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En este caso, la canción es un reflejo de la difícil vida en Woking, la localidad de clase trabajadora en la que creció. La mirada de Weller convierte ese paisaje cotidiano en un conjunto de pequeñas escenas de frustración económica, monotonía, sueños abandonados y vidas que parecen repetirse en un puñado de calles, familias, recuerdos y rutinas, con un lenguaje cercano que la hace universal. Habla de Woking, pero encajaría perfectamente para cualquiera de las poblaciones industriales británicas castigadas por las transformaciones económicas de los años ochenta.
Desde el primer instante, Town Called Malice avanza impulsada por un ritmo de inspiración soul y Motown. La influencia del Northern Soul también forma parte de la evolución sonora que The Jam estaba mostrando en The Gift. El bajo de Bruce Foxton empuja la canción hacia delante mientras batería, guitarra y teclados construyen un ritmo luminoso, urgente y extraordinariamente contagioso, alejado de la mirada musical sombría que suele acompañar a este tipo de relatos. Ese exquisito e inesperado contraste es lo que hace especial a Town Called Malice.
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