El disco de la semana 219: Dirty Mind, Prince


Tras los dos primeros álbumes de estudio, en los que básicamente había trabajado solo, Prince empezó a formar una banda de apoyo con sus colaboradores más cercanos y músicos de la emergente escena musical de Minneapolis. Eso influyó en el origen de las canciones, que antes surgían y se trabajaban en soledad, y ahora nacían también de las sesiones de ensayo e improvisación con la banda. Matt Fink, que formaría después parte de The Revolution como el "Dr. Fink", improvisó un solo de teclado que dejó impresionado a Prince durante una de esas sesiones. Al caer la noche, los músicos se fueron a sus casas, pero Prince siguió trabajando en el tema, y al día siguiente estaba lista la maqueta de Dirty Mind, la canción que daría título al tercer álbum de Prince, y que marcaría la línea musical del resto del disco. Prince reservó el solo de teclado de la versión final para que fuera interpretado por Fink, que acabaría tocando también el teclado en Head, otro de los tótems del disco. Pese a estas dos puntuales colaboraciones, y algunos coros de Lisa Coleman (otra futura integrante de The Revolution, también al mando de los teclados), el resto del disco responde a la popular frase que aparecía en la contraportada de todos sus discos, es decir, que está "producido, arreglado, compuesto e interpretado por Prince".

 

Curiosamente, y aunque no tocaron realmente en el disco, Prince muestra a la banda al completo en la solapa interior del disco, con sus nombres pintados con spray en la pared, en un reconocimiento a la banda que le iba a acompañar en la gira de promoción del disco, una de las más valoradas por sus fans a lo largo de los años, y en la que el público asistente a aquellos conciertos pudo comprobar la increíble metamorfosis de Prince, que pasó súbitamente del virtuoso pero tierno adolescente de los inicios, al lascivo y provocador artista que salía al escenario en calzoncillos y gabardina, haciendo abrasivos solos de guitarra y cantando sobre sexo oral, amores incestuosos y sucios pensamientos. Una metamorfosis que no habría sido posible sin el poder de las canciones de Dirty Mind, un viaje vertiginoso hacia la lujuria, ideado por una mente tan "sucia" como privilegiada.

Sin llegar a poder considerarse un álbum conceptual, Dirty Mind se desmarca completamente de sus dos discos anteriores por la increíble cohesión y unidad tanto en temática como en sonido. El viaje sonoro comienza con el personaje central, un adolescente obsesionado con el sexo, detallando lo que le gustaría hacer con una chica en el coche de su padre, y reconociendo que, por todo ello, reconoce tener la "mente sucia". El comentado solo de teclados del Dr. Fink es sencillamente antológico, y la oscuridad retro del resto de teclados marca la oscura atmósfera del disco, mientras la guitarra le da un sorprendente toque a T. Rex y Marc Bolan al conjunto.

A lo largo y ancho de las ocho canciones que lo componen, el protagonista colecciona a partes iguales éxitos y fracasos sexuales, en su interacción con mujeres sexualmente liberadas del mundillo del Uptown de Minneapolis, pero es especialmente en When you were mine dónde los sentimientos del personaje ahondan más allá del sexo, para hablar del dolor por la pérdida amorosa, reconociendo quererla incluso "más de lo que lo hacía cuando eras mía", y con un inquietante tono voyeurista y enfermizo ("Ahora paso mi tiempo siguiéndole a él cada vez que te ve"). Musicalmente es, además, el mejor tema del disco, con la guitarra de Prince emulando a T. Rex aún más de lo que anticipaba en el tema de inicio. Y sin embargo, y quién sabe si jugando a la confusión o al despiste, Prince declararía que se le ocurrió la canción en una habitación de hotel en Birmingham (Reino Unido), mientras escuchaba a John Lennon.

La atmósfera de Do it all night está construida sobre un auténtico muro de sintetizadores, tan exagerado y potente como la fanfarronada de la letra, en la que un de nuevo excitado adolescente promete una noche de sexo ininterrumpido. "Quiero hacerlo toda la noche, y hacértelo bien" es la máxima del estribillo. La realidad parece que fue otra, o que en aquella relación no todo lo importante fuera el sexo, porque en Gotta Broken Heart Again, la balada taciturna del disco, el chico se derrumba y reconoce que le han vuelto a romper el corazón otra vez.

En ese momento, y superado el enésimo duelo emocional, todo vuelve a empezar de nuevo. Llega el fin de semana y "todo el mundo va a Uptown, el lugar dónde yo quiero estar, allí puedes liberar tu mente, todo el mundo está caliente, y yo no quiero parar". Uno de los temas álgidos del disco, con una generosa parte final de rítmica instrumentación funk, tras la cuál y sin mediar silencio nos adentra en lo que parece ser un sueño o anhelo secreto del personaje, que describe lo que parece un episodio de sexo oral con una novia en el día de su boda. Aquí el contrapunto está en los sensuales y tentadores coros de Lisa Coleman, que casi susurrando van enloqueciendo cada vez más a su partenaire. En este tema el Dr. Fink se marca su segundo y último solo.

El cierre del disco está marcado por el predominio de las guitarras a lo T. Rex en Sister, la polémica canción sobre una supuesta relación incestuosa entre el personaje y su hermana, y en el cierre funk de Partyup. "Nos importa una mierda, solo queremos fiesta", "Rock and roll revolucionario", y demás mensajes festivos, entrelazados con dispersos y confusos mensajes de corte anti-bélico, al abrasivo ritmo del funk más sucio, culminando con un coro gospeliano-festivo mientras el personaje clama desde lo más alto de la fiesta: "Vas a tener que pelear tu propia maldita guerra, porque no queremos pelear más".

 El disco fue una auténtica muestra de "Rock and Roll revolucionario" para la crítica del momento, sorprendida e impresionada a partes iguales por la transformación y el desafío que el álbum suponía. Es famosa la crítica de Robert Christgau, un confeso admirador de los Rolling Stones, que tras escucharlo declaró que después de aquello "Mick Jagger tendría que envainársela e irse para casa". Al leer ese comentario, un intrigado Mick Jagger fue a un concierto de Prince, y tras verlo en directo le ofreció que él y su banda telonearan a los mismísimos Rolling Stones. A la larga, y por la violenta reacción de un público demasiado cerrado ante la provocación de un adolescente negro en calzoncillos y gabardina, aquellos conciertos no funcionaron, pero en su momento, aquel ofrecimiento de Jagger debió ser, para una mente tan sucia, algo parecido al mejor de los orgasmos.

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