La música en historias: El Padrino y los vinilos



EL PADRINO Y LOS VINILOS
Cuando dicen que "segundas partes nunca fueron buenas" siempre hay alguien que contesta "menos El Padrino". No se si es verdad, ni quiero plantear aquí ese debate, pero tras el texto que escribí sobre el parecido entre los Ocean's Eleven y mi pandilla de amigos ladrones de guante blanco de vinilos (ver "La música en historias: Los vinilos de Ocean's 11"), que mejor que un artículo sobre El Padrino para continuar con esta serie de paralelismos entre el cine y las vivencias musicales de la adolescencia.
Hay una escena en El Padrino que siempre ha sido mi favorita, desde la primera vez que vi la película hace ya más de 30 años. Los gangsters rivales han atentado contra la vida de Don Corleone (Marlon Brando) pero, pese a los varios disparos recibidos, no ha muerto y se encuentra en estado grave en un pequeño hospital, protegido por varios guardaespaldas de la Familia ante la amenaza de un posible segundo intento, con el que sus enemigos puedan terminar el trabajo inacabado.

En la época en la que vi la película por primera vez, no podíamos permitirnos comprar muchos vinilos, y vivíamos circunstancialmente bajo la constante y estrecha vigilancia de nuestros padres en todo lo relacionado con los discos, ya que no querían que repitiéramos los brillantes despliegues delictivos que quedaron detallados en el artículo sobre Ocean's Eleven. Los pocos vinilos que conformaban nuestra colección eran tesoros guardados como oro en paño. Y sin embargo, no era inusual que alguno de nosotros cometiera el imperdonable desliz de dejárselos a otros compañeros de clase o conocidos.


El hijo menor de Corleone, Michael (Al Pacino), por entonces recién licenciado del ejército y alejado de los asuntos turbios de la Familia, acude por la noche al hospital para visitar a su malherido padre, y encuentra la recepción inexplicablemente silenciosa y solitaria. Extrañado, recorre los pasillos vacíos sin encontrar a nadie, y la extrañeza se torna en miedo cuando, en la planta en la que está su padre, tampoco encuentra signos de la menor actividad.




"Solo hay alguien más tonto que el que deja un disco, y es el que lo devuelve", dijo un sabio anónimo o de cuyo nombre no consigo acordarme. No pensó en esta sabia frase el otro protagonista de esta historia, un amigo al que para garantizar su confidencialidad llamaremos simplemente "Koper", cuando alegremente dejó varios de sus más preciados vinilos a un compañero de clase. No lo recuerdo bien, pero probablemente ahí estaban discos como la banda sonora de "Top Gun", el "Camino Soria" de Gabinete Caligari y puede que hasta algún disco de "Guns and Roses" o "Depeche Mode", lo que hablando de Koper significaba la mayor de las imprudencias, ya que en aquel momento eran para él los únicos dioses verdaderos. Extrañado ante las repetidas veces que sin éxito le pidió que se los devolviera, la extrañeza se tornó en la angustia de haber podido perder para siempre aquellos discos.

Los guardaespaldas designados para vigilar la puerta de la habitación de Vito Corleone han desaparecido. Con la angustia de si encontrará a su padre muerto, Michael Corleone abre lentamente la puerta y ve a su padre entubado y durmiendo en su cama. Una enfermera le sorprende y le dice que no puede estar allí. Tras identificarse, Michael le pregunta por qué no están los guardias vigilando ante la puerta de su padre, a lo que ella responde que la policía ordenó que se fueran todos, para que el enfermo pudiera descansar después de haber tenido demasiadas visitas.

A Michael eso le parece una excusa, tan barata como todas y cada una de las rocambolescas explicaciones del compañero de clase de Koper, cada vez que éste le pedía que le devolviera sus discos. Tan ofuscado como Michael Corleone, Koper da vueltas en su cabeza en busca de la mejor solución a una situación francamente complicada. Pero haga lo que haga, si algo tiene seguro es que no va a poder lograrlo solo.


Michael Corleone avisa a su hermano por teléfono y pide a la enfermera que le ayude a cambiar a su padre de habitación. Mientras empujan la cama por el pasillo, se oye el ruido de la puerta principal cerrándose. Alguien ha entrado en el hospital. Dejan al enfermo en otra habitación, mientras la silueta de un hombre vestido con abrigo oscuro y sombrero sube las escaleras y atraviesa el pasillo.



