Start Me Up - The Rolling Stones
No recuerdo exactamente dónde estaba la primera vez que escuché Start Me Up. La memoria tiene esa extraña costumbre de borrar los detalles menos importantes y conservar intactas las emociones. No podría decir si sonaba en la radio del coche de mis padres, en un viejo equipo de música o en algún programa de televisión. Lo que sí recuerdo es la sensación. Ese riff apareció de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta de una patada, y durante cuatro minutos el mundo pareció moverse a otro ritmo.
Había escuchado rock antes, claro. Pero aquello era diferente. No era una canción que pidiera permiso para entrar. Simplemente lo hacía. La guitarra de Keith Richards parecía construida con tres acordes y toneladas de actitud, mientras Mick Jagger cantaba con esa mezcla de arrogancia, diversión y picardía que solo él puede convertir en una marca registrada. Sin entender del todo la letra, ya sabía que estaba escuchando algo especial.
Con los años descubrí que Start Me Up casi termina siendo una canción de reggae. Cuesta imaginarlo cuando uno conoce la versión definitiva. Parece imposible pensar ese riff con otro ritmo. Quizá esa sea la magia de las grandes canciones: una vez encuentran su forma perfecta, resulta difícil creer que alguna vez pudieron ser distintas.
Cada cierto tiempo vuelvo a escucharla. No porque necesite recordar cómo suena, sino porque necesito recordar cómo me hace sentir. Hay canciones que envejecen junto a nosotros y otras que permanecen exactamente iguales, esperando pacientemente a que volvamos a ellas. Start Me Up pertenece a esa segunda categoría. Da igual si han pasado diez, veinte o cuarenta años. Cuando comienza, vuelve a despertar la misma sonrisa involuntaria.
Con el tiempo entendí que los Rolling Stones habían construido una carrera llena de himnos, pero este tiene algo especial. No intenta demostrar que la banda es virtuosa ni revolucionaria. Solo transmite una confianza absoluta en lo que hace. Es el sonido de un grupo que conoce perfectamente sus fortalezas y disfruta cada segundo de ellas. Esa seguridad es contagiosa.
Quizá por eso la canción ha sobrevivido a generaciones enteras. La he escuchado en estadios, en películas, en anuncios y hasta en reuniones donde nadie se ponía de acuerdo con la música. Siempre ocurre lo mismo: alguien empieza a mover el pie, otro marca el ritmo con la cabeza y, antes de que nos demos cuenta, todos estamos tarareando el estribillo.
Cada vez que termina pienso en aquella primera escucha, aunque ya no recuerde el lugar exacto. Tal vez no importe. Hay canciones que quedan asociadas a una fecha o a una persona. Start Me Up, en cambio, quedó asociada a una sensación: la de descubrir que el rock podía ser descarado, elegante, divertido y eterno al mismo tiempo. Y esa sensación, afortunadamente, la memoria nunca la dejó escapar.
Daniel
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