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| La esquina del viento, Medina Azahara |
A principios de los años 80, Medina Azahara era un grupo joven, pero con una personalidad que empezaba a abrirse paso entre la vorágine musical de la España de la Transición. Venían del impacto de su debut homónimo de 1980, un disco que hizo que la crítica les situara como herederos naturales, aunque no imitadores, del legado de Triana. El país cambiaba rápido, las radios buscaban nuevos sonidos y el rock andaluz necesitaba demostrar que seguía latente. En ese clima, la banda entró en los Estudios Eurosonic de Madrid para grabar su segundo álbum: La esquina del viento (1981). El grupo llegaba con más tablas, más ambición y una idea clara, pues querían un sonido más pulido, más profesional, sin perder ese perfume sureño que los distinguía. La producción de Gonzalo García Pelayo y Julio Palacios fue decisiva. Ambos entendieron que Medina Azahara necesitaba crecer sin romper su esencia, y apostaron por un equilibrio entre guitarras limpias, teclados envolventes y una voz, la de Manuel Martínez, que ya empezaba a convertirse en una de las más reconocibles del rock español.
El álbum, editado en 1981, tenía una mezcla de juventud y madurez, y el grupo empezaba a entender la importancia del estudio como un instrumento más. Dentro de ese conjunto, la canción La esquina del viento emerge como una de las mejores piezas del disco. La canción, nacida en aquellas mismas sesiones de Eurosonic, se presenta como ese tipo de tema que un grupo escribe cuando todavía está descubriendo quién es. Entra despacio, casi de puntillas, como si no quisiera interrumpir la conversación que ya llevas contigo. Las guitarras son limpias, te acarician, tienen ese brillo tímido de las cosas sinceras, y con apenas un par de acordes ya te han colocado en un rincón donde parece que siempre corre un poco de aire. Los teclados, lejos de querer protagonismo, funcionan como una luz que alguien enciende al fondo de la habitación, dando un toque de melancolía. La base rítmica avanza con humildad, pues el bajo y la batería caminan juntos, sin alardes, marcando un pulso que parece más un latido que un ritmo. Y gracias a esa contención, la voz encuentra un espacio. Una anécdota que la banda ha contado en más de una ocasión: Manuel Martínez explicó que la canción nació inspirada en una esquina real de Córdoba, un lugar donde solía pasar de joven y que para él simbolizaba decisiones, despedidas y comienzos.