Parapetado tras la puerta de la nueva habitación, Michael ve acercarse al hombre del sombrero, y el ramo de flores que porta le resulta poco amenazante. "¿Quién eres?" le pregunta, a lo que el hombre contesta "Soy Enzo, el pastelero, ¿no me recuerdas?". Michael le pide que se marche porque "va a haber jaleo", a lo que Enzo, fiel a la Familia, contesta que "si hay jaleo me quedo contigo, por tu padre haré lo que sea"

"Por los amigos lo que sea". Eso fue lo que le dijimos a Koper, cuando nos puso en antecedentes de la situación de sus discos y el caradura de su compañero de clase. "Voy a ir a su casa directamente a pedírselos, y va a haber jaleo como no me los devuelva, ya no aguanto más", dijo después. "Si va a haber jaleo, vamos contigo" fue nuestra coral y poco sopesada respuesta.

Michael y Enzo salen a la escalinata de la entrada del hospital. Michael arrebata a Enzo el ramo de flores y lo tira entre unos arbustos, a un lado de la escalera. Le sube el cuello del abrigo y le pide que se meta la mano en el bolsillo como si llevara un arma. Acto seguido se sube él también el cuello del abrigo y y esperan en el frío de la noche.


Enzo le mira nervioso pero obedece a cada paso, ambos con la certeza de que alguien va a venir, tras haber allanado el camino con la sibilina evacuación del hospital. Dos hombres comunes y corrientes, un pastelero y el hijo que nunca tuvo contactos con los negocios de la familia, simulando ser fieros guardaespaldas ante lo que estuviera por llegar. Una jugada de farol, sin cartas con las que ganar en caso de tener que descubrirlas.



Varios supuestos guardaespaldas salimos aquel día junto a Koper de camino a la casa de su compañero, decididos a amenazarle si era necesario y a llevarnos los discos por la fuerza si oponía resistencia. Chicos comunes y corrientes, que solo habíamos participado en peleas en la modalidad de huir corriendo de ellas, teniendo que parecer fieros e implacables ante aquel muchacho. Un órdago a la grande, sin reyes que mostar para ganar la partida.


Un coche se acerca lentamente frente al hospital y se detiene frente a las dos figuras de cuello alzado y semblante serio. El conductor y los ocupantes, ataviados con abrigos y sombreros, pero probablemente con armas en lugar de flores, observan en silencio desde el interior del coche. Tras unos segundos de tensa espera, Michael desabrocha lentamente un botón de su abrigo e introduce la mano como si fuera a sacar una pistola. Todo o nada, pero de un modo u otro la partida va a acabar.



Koper llama al timbre de la casa, mientras todos ensayamos nuestra pose de gangsters. Es verano, así que nada de cuello alzado, pero nuestro semblante serio es de Oscar de Hollywood. Tras unos segundos de tensa espera, la puerta se abre y su compañero aparece ante nosotros. Koper le pide que le devuelva inmediatamente los discos, mientras los demás observamos en silencio sin abandonar nuestra forzada cara de miembros de la mafia siciliana. Cara o cruz, o llama a su padre para que nos parta la cara, o se va a buscar los discos.

El conductor recibe una orden desde la parte trasera del coche, y acto seguido lo pone en marcha y el vehículo desaparece en la oscuridad de la noche. El muchacho duda durante unos segundos, y se marcha después al interior de la casa sin cerrar la puerta. Intercambiamos miradas nerviosas entre nosotros durante unos segundos eternos, igual que en la escalinata lo están haciendo Michael y Enzo, pero al poco tiempo el muchacho vuelve con los discos bajo el brazo.  

"Muy bien" dice Michael Corleone a un Enzo al que le tiembla todo el cuerpo y a duras penas puede encenderse un cigarrillo para calmar los nervios. "Te los iba a devolver" comenta el chico con gesto enfadado mientras cierra la puerta de su casa. Seguro que iba a hacerlo. Tan seguro como que los ocupantes del coche llevaban todos flores en lugar de pistolas,  solamente iban a mostrar sus respetos a Don Vito Corleone, más conocido como "El Padrino".

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