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La letra presenta a personajes solitarios, como la típica chica de pueblo o el típico chico de ciudad que no encuentran su lugar en el mundo y sueñan con labrarse un futuro mejor, y que deciden seguir adelante pese a la incertidumbre y las dificultades. Don’t Stop Believin’ no habla de una historia concreta, sino de una emoción compartida. Todos hemos pasado a alguna vez por esa sensación de estar fuera de sitio y de no encontrar nuestro lugar y nuestro rumbo en la vida.
Musicalmente es una obra maestra de construcción gradual. El inolvidable piano de Jonathan Cain abre la canción con una sencillez casi mágica, mientras la voz de Steve Perry va aumentando la intensidad emocional verso tras verso. Las guitarras de Neal Schon crean un sonido amplio y luminoso que define a la perfección el arena rock de los años ochenta, pero lo más sorprendente de Don’t Stop Believin’ es que el estribillo principal no aparezca hasta los últimos segundos, cuando toda la tensión acumulada estalla en una explosión de optimismo y energía, convirtiendo el famoso “Don’t stop believin’, hold on to that feelin’” en uno de los momentos más catárticos de la historia del rock.