Nacida en Madrid a finales de los años 70, Labanda se convirtió en el puente perfecto entre la electricidad del rock progresivo, la profundidad del folk castellano y la efervescencia de una España que despertaba a la modernidad. Mientras la capital hervía con los primeros acordes del rock urbano, Labanda apostó por una fórmula tan arriesgada como brillante: fusionar guitarras distorsionadas con violines, flautas, mandolinas y violonchelos. El resultado fue un sonido rico, místico y verdaderamente original que los posicionó como los grandes artesanos del folk-rock sinfónico en nuestro país. El gran hito de la banda llegó en 1979 con el lanzamiento de su álbum homónimo, editado por el legendario sello Guimbarda. Canciones como La quema de la judería o A la media noche demostraron que se podía hacer rock con raíces profundas sin perder ni un ápice de contundencia. Labanda no miraba solo hacia el rock anglosajón, miraba hacia el folklore castellano, celta y sefardí, rescatando melodías tradicionales para insuflarles una energía eléctrica totalmente renovada. A lo largo de su trayectoria, liderada por músicos de la talla de Alejandro Vaquerizo, el grupo demostró una versatilidad técnica impecable y aunque compartieron época con el auge del rock urbano de Leño o el rock andaluz de Triana, Labanda supo mantener una identidad propia, más ligada a la meseta, al viento y a la historia, convirtiendo sus conciertos en auténticas experiencias rituales. Y a pesar de los inevitables cambios de formación y de las dificultades de una industria que pronto se vio arrastrada por la marea de la Movida Madrileña, el legado de Labanda permanece intacto para quienes saben buscar más allá de las radiofórmulas.
Si hay una canción que define a la perfección el espíritu festivo, virtuoso y folclórico de Labanda, esa es, sin duda, Fiesta campestre. Este tema es una de las grandes joyas de su repertorio y la muestra definitiva de cómo la banda lograba difuminar las fronteras entre el rock progresivo y la música tradicional castellana. Desde los primeros compases, la canción hace honor a su nombre: es una auténtica celebración sonora. La introducción nos transporta de inmediato a una romería o a una plaza de pueblo en fiestas, pero con una energía totalmente renovada y electrizante. Aquí no hay melancolía, hay dinamismo, baile y una tremenda alegría instrumental, imposible no asombrars con el equilibrio de sus texturas, el violín y la flauta llevan el peso de las melodías principales, imitando los fraseos de los dulzaineros tradicionales, pero con una agilidad y una técnica propias del folk-rock sinfónico europeo al estilo de Jethro Tull. Mientras los instrumentos acústicos vuelan, la sección rítmica y la guitarra eléctrica sostienen el tema con un pulso firme y rockero, evitando que la canción se quede en un simple ejercicio de nostalgia folclórica. Es una pieza instrumental (o con intervenciones vocales de carácter puramente festivo y coral) donde cada músico tiene su momento para brillar, demostrando la enorme compenetración y el virtuosismo de la formación madrileña. En los conciertos de la banda, Fiesta campestre se convertía en el momento álgido de la noche. Era el tema diseñado para hacer saltar al público, una invitación formal al baile y a la comunión colectiva. Lograba conectar tanto con los rockeros de chaleco de cuero como con los amantes de la música de raíz, unificando a la audiencia bajo un mismo ritmo contagioso. Escuchar Fiesta campestre hoy en día es hacer un viaje directo a los campos de Castilla y a las verbenas de la Transición, pero con los amplificadores al máximo. Es un corte imprescindible para entender que el rock español de los setenta y ochenta no solo se nutría del asfalto de las ciudades, sino también de la rica tradición que escondían nuestros pueblos.
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