Tom Waits es mucho más que un músico, es un personaje de realismo sucio que parece haber escapado de una novela de Raymond Carver o Charles Bukowski, tiene una voz que ha sido descrita como si estuviera sumergida en un vaso de bourbon, ahumada durante meses y luego atropellada por un tranvía, y con esos ingredientes, Waits ha construido una carrera única dividida, a grandes rasgos, en dos etapas. En sus inicios en los años 70, Waits encarnó al "beatnik" trasnochado, un pianista de jazz de clubes de mala muerte que cantaba sobre perdedores, borrachos y amores rotos bajo la luz de neón. Con el tiempo, y gracias en gran medida a la influencia de su esposa y colaboradora Kathleen Brennan, su estilo evolucionó hacia algo mucho más experimental, incorporando percusiones industriales, sonidos de vanguardia y una instrumentación casi circense. Pero lo que hace a Waits especial es su capacidad para encontrar la belleza en lo grotesco, sus letras son alta literatura: retrata a la clase trabajadora, los marginados y los soñadores con una empatía cruda pero profundamente tierna, ha influido en incontables artistas, desde Bruce Springsteen hasta Nick Cave, manteniéndose siempre fiel a su estética de "chatarrero de canciones", un actor consumado, un narrador de historias y un arquitecto del sonido que ha logrado convertir el ruido en una de las discografías más coherentes y aclamadas de la historia del rock.
Lanzado en septiembre de 1980, Heartattack and Vine es un álbum de transición fundamental, representa el último suspiro de su etapa con el sello Asylum Records y el cierre de su sonido más "bluesy" antes de dar el salto al caos creativo de Swordfishtrombones, el disco es pantanoso, oscuro y rudo. En él, Waits explora un R&B sucio y un blues eléctrico que araña los oídos, la canción que da título al álbum es un despliegue de cinismo y realidad urbana, pero el disco equilibra esa agresividad con baladas de una delicadeza abrumadora. Es un trabajo que suena a una ciudad que nunca duerme, pero que tiene una resaca permanente. Heartattack and Vine consolidó su reputación como un autor capaz de pasar de un gruñido amenazante a un susurro vulnerable en cuestión de segundos, dejando claro que, tras la fachada del tipo duro de bar, latía un corazón de romántico incurable. Jersey Girl es, probablemente, la canción más dulce y directa en el catálogo de Tom Waits, en un repertorio lleno de historias de crímenes y desesperación, este tema destaca como un himno al amor sencillo y redentor, escrita para su entonces futura esposa, Kathleen Brennan (quien era de Nueva Jersey), la canción rompe con la imagen de Waits como el eterno habitante de los bajos fondos de Los Ángeles, aqui el narrador está ansioso por dejar atrás la ciudad, las luces brillantes y el bullicio para cruzar el puente hacia el estado vecino y encontrarse con su chica. La letra es una oda a la anticipación romántica, detalles como "ponerse la camisa de seda" o "cepillarse el pelo" humanizan al personaje de Waits, mostrándolo como un hombre que se prepara con ilusión para una cita. El estribillo, con su inolvidable "Sha la la la la la la", evoca la nostalgia de los grupos vocales de los años 50 y 60 (el Doo-wop), otorgándole a la pieza una atmósfera de inocencia clásica. Musicalmente es pausada, con un ritmo que parece el balanceo de un coche cruzando el puente George Washington. Su voz aquí no raspa tanto; suena cansada pero feliz, como alguien que finalmente ha encontrado un puerto seguro. Curiosamente, la canción alcanzó una dimensión masiva gracias a Bruce Springsteen, el hijo predilecto de Nueva Jersey, comenzó a versionarla en vivo poco después de su lanzamiento, convirtiéndola en un pilar de sus conciertos. Springsteen le inyectó una energía de estadio, pero la esencia —esa vulnerabilidad del hombre que solo quiere estar con su mujer— permaneció intacta.
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