Hay discos que llegan con la presión de confirmar algo, y otros que simplemente se atreven a repetir la fórmula sabiendo que esa fórmula todavía tiene mucho que dar. Room on Fire, el segundo álbum de The Strokes, pertenece claramente al segundo grupo. Escucharlo es volver a esa misma Nueva York de guitarras entrelazadas, noches largas y actitud despreocupada que la banda había retratado en su debut, pero con algunos matices nuevos: sintetizadores discretos, un pulso ligeramente más bailable y una producción algo más cuidada, aunque sin perder esa textura urbana que los hizo únicos.
Publicado en 2003, Room on Fire llegó en un momento delicado. Is This It había sido recibido como una revolución silenciosa del rock, y la pregunta obligada era si The Strokes podían sostener ese nivel sin repetirse ni traicionarse. La respuesta de la banda fue casi provocadora en su sencillez: no reinventarse, sino profundizar. Cinco músicos volviendo a tocar canciones cortas, directas, llenas de guitarras, con Julian Casablancas cantando con esa mezcla ya reconocible de indiferencia y desgaste.
Pero, como en su debut, detrás de esa aparente comodidad había decisiones muy pensadas.
The Strokes entendieron que no hacía falta cambiar de identidad para evolucionar. Bastaba con ajustar los matices: un poco más de brillo en los teclados, ritmos algo más marcados pensando en la pista de baile, y guitarras que seguían dialogando entre sí como en los mejores momentos de Television o Blondie. Room on Fire no rompe con la tradición neoyorquina que definió a la banda; la estira con cuidado.
Nueva York como sonido, otra vez
La relación entre The Strokes y su ciudad seguía intacta en este segundo álbum. La banda no sonaba como una agrupación imitando referencias lejanas; su identidad seguía anclada en la propia historia musical de Manhattan.
En Room on Fire hay guitarras que conversan, melodías pegadizas escondidas bajo capas de aparente desgano, y una producción que, aunque más pulida que la de Is This It, conserva ciertas asperezas deliberadas. Las canciones siguen sin buscar el lucimiento técnico. Todo sigue al servicio de la canción.
El comienzo con "What Ever Happened?" funciona casi como una respuesta directa a las expectativas generadas por el disco anterior. La guitarra distorsionada de la introducción, casi como una pequeña provocación, da paso a un tema que deja claro que la banda no tiene intención de esconderse ni de complacer fácilmente.
Después llega "Reptilia", posiblemente el corazón del álbum. Ahí queda clarísimo lo que The Strokes buscan: un riff hipnótico, una energía contenida que explota en el estribillo, y esa capacidad de la banda para sonar urgente sin perder el control. Es música para escuchar caminando rápido, casi corriendo, por una ciudad que nunca se detiene.
Canciones pequeñas que vuelven a sonar enormes
Una de las virtudes que Room on Fire hereda de su predecesor es la capacidad de construir grandes atmósferas a partir de situaciones cotidianas.
"12:51", "The Way It Was", "Between Love and Hate" o "Automatic Stop" parecen canciones sobre asuntos pequeños: relaciones que no terminan de funcionar, rutinas nocturnas, la incomodidad de crecer sin certezas. Pero la banda vuelve a transformar esos temas en algo que suena más grande de lo que parece en el papel.
"12:51" es quizás el ejemplo más claro. Su sintetizador, discreto pero presente, marca una de las mayores diferencias respecto al debut, y sin embargo la canción conserva esa nostalgia inmediata que ya era marca de la casa. Es un tema sobre el paso del tiempo dentro de una relación, y logra que esa nostalgia parezca, otra vez, algo cotidiano.
"The Way It Was" recupera el tono más melancólico del grupo, con una atmósfera casi nocturna que recuerda a ciertos pasajes de Is This It, pero con una producción algo más envolvente.
La sombra larga de la vieja Nueva York
Escuchar Room on Fire después de conocer bien Is This It permite notar cómo la banda mantiene el mismo linaje musical, aunque con matices distintos.
Sigue estando ahí la actitud de The Velvet Underground, el diálogo de guitarras heredado de Television, la economía de Ramones y esa capacidad, tan neoyorquina, de mezclar cultura underground con melodías capaces de llegar a audiencias masivas. The Strokes no abandonaron ese lenguaje en su segundo disco: simplemente lo pulieron un poco, sin perder su espíritu callejero.
Eso es lo que evita que Room on Fire se sienta como una simple repetición de fórmula.
La voz de Casablancas, otra vez
La voz de Julian Casablancas sigue siendo un elemento central. Aquí suena, si acaso, un poco más procesada, con ciertos efectos que la distancian todavía más, acentuando esa sensación de estar escuchando a alguien contar algo importante sin querer admitir que le importa.
Ese contraste —energía musical frente a actitud indiferente— sigue siendo una de las claves del sonido de la banda, y en Room on Fire se mantiene casi intacto.
"Under Control" y el lado más suave de la banda
"Under Control" muestra una faceta distinta de The Strokes: un tempo más lento, casi con aire de soul discreto, que demuestra que la banda no dependía únicamente de la velocidad y la urgencia para sostener una canción.
Ese equilibrio entre temas más acelerados y momentos más pausados es una de las características que hacen de Room on Fire un disco con más variedad de la que suele reconocérsele.
Un disco que sigue sonando a Nueva York
Más de dos décadas después, Room on Fire conserva esa cualidad de no sentirse completamente atrapado en su año de lanzamiento. Suena a comienzos de los 2000, mira hacia el rock de los setenta y ochenta y, sobre todo, sigue sonando a Nueva York.
Es un disco que acompaña bien una caminata nocturna, un trayecto en metro por Manhattan o una madrugada saliendo de algún bar pequeño del Lower East Side.
"What Ever Happened?" abre con desconfianza.
"Reptilia" acelera el pulso.
"12:51" introduce la nostalgia con sintetizadores.
"Under Control" baja el ritmo.
"The Way It Was" cierra con melancolía.
¿Por qué escuchar Room on Fire?
Porque es uno de esos discos que demuestran que una banda puede sostener su identidad sin repetirse literalmente. No es el álbum que reinventó el sonido de Nueva York —ese mérito ya lo tenía Is This It—, pero sí es el disco que demostró que ese sonido podía sostenerse, ajustarse y seguir funcionando.
The Strokes volvieron a demostrar algo simple: no hacía falta reinventarse por completo para seguir sonando vigentes.
Bastaba con las guitarras.
Bastaba con una batería precisa.
Bastaba con una voz cansada, ahora un poco más procesada.
Y bastaba con cinco músicos demostrando que la fórmula que los hizo grandes todavía tenía mucho para dar.
Room on Fire es, en definitiva, la confirmación de que The Strokes no fueron un accidente. Es una segunda postal de la misma ciudad, tomada desde un ángulo apenas distinto. Y quizás por eso sigue siendo tan recomendable: porque cuando suena "Reptilia", durante unos minutos volvemos a caminar por esa misma Nueva York.
Daniel
Instagram storyboy
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