Canciones que nos emocionan: De música ligera, #MesSodaStereo



Hace ya algunos años, en un viaje de trabajo en el que coincidimos compañeros de diferentes nacionalidades, después de una de las jornadas tuvimos la inevitable cena en común en el hotel. A la cena siguieron las copas y, creyendo firmemente que una retirada a tiempo es una victoria, a la segunda copa lancé una bomba ninja y desaparecí entre la humareda, para poder dormir un tiempo razonable antes de la jornada de trabajo siguiente. Hasta entonces, cuando el DJ ponía una canción representativa de una nacionalidad, se producía el consiguiente subidón por parte de los nacidos en ese país, pero nada comparable a lo que estaba por llegar en el caso de los argentinos.

Mi habitación estaba en la primera planta, lo suficientemente alejada del bar de la planta baja como para que la música no fuera más que un murmullo lejano. Estaba ya a punto de dormirme, cuando sonaron las primeras notas de "De música ligera" y fue como si un terremoto argentino estuviera azotando los cimientos del hotel. Tan sorprendido e intrigado estaba, que salí en pijama hasta el pasillo de la planta y me acerqué a los ventanales que daban al bar del hotel. Desde allí, pude ver al grupo de argentinos invadir el escenario destinado al karaoke, saltando y gritando a los micrófonos cuando llegó el estribillo de aquella canción, hasta entonces desconocida para mí:

"De aquel amor, de música ligera
Nada nos libra, nada más queda"

Me quedé tan impactado con la fuerza de aquella canción, y con el sentimiento que provocaba entre los argentinos, que al día siguiente pregunté a uno de ellos, al que presidía el centro de aquel escenario y cantaba a voz en grito con los ojos cerrados y una gran sonrisa en su rostro, por el grupo y el significado de la canción. Y así fue como Storyboy me habló por primera vez de Soda Stereo, de Gustavo Cerati, de música ligera y de lo que ocurre cuando llega un temblor como el que se produjo aquella noche, al llegar una y otra vez aquel mágico estribillo.

Ya de vuelta en Madrid, busqué la canción y todo lo que pudiera encontrar relacionado con ella y, para ver si su magia iba más allá de fronteras y edades, probé el experimento con infantes españoles. Busqué la versión en directo con la que Andrés Calamaro cerraba "Los chicos" en una de sus giras, y se la puse por sorpresa a mis hijos, como el que oculta la verdura entre una gran capa de tomate para que los niños la tomen. El resultado, tras la primera escucha, fue pedir ansiosamente una segunda, ante el influjo de aquellos versos finales añadidos a la canción. Y en la segunda, hacia el final de la canción, cuando Calamaro atacó de nuevo el mágico estribillo de Soda Stereo, la escena volvió a repetirse. Mis hijos, presa de un extraño paroxismo, cerraron los ojos y cantaron a voz en grito, con una gran sonrisa en su rostros, presos de la magia que desprendía, pese a no saber todavía lo que era aquel amor, de música ligera, del que desde entonces nada nos libra, y nada más queda. Ni nada menos.

Comentarios