Ride Like the Wind - Christopher Cross
“Ride Like the Wind” suena como el comienzo de una película que ya está en marcha. No hay prólogo ni presentación: la canción arranca con un pulso decidido, como si alguien hubiera girado la llave y el motor ya estuviera caliente. Desde los primeros segundos, Christopher Cross propone una huida. No sabemos exactamente de qué, ni hacia dónde, pero la urgencia está ahí, latiendo bajo esa base rítmica que mezcla suavidad californiana con una tensión casi física.
La voz de Christopher Cross entra sin estridencias, clara y contenida, como la de alguien que intenta mantener la calma mientras pisa el acelerador. No grita su libertad, la susurra con convicción. “It is the night, my body’s weak…” canta, y en esa frase ya se dibuja un personaje: alguien cansado, quizá herido, pero decidido a seguir adelante. La noche no es un refugio romántico sino un territorio necesario para escapar, un espacio donde el movimiento importa más que las respuestas.
Musicalmente, la canción es un equilibrio perfecto entre elegancia y empuje. El bajo marca el camino con firmeza, la batería sostiene el avance constante y los teclados aportan ese brillo tan característico del soft rock de fines de los setenta, un sonido pulido que no por eso resulta inofensivo. Hay una sensación de velocidad controlada, como manejar por una ruta infinita con las manos firmes en el volante y la mente lejos de todo.
El estribillo no estalla: se abre. “Ride like the wind” no es una consigna heroica sino una invitación íntima, casi un mantra. La idea de correr “para ser libre otra vez” tiene algo de confesión tardía, de promesa que se hace a uno mismo cuando ya no queda mucho que perder. No es casual que Michael McDonald aparezca en los coros, elevando el final con esa voz que suena a redención posible, a llegada cercana aunque todavía invisible.
Lo interesante de la canción es que nunca explica del todo su historia. Hay referencias a hijos, a una vida que quedó atrás, a un pasado que pesa, pero todo está dicho de forma oblicua, como pensamientos que cruzan la cabeza mientras el paisaje pasa rápido por la ventanilla. Esa ambigüedad es parte de su fuerza: cada oyente puede proyectar su propia fuga, su propio motivo para seguir.
“Ride Like the Wind” no trata solo de escapar, sino del impulso vital de seguir moviéndose cuando quedarse quieto ya no es una opción. Es una canción luminosa, pero no ingenua; optimista, aunque nacida del cansancio. Como un amanecer visto desde la ruta, promete algo mejor más adelante, sin garantizar nada. Y quizá por eso sigue funcionando: porque todos, en algún momento, necesitamos creer que basta con avanzar un poco más para volver a sentirnos libres.
Daniel
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