincia natal, la de Paraná—, 170.000 personas asistieron al show de presentación de Pajaritos, bravos muchachitos, batiendo su propio récord personal. En esa misma noche ocurrió algo simbólicamente poderoso: por primera vez desde la separación de Los Redondos, el Indio compartió escenario con Semilla Bucciarelli, Walter Sidotti y Sergio Dawi. Un reencuentro que no era nostalgia sino demostración de que algunas amistades sobreviven a todo.

Los shows de Los Fundamentalistas tenían algo de acto litúrgico. Las fechas en Tandil en 2016 y en Olavarría en 2017 se transformaron en eventos que excedían cualquier categoría de «concierto de rock»: eran peregrinaciones. Decenas de miles de personas viajaban desde todos los rincones del país, acampaban días antes, construían comunidades efímeras alrededor de esa música que les había dado un lenguaje propio para nombrar el mundo.

El Parkinson y el fuego que no se apaga

En sus últimos años, el Indio enfrentó el Parkinson —una enfermedad que es para un músico una crueldad especial, porque ataca el cuerpo desde adentro, le roba el control de los movimientos, le complica el habla. Pero ni siquiera eso lo detuvo del todo. Continuó creando bajo nuevos proyectos, explorando territorios íntimos que sus fanáticos seguían con la misma devoción de siempre. La producción artística no se interrumpió: simplemente encontró otras formas de existir.

El 5 de junio de 2026, Carlos «el Indio» Solari falleció. Argentina perdió a uno de sus artistas más singulares, irreproducibles. El rock latinoamericano perdió a una voz que no tenía equivalente. Los ricoteros —ese término que es identidad, tribu y orgullo— perdieron a quien les había enseñado que la música podía ser al mismo tiempo poesía, filosofía y fiesta popular.

El Indio Solari construyó algo que muy pocos artistas logran: una relación con su público que no dependía de los medios, de las radios ni de las discográficas. Era directa, carnal, casi clandestina. Sus fans no consumían su música; la habitaban.

Hablar del Indio Solari es, para quienes crecimos escuchándolo, hablar de nosotros mismos. Sus discos fueron la banda sonora de adolescencias, de primeros amores, de años difíciles y de madrugadas largas. Oktubre sonó en habitaciones donde se discutía política y en autos donde simplemente se escapaba del mundo. «Ji ji ji» llegó al quinto puesto de las mejores canciones del rock argentino según Rolling Stone y MTV no porque una revista lo decidiera, sino porque las personas la seguían cantando décadas después de haberla escuchado por primera vez.

El legado del Indio es múltiple. Como letrista, demostró que el español rioplatense podía sostener una poética tan densa y exigente como cualquier tradición literaria. Como figura, demostró que era posible ser masivo sin venderse, convocante sin ser televisivo, popular sin ser populista. Como mito, demostró que en tiempos de transparencia total y redes sociales que lo devoran todo, todavía era posible mantener una distancia, una zona de sombra que hiciera a la obra más grande que la persona.

No te quedes sin escuchar su discografía. Empezá por Oktubre si todavía no lo hiciste. Seguí con Gulp!, con Un baión para el ojo idiota, con ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado. Después llegá a Luzbelito y de ahí a los Fundamentalistas. Dejate perder en esas letras que nunca entregan el significado de golpe, que te obligan a volver, a escuchar otra vez, a buscar el hilo que el Indio tejió con precisión de artesano y actitud de rebelde.

Sumate a esos miles —millones— de fanáticos ricoteros que hoy lloran y que mañana van a volver a poner un disco a todo volumen porque así se le hace el duelo a alguien como él. No en silencio. Con el volumen a fondo.

GRACIAS INDIO
1949 — la música no muere ∞